viernes, 25 de abril de 2003
VII
viernes, 7 de marzo de 2003
VI
En la vasta estancia ardía un fuego alimentado regularmente por grandes leños de pino. Una suave música proveniente de una viola da gamba envolvía el entorno e invitaba al relajo. Allí, frente al hogar, sentado en un sillón alto, Don Gaspar se hallaba con los ojos cerrados, pensando en el futuro. Paladeando un vino dulce de Pedro Ximenez agradecía cada segundo que pasaba en esa paz y que le hacía olvidarse de todas sus obligaciones.
- Excelencia - interrumpió suavemente el mayordomo - Hay un hombre ahí fuera que pide ser recibido. Me dio esto para que os lo entregara.
Don Gaspar, visiblemente amoscado por tan enojosa interrupción, abrió los ojos y su mirada fue rápida a posarse sobre el objeto: La flor de la azalea descansaba sobre la patena plateada que acarreaba el criado. Don Gaspar asintió con gesto grave.
- Hazlo pasar - ordenó mientras se incorporaba con cuidado. Los ataques de gota eran más frecuentes desde que había comenzado el invierno.
En cuanto el recién llegado entró por la puerta a Don Gaspar se le vinieron a la mente otras épocas, mejores sin duda. Sonrió para sí y dijo,
- Veo que el tiempo y la guerra poco han cambiado en vuestra apostura, Don David. Acercaos y tomad un poco de vino. Lo hago traer directamente desde Málaga.
- Gracias Excelencia. Vos sin embargo habéis medrado desde la última vez que nos vimos. Sois ahora conde y duque - contestó Arbante con sorna.
- Supongo que no habréis acudido a mí para hablar de linajes y títulos - replicó Gaspar Guzmán de Olivares.
- Estáis en lo cierto, pues esta noche vengo a satisfacer una vieja deuda que un día contrajo Vuestra Merced para conmigo.
- Hablad pues. ¿En qué forma puedo saldarla?
- Busco confidencia sobre alguien - dijo Arbante bebiendo un largo trago de Ximenez - No creo que sea problema para el valido del Rey el procurármela.
- Decid de quien se trata y ya estudiaré yo la dificultad. - replicó Olivares con un deje autoritario en su voz.
- Fray Emilio Bocanegra, Presidente de la Santa Inquisición.
Don Gaspar Guzmán de Olivares arqueó las cejas en un ademán ambiguo.
- Mucho pago es ese para una deuda tan antigua.
- Pero sabeis tan bien como yo que os conviene satisfacerlo.
Olivares se mesó el mostacho con la mano izquierda mientras observaba como David de Arbante se servía otro generoso trago. Al cabo de un momento preguntó,
- ¿Qué queréis saber?
- Si hay algo para poder incriminarlo, algún punto débil. - le respondió Arbante con la furia pintada en los ojos - Espero un ataque por parte de sus secuaces de La Garduña y quiero estar preparado.
- Bocanegra... Durante demasiado tiempo he intentado bajarlo de su fanático pedestal sin éxito alguno, y ahora aparecéis vos para servirme su cabeza en bandeja de plata. - Olivares se plantó delante de su interlocutor y lo miró directamente a los ojos - Si no fuera por que de largo os conozco pensaría que es una jugada de esa maldita Sor María de Ágreda.
- Entonces, ¿qué contestáis?
- Os ayudaré. Pero esperad lo justo de mi. Dada mi posición poco puedo hacer más que encauzaros en la buena dirección de rastreo. Según tengo entendido no estáis solo en este asunto. - Olivares sonrió al ver la mal disimulada mueca en la cara de Arbante - Pues bien, yo en vuestro lugar mantendría la boca cerrada de cierto poeta de agrio carácter. Creo que vuestro amigo napolitano sabrá como mantenerlo a raya.
- ¿Cómo estáis enterado? - alcanzó a inquirir Arbante mientras se maldecía por haberse confiado tanto en los pasados sucesos.
- ¡Vamos! Un asalto en la casa de mi secretario personal y este ni se molesta en clamar venganza... Dos de los hombres de Uceda muertos en el camino de Alcalá... El Señor de la Torre de Juan Abad misteriosamente enfermo...
