viernes, 25 de abril de 2003

VII

Era noche cerrada, cuando David de Arbante llegó al Monasterio de Las Descalzas Reales. Había avisado a sus amigos que, después de aquella noche y solo por si acaso, le podrían encontrar retraído en San Gines.

Sabía que, como casi todas las noches, el duque de Uceda estaría en el convento haciendo, vuesas mercedes excusaran que no sea más explicito sobre lo que estaba haciendo en el convento el de Uceda, vuesas mercedes lo imaginan.

Años antes, por encargo del que entonces era el Conde de Olivares, y en aquel mismo sitio, despachó por la posta al padre del actual Duque.

Apoyado en la pared del monasterio, David de Arbante pasó revista a su relación, larga de muchos años, con Gaspar Guzmán (Conde Duque de Olivares).

Todo surgió cuando andaban en peleas con el Duque de Uceda por la posesión de unos títulos y unas tierras. Cuando su padre, el viejo conde, no pudo luchar por defenderlos contra el Duque que, a toda costa quería poseerlos a través de un matrimonio de conveniencia entre su hijo y ella. Ella que no era más que una niña, se negó en redondo y el Duque, acabó por la fuerza con el viejo conde que amaba demasiado a su hija para imponerle nada.

El conde, viejo amigo de Don Gaspar, le encargó el cuidado de su hija, mientras el se enfrentaba con los familiares del Santo Oficio y con el actual secretario real Alquezar. No se pudo probar nada, no hubo auto de fe ni nada parecido, pero su familia siempre estuvo bajo sospecha. Al morir el Conde, sucedió algo que el Duque no tuvo en cuenta. El hijo mayor del Conde volvió y reclamó lo suyo.

Por su parte Dunia había dejado de existir. Como tal suponía un peligro no solo para sí misma, si no también para el Conde de Olivares que la protegía, así que transformó su aspecto en el de un varón y aprendió el manejo de las armas.

Y así, con tan solo 17 años, se convirtió en un soldado a las ordenes de Don Gaspar. Cierto que a la inquisición no quedó muy convencida de la repentina desaparición y aparición de los hermanos, pero nada pudieron hacer.

En la lucha contra el Turco, David ganó honores y pudo corresponder, salvando la vida de Don Gaspar, las atenciones que con él había tenido. Después, cuando ambos volvieron a España, cada uno siguió su camino y, mientras el conde de Olivares, medraba en la corte y se hacía un hueco, David de Arbante se ganaba la vida como espada a sueldo en las calles de Madrid.

En una de las oscuras noches que David de Arbante “trabajaba” encontró a un joven que se hallaba en apuros y al que prestó ayuda. Se sorprendió cuando supo que aquel joven era, ni más ni menos, que el hijo del que había sido nombrado pocos días antes, valido del rey Conde-Duque de Olivares.

Aquella era la deuda que días antes saldara el propio valido en su despacho.

Y, ahora, iba a ajustar cuentas con el hijo de otro de los enemigos que durante años se había hecho: el Duque de Uceda.

Años antes, antes de partir a Flandes y conocer a sus amigos, por encargo se había desecho del padre. En aquel mismo lugar, ya que salía del mismo sitio de hacer las mismas cosas.

En estos pensamientos se hallaba, cuando el Duque apareció en una esquina. Sólo, como correspondía a la correría que acababa de tener lugar en el sagrado recinto. Se paró en secó cuando le vio.

- Buenas noches, excelencia. Cuanto bueno por aquí – dijo con sorna.

- No tan bueno, pues estáis vos aquí – respondió el aludido - ¿Qué queréis?

- Terminar algo que quedó pendiente hace unos años. ¿En verdad no me reconocéis?

- Sois el Arbante, ¿qué más?

- ¿En verdad no me reconocéis? – el otro agitó la cabeza en señal de negación – Bien, ¿qué tal ahora? – preguntó despojándose de capa y chapeo. Los ojos del Duque se desencajaron, acababa de ver y reconocer a una mujer que creía muerta hacía años y que se presentaba ante él ahora, hermosa y fría como la muerte que, seguramente le esperaba – No estoy muerta, como podéis ver, pero vos lo estaréis de aquí a pocos minutos. Casualidades de la vida, justo en el mismo lugar y por la misma mano que vuestro padre – dijo desenvainando.

- Irán a buscaros, lo sabéis – afirmó él.

- Quizá sí o quizá no. Hay muchos que os desean muerto. Mas tenéis cosas más importantes de que preocuparos ahora. Defendeos.

Se batieron las espadas. Venganza, odio, fiereza, miedo, se mezclaban en la lucha. Pero ambos sabían del desenlace. Cuando Arbante se cansó de la situación e intuyó la posibilidad de que los corchetes de Saldaña aparecieran, se tiró a fondo y atravesó limpiamente el corazón del de Uceda.

- Digamos que es justicia poética – le dijo mirándole a los ojos mientras los de este se cerraban.

Dejó al Duque tirado en el suelo, con una nota al lado “POR EL HONOR DE UNA NOVICIA”, decía. Había aprendido mucho Arbante, y se dirigió con cautela a San Ginés, puesto que los hombres de Saldaña empezaban a acercarse al lugar.

Días después, alguien, de parte de Maese Azogue, llegó buscándole a San Ginés.

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