- ¿Podemos hacer algo por vos? – pregunta.
- ¿Lo haríais? – respondió el escritor al que un rayo de esperanza iluminó la mirada – creí que vos...
- No hurguéis, don Francisco, - replico Arbante – que somos amigos y hay confianza, pero...
- Bien, pues si vuesas mercedes quisieran hacerme el favor de recordar a ese maldito Alquezar que él, precisamente tiene mucho por lo que callar y recordarle cierto libro verde que, convenientemente guardado, puede aparecer en un determinado momento como las cosas no sigan corriendo en esos buenos tiempos para la causa de la Torre de Juan Abad...
- Creí que se lo habíais entregado cuando aquel Auto de Fe tan, ¿cómo decirlo? ¿inoportuno?, en la Plaza Mayor – replicó Azogue.
- ¿Acaso me creéis tan idiota? ¡Pardiez que esta noche estáis por poner a prueba nuestra amistad! – contestó el poeta volviendo a llevar su mano a la cadera.
- ¡Paz, señores! – exclamó Boromiro – nadie está intentando ofenderos, señor mío, pero bien es cierto que yo también pensé que le disteis el libro – dijo en tono conciliador.
- Cierto, yo también – apuntilló Dunia - ¡y dejad ya de echar mano a la blanca, ¡voto a tal!, que estáis entre amigos y amigos que os quieren ayudar! Que si de pendencias se trata, rompemos la baraja y sálvese el que pueda – continuó con evidente desagrado dirigiendo su mano diestra a la espalda.
- Perdón, perdón mis buenos amigos, pero el desasosiego nubla mis facultades en estos días – respondió el poeta.
- ¿Sólo el desasosiego? – preguntó Azogue zumbón – añadidle unas cuantas jarras de, como vuesa merced diría, el divino néctar de Baco, o como diríamos nosotros, vino de Valdemoro y acertareis.
- Ya está bien, Martín, dejad a nuestro poeta tranquilo. Y vos no os preocupéis, dejad en nuestras manos vuestra causa. No en vano, si hemos luchado por cosas que no nos importaban, ¿cómo no hemos de hacerlo por un amigo? – comentó Arbante.
- Eso, eso. Dejad ya de hablar y juguemos – dijo Boromiro – que estamos en racha y deseo vaciaros la bolsa, caballeros.
- Gracias, amigos. Bien, ¿cuándo será el evento? – preguntó el poeta.
- No queráis detalles – respondió Arbante – cuanto menos sepáis, más seguro estaréis. Dejadnos a nosotros. En cuanto a la partida, creo que debemos darla por finalizada esta noche, amigos. La reanudaremos cuando cierta persona pueda pagar unos Valdemoros a la salud de cierta Torre – añadió levantándose y embozándose en su capa.
Los tres amigos salieron del figón dejando pensativo al poeta. Todos sabían que, cuando Arbante decidía ponerse a manejar el acero era temible y era mejor no estorbar. Por eso dejaron la partida, tenían cosas que preparar para ayudar a don Francisco y era seguro que ella tenía un plan. Y si ella tenía un plan, Alquezar podía temblar, pues ni la Santa Inquisición podría salvarlo.
- ¿Qué ha querido decir don Francisco? – preguntó mosqueado Azogue.
- Don Francisco y yo