- Veo que no por nada estáis donde estáis. Decid entonces, ¿cómo podéis ayudarnos?
Olivares se sirvió otra copa de vino dulce mientras se acercaba al hogar. Parecía jugar con una pluma imaginaria, haciéndola alzarse para después dejarla caer. Volvió el rostro hacia David de Arbante y le dijo,
- Sabed pues que Fray Emilio Bocanegra tomó los hábitos en el Reino de Valencia, concretamente en el Convento de Albaida. Es por allí por donde tenéis que comenzar a buscar su vínculo con La Garduña.
- Pero... ¡Como voy a entrar en un Convento de Dominicos! - exclamó David de Arbante - Es más sencillo tomar al asalto una plaza flamenca.
- Para vos y para mí puede ser - razonó Olivares - pero tenéis a vuestro lado a alguien que podrá entrar sin problemas, y que gozará además de dispensas.
- ¿Quién es tal personaje? - preguntó Arbante cada vez más asombrado del poder del valido.
- Don Martín de Azogue y Galarraga, Señor de Azogue. En cuanto habléis con él comprenderá al punto mis palabras. Decidle que la madriguera de La Garduña se encuentra en el lugar más insospechado. Y ahora partid, pues ya os he dicho más de lo que mi posición me permite. Quede la deuda saldada.
- En cierto modo lo está, pero ¿no os interesará conocer los progresos, si los hay?
Olivares sonrió mientras llamaba con una campanilla al mayordomo
- No dudéis que estaré muy al corriente de vuestras andanzas. Quedad con Dios.
En cuanto Dunia de Arbante salió del palacio de Olivares se reunió con sus dos compañeros, que la aguardaban fuera. Extraña costumbre la de esta dama, pensó Boromiro, de entrar sola a todos lados.
- ¡Voto a tal que pensábamos que no ibas a salir nunca! - dijo el italiano en un susurro.
- Acerquémonos a la Fonda de Legazpi y os contaré al detalle mi plática con nuestro hombre - respondió Arbante echando una mirada enigmática sobre Martín de Azogue, que caminaba por detrás de los dos.
En la Fonda de Legazpi se respiraba un ambiente tranquilo, como de venta de caminos. Una vez aposentados en una mesa apartada de la circulación y ante un buen Rioja que se hacía traer el posadero de su Laguardia natal, la Arbante explicó lo acontecido en casa del valido. Al finalizar el relato, dos pares de ojos miraron curiosos al aragonés, esperando respuestas. Este se recostó sobre su escaño, se bebió de un trago el pocillo que tenía delante y comenzó a hablar.
- No le falta razón a Don Gaspar en este asunto. Habéis de saber que el Convento de Albaida es de los más antiguos de España y, pese a estar habitado por los frailes dominicos permanece bajo la protección y administración de la Orden Militar de Montesa. Esta orden fue la heredera de los Templarios en el Reino de Valencia, y eso lo sabían los dominicos, siempre con ansias de atesorar el oscuro saber del que eran partícipes los Caballeros Templarios.
- ¿Y donde entráis vos en este asunto? - preguntó Boromiro, al que la sola mención del Templo de Jerusalén le había comenzado a interesar.
- Al igual que yo Matías, mi hermano menor, hubo de buscarse las lentejas por su cuenta cuando nuestro hermano mayor alcanzó la madurez, pues en la Corona de Aragón el derecho de primogenitura otorga todo al mayor y a los otros nos deja en cueros. Cuando yo me alisté en el Tercio Viejo él tomaba los hábitos de Montesa.
- Esa parte ya la veo clara, pero ¿que quiso decir Olivares con lo de la madriguera de la Garduña? - preguntó Arbante, cada vez más tensa.
- Nos estaba apuntando directamente a la fuente principal de financiación de esta. - contestó el aragonés mientras miraba fijamente al italiano.
- ¡Pardiez que esto se complica a cada minuto! - exclamó Arbante mientras se echaba para atrás.
- Pero vos aún no tenéis clara dicha fuente, ¿verdad Martín? - preguntó Boromiro
- No, pero cuento con averiguarlo pronto. Montesa no es amiga de Calatrava y nos harán costado en este asunto. - replicó Azogue apurando otro vaso de Rioja y limpiándose el bozo con la manga de su jubón.
- ¡Por los clavos de Cristo Martín, que sois una caja de sorpresas! - bramó Boromiro palmeando la mesa - ¿Pensáis que un Caballero de la Orden de Calatrava como Alquézar está implicado en esto?
- Cosas más raras se han visto, Maese Boromiro - sonrió Martín de Azogue.
- Bien caballeros - exclamó Arbante apurando su vaso - hemos de prepararnos para el primer golpe. Martín, vos saldréis hacia Albaida lo más pronto posible. Boromiro se encargará de la “vigilancia” de nuestro poeta. Alquézar no olvida tan fácilmente y seguro que le mandará recado con descargo de mandoble.
- Que me place tal tarea, al menos disfrutaré de unos pocos días de asueto mientras nuestro insigne aragonés está fuera - asintió riendo Boromiro - pero, ¿Y vos? - le preguntó a la Arbante.
lunes, 10 de febrero de 2003
V
viernes, 29 de noviembre de 2002
IV
lunes, 18 de noviembre de 2002
III
- ¿Podemos hacer algo por vos? – pregunta.
miércoles, 30 de octubre de 2002
II
- Tanto como a mí, signore di Biancatorre. Y en magnífica compañía... mis respetos, señor de Arbante -contesta el aludido, saludando galante al levantarse.
Dunia de Arbante masculla una poco femenina maldición para su embozo. Quevedo sabe de su doble identidad, de su necesidad de ocultarse tras la apariencia de un hombre, pero aún así se obstina en dedicarle una cortesía más propia de las delicadas flores de la corte de los Austrias que la debida entre hombres de bien... y además llamándole "señor". Obstinación que le ha costado a más de un entrometido y gracioso matasiete el encontrarse con un palmo de buen acero de Toledo en el pecho o donde pluguiera a Dios, que a fin de cuentas una estocada es una estocada y el diablo la acepta como salvoconducto al infierno se porte donde se porte.
- ¿Noche de desencuadernada, señor de Quevedo? - pregunta Martín de Azogue, despojándose de capa y sombrero.
- Para eso estamos. ¡Cabeza de Vaca! ¿Dónde esta ese Valdemorillo? Y ya puestos acercad el libro real, que estos compañeros traen hambre de lecturas.
Desencuadernada, libro real, mil malos nombres que los españoles de la época dedicaban a la baraja de cartas, verdadera religión en la que nobles y villanos se dejaban dineros y honra entre peses a tal y votos a Cristo en el Madrid del cuarto Felipe.
El buen Cabeza de Vaca se acerca a la mesa con una jarra llena del caldo de las viñas de Valdemoro y cuatro pocillos de barro. Murmurando en voz baja, más por salvar las apariencias que por otra cosa, una advertencia sobre la última pragmática que Olivares había hecho firmar al Rey prohibiendo el juego, deja una baraja sucia de mil manos sobre la mesa. Y una bandeja con algo de queso y fiambres, que malo es beber sin tener algo en el estómago. La partida empieza, los naipes y las maldiciones vuelan, el dinero va cambiando de manos y la conversación se anima.
- ¿Hay algo nuevo con respecto a la Torre de Juan Abad? - pregunta el italiano en un castellano lento pero fluido, entreverado de varios acentos tan meridionales como su Nápoles natal.
- ¿Qué ha de haber? Las cosas de palacio van despacio, y más cuando no se puede recurrir al poderoso caballero...
- ¿Olivares? - interrumpe Azogue.
- ¿Padrinos? - le sigue Arbante.
- ¿Acero? - continua Boromiro.
Ríen los cuatro amigos una vieja broma a cuenta del soneto que el de Quevedo dedicó al poderoso caballero don Dinero. Ríen los cuatro, aunque la risa del escritor es forzada, más de respeto hacía sus compañeros que de buenos recuerdos. Los naipes siguen moviéndose en la mesa. Las bolsas de Azogue y Quevedo, compañeros en la partida, pierden peso de forma constante, creciendo de forma pareja las de la mujer y el napolitano. Viendo al escritor más fuera del juego que dentro, el aragonés, Azogue, se dirige a este.
- Algo os traéis entre manos, don Francisco. Parecéis distraído.
- ¡Por los clavos de Cristo! Estad a lo que debéis estar, pardiez.
- No es gritando que haremos los puntos, amigo mío - responde Martín de Azogue -. Y me estáis costando una pequeña fortuna. No ando tan boyante como vos y...
- ¿Y de donde saca vuesa merced que yo ando boyante?
La diestra cerrada en un puño en la cadera mientras la mano izquierda se llega hasta el pomo de la espada, el pecho erguido, la mandíbula adelantada, los ojos centelleantes. Todo el cuerpo de Francisco de Quevedo adopta una pose de desafío, el de Azogue ha tocado un tema delicado sin saberlo.
- Vamos, vamos, señores, paz.
- ¿A qué estos gestos? Estamos entre caballeros - asegura Dunia de Arbante -... en cierta forma.
Martín de Azogue levanta ambas manos, apaciguando al airado escritor. Otra persona que hubiese entonado con ese tonillo chusco el "vuesa merced" difícilmente habría dicho algo más que reclamar una última confesión a gritos, pero una larga amistad ata a los dos hombres, y Azogue cree ver algo más tras las palabras de Quevedo.
- Válgame el cielo, disculpadme, amigo mío. ¡Por todos los ...! Son éstos días duros para mí, amigos míos. Sabían vuesas mercedes que en el pleito por la Torre de Juan Abad corrían hace meses buenos tiempos para mi causa, bien engrasada con algo de sonante para las medianías de palacio y algunos sonetos de balde para
las gentes principales.
- Llevo meses fuera de la corte - contesta Arbante -. Acabo de llegar de Asturias y aún no he tenido tiempo de enterarme de nada. ¿Qué ha ocurrido?.
- Yo llevo casi un año en Zaragoza, ayudando a mi padre en un mal asunto con el justicia mayor. Tampoco sé nada.
- Mi casa en los últimos meses ha sido el Camino Español entre Flandes y Milán, como correo al servicio de Espínola - aduce Giusseppe Boromiro -. Nada sabemos de vuestras cuitas, señor mío. ¿Qué decís?.
- Digo que esa basura de Alquézar, el secretario de Olivares, anda por buscarme las cosquillas desde un asunto que tuvimos con relación a una desdichada familia valenciana que... bueno, no viene al caso. Ese malnacido sabe que no me convienen escándalos en estos momentos, y ha hecho circular el rumor de que mi sangre es tan impura como la de ese bujarrón de Góngora. Bujarrón, ahembrado y marrano, que sé de buena tinta que sus padres celebraban el sábado y le tenían tanta aversión al cerdo que...
En aquella España turbulenta, donde un abuelo vascongado o asturiano bien documentado podía comprarse con doblones de a ocho y donde era mejor parecer cristiano viejo que serlo; en aquella España hipócrita y cainita, capaz de expulsar a sus propios hijos o hacerlos matar en Europa por asuntos de religión que de bien poco le iban a servir; en aquella España fascinante y doliente, en suma, cualquier rumor sobre sangre judía o mora en las venas de un hombre podía dar al traste con la carrera más prometedora o la vida más honrada.
Un juramento en buen italiano acompañado de un puñetazo sobre la mesa ha interrumpido al señor de Quevedo. La faz, ya de por sí oscura, del napolitano ha adquirido un tono carmesí que presagia problemas. Hablarle de pureza de sangre es buscarlo y encontrarlo. Sangre árabe en sus negros cabellos rizados y su piel oscura, normanda en sus ojos azules, catalana de un antepasado almogávar y leonesa de un abuelo capitán en los tercios de Don Gonzalo Fernández de Córdoba, mezcladas con el eterno sustrato de la mujer napolitana
que tantos ejércitos extranjeros había visto y había de ver hablan de unas venas donde se puede encontrar tal mezcla de sangres que haría perder la paciencia y la fe cristiana a un interrogador de la Santa Inquisición.
- ¿Me estáis diciendo algo, señor mío?
- Está de Dios que no hemos de entendernos esta noche -contesta el escritor -. Nada tengo contra vuestra sangre, amigo mío, que el servicio en los Tercios Viejos bien hidalga la ha hecho. Es solo que ese maldito Alquézar...
Los tres amigos se miran entre ellos. Han combatido y matado juntos. Por un Rey y una fe lejanos. Por honor y por pura rabia. Por dinero y por venganza. No les hacen falta palabras, basta intercambiar unas miradas, dos rostros asienten, y la voz de Dunia de Arbante resume sus pensamientos.
- ¿Podemos hacer algo por vos?
lunes, 7 de octubre de 2002
I
Las cosas andaban mal para los poltrones, y los corchetes de Saldaña no permitían ni un abuso nocturno de más. Es por eso que cada noche la timba se celebraba en un figón distinto. Hoy tocaba en la Cava Alta.
Martín de Azogue, que así se llamaba el caballero, llegó a la Plaza Mayor cuando las campanas de las Agustinas tocaban la hora nona, y bajando por Cuchilleros se encontró con otra figura que encaminaba sus pasos hacia el mismo destino.
- ¡Salud camarada! - exclamó Martín en cuanto llegó a su altura - Veo que las eternas obligaciones de vuestra profesión no os restan tiempo para estar con los vuestros -
- ¡Dejaos de palabrería inútil y guardad saliva para la partida! - replicó el recién abordado. - He de recuperar como sea el anillo del Comendador que tan limpiamente me ganó anoche Maese Vicuña -
- A buen santo os encomendáis, mi buen Boromiro - contesto Martín de Azogue - Habéis de saber que entre él y esa Arbante, me he dejado media soldada.
Giusseppe Boromiro, natural de Nápoles y soldado del Viejo Tercio como tantos otros en aquellos días de decadencia sonrió. Cada uno se ganaba las lentejas como podía y el único vicio que tenían, además del blanco de Valdeiglesias y el tino de Valdemoro eran esas partidas cada noche.
- ¿Por ventura hablabais de mí, caballeros? - la voz salió de entre las penumbras, poco antes de tomar la Cava. - Sabed, amigo Martín que el único que pierde la soldada sois vos mismo, por ser tan
cerrado e inútil en el juego -
Pocas personas podían hablarle así a Martín de Azogue sin recibir a cambio una cuarta de acero de recuerdo entre las costillas. Pocas si, pero entre ellas una, la más magnífica de las guerreras, descendiente misma de las Amazonas que Homero tan bien describiera. Dunia de Arbante, la misma que le salvara el pellejo en Maastrique cuando tantos y tantos cayeron bajo el terrible fuego enemigo sonreía bajo la capucha de su negro ropón.
- ¡Vaya! ¡Sólo nos faltaba que las damas, además de luchar, jugaran! No estaría de más que en vez de hablar tanto, mostrarais más respeto por vuestros mayores y camaradas. - replicó Giusseppe Boromiro.
- Amigos, pronto veremos si la destreza que nos ha predicado la Arbante se confirma hoy, o por el contrario lo de ayer fue producto de la Fortuna. - dijo Martín de Azogue - ¡Ya se oye discutir a nuestro excelso poeta!
- Si, y esta vez creo que no es a causa de Góngora - se río Dunia de Arbante, tras bajar los escalones del figón y empujar a un lado la pesada cortina.
- ¡Vaya! ¡Diana ha bajado del Olimpo y nos premia con su presencia! ¡Ah! ¡Y viene con los caballos de su hermano Ares! Phobos y Deimos, o diga mejor italiano y aragonés. ¡Cabeza de Vaca! ¡Aquí una jarra de vino! ¡No veis que tan excelsos visitantes se mueren de sed! ¡Voto a tal! - exclamo Don Francisco de Quevedo haciendo chasquear la lengua mientras paladeaba el divino licor de Baco.