David termina de un solo trago el vino que queda en su pocillo. En silencio rellena el jarro que vuelve a vaciar de un trago. Ambos hombres le miran, esperando la reacción que pueda tener. Mucho ha cambiado David desde que dejaran las costas de Valencia, y lo que antes hubiera sido un estallido por su parte, ahora no sabían que iba a ser.
- Haz lo que te plazca Giusseppe. Martín y yo siempre hemos sido tus amigos. Te hemos respaldado en todo lo que has hecho, nos hemos jugado la vida por ti y a tu lado en muchas batallas y muchas ocasiones. Creo que nuestra amistad y lealtad te han quedado probadas y no es necesario pregonarlas ahora. Sabes muy bien lo que siento por ti. Pero... en este momento no piensas en nosotros. No estoy diciendo - dijo levantando una mano viendo que el italiano iba a saltar, la mano apoyada en la cazoleta presto a luchar - que no debas acabar con todos ellos. En ese aspecto te entiendo perfectamente, te apoyo y, como ha dicho Martín, entraría en el palazzo de los Colonna a sangre y fuego a tu lado. Pero no ahora, estoy contigo en que maldito lo que me importa a mi nuestro rey. Si no fuera por su.... no sería yo ahora lo que soy. Ni tendría que abandonar el país que me vio nacer para no regresar jamás. Probablemente mi padre aún estaría vivo. Probablemente Martín también tuviera a su familia, y regentaría su señorío con ellos y tú estarías sin duda, en el tuyo. Pero no ha sido así, esto es lo que nos ha tocado y hemos de cargar con ello puesto que la única salida es morir, y yo al menos todavía no tengo ganas de saludar al diablo. Sin embargo, tú has decidido que nada de esto importa ante tu venganza. Sea pues, haz lo que te plazca. Estoy cansado y no voy a discutir. Hay otras formas de hacerlo y con nuestra ayuda sólo demoraríamos dos días en liquidarle y seguir camino, pues nuestro destino es y está en París. Pero, has decidido. ¡Salgamos Martín! Si cambias y decides que merece la pena seguir a nuestro lado, durante dos horas estaremos fuera de la puerta del mercado esperando con los caballos. Si no, fue un placer luchar a tu lado - dijo mientras se levantaba y dirigía sus pasos hacia la salida.
Martín fue tras ella, dejando al napolitano mirando el pocillo de vino que tenía entre sus manos. En la puerta de la taberna David se volvió a su camarada:
- En este momento no soy la mejor compañía, dentro de una hora me reuniré contigo en la hacienda - dijo mirándole.
- ¿Qué vas a hacer? - preguntó preocupado el aragonés.
- No quieras saberlo, amigo - respondió dando media vuelta.
"¡Sangre de Cristo! - blasfema en buen castellano el de Azogue - las dos cabezas más testarudas de todos los Tercios tuvieron que tocarme a mi" Piensa mientras dirige sus pasos hacia el lugar dónde encontrará los caballos que busca.
Mientras David de Arbante ha dado un rodeo dirigiéndose al fuerte de San Nicolás donde habitan los Colonna cuando están en el sur de Francia. Conoce muy bien el lugar. Sus compañeros no lo saben, pero realizó alguna incursión en aquella zona para hacer algún que otro trabajo al de Olivares. Los recuerdos se agolpan en su memoria y entre ellos, una puerta oculta tras un seto que da paso al mismísimo corazón de las habitaciones principales del fuerte. Comprobó que, efectivamente el seto y la puerta seguían en el mismo sitio. Después siguió camino hacia la parte delantera, dónde unos guardias armados le impidieron el paso.
- ¡Largo di quí! ¡Non è possibilie entrare! - gritaron.
- Mi scusi, mi chiedevo se il vostro master uomini necessari - en ese momento agradeció las interminables parlas del italiano y el tiempo pasado en el Mediterraneo.
- Se accurato Fabriccio Colonna uomini, cercano nel loro paese. Non fidarti de un mercenario - rieron.
- Mi scusi - dijo dando media vuelta.
Así que Fabriccio Colonna se hallaba en Francia. No volvería a ver sus tierras italianas. Dirigió sus pasos al encuentro con Martín.
- Me estabas preocupando - dijo al verla señalándole uno de los caballos.
- Perdona, necesitaba estar sola - respondió.
- Sabes que no va a venir - volvió a decir.
- Espero que nos equivoquemos, si no decide venir con nosotros no volveremos a verlo - respondió.
- ¿Por qué estás tan segura? - preguntó extrañado. - ¿No resultará que tú eres tan supersticiosa como él?
- ¡No jodas, Martín! - resopló - Sabes muy bien que no creo en esas cosas, pero si hay algo que tengo claro es que moriremos juntos en París. Si ahora no viene, no volveremos a reunirnos, no tendremos tiempo.
Una negra figura se asomó a la puerta. Ocupaba toda la entrada proyectando una negra sombra. David echó la mano diestra hacia la daga mientras miraba a Martín que hacia lo propio a su espada.
- ¿A que otras formas te referías? - el inconfundible vozarrón del napolitano llegó hasta ellos.
- ¿Sabes acaso a que Colonna quieres matar? - preguntó David a su vez. - Monta, nos vamos.
Giusseppe Boromiro miró a los dos amigos y se dirigió al caballo que David le señalaba. Montó a la vez que sus amigos. Martín galopaba delante, el camino pasaba por un pequeño bosquecillo. Pararon en él.
- Explicate - demandó Boromiro.
- Me alegro de que hayas entrado en razón - dijo Martín.
- Dijiste que había otras formas - la voz de Boromiro se elevaba por momentos.
- Sí y en las dos nos necesitas a nosotros. Tú no sabes quien es el Colonna, yo sí. En la parte trasera del fuerte hay un seto, al final de él hay un camino que lleva a un pequeño bosque. En él nos esperará Martín con los caballos para irnos.
- Y las dos formas son... - preguntó Martín.
- El seto de la parte trasera oculta una puerta que lleva al mismísimo corazón del fuerte, a los aposentos principales, los que sin duda ocupará el Colonna. Yo conozco el camino, y te llevaré...
- ¿Conoce el camino? - preguntaron ambos.
- Sí, lo he recorrido alguna vez, por trabajo - respondió.
- ¿Y la otra? - preguntó Giusseppe.
- Fabriccio Colonna tiene fama de mujeriego. Fama que podríamos aprovechar - respondió.
- Pero, ¿en que barragana confiaríamos aquí para ....? - Martín calló al mirar a los ojos a David. Su cara volteó después hacia Giusseppe - ¡No es posible llevarla a cabo! - gritaron al unísono.
- Tu decides, Giusseppe. Para ambas me necesitas - replicó mirándole.
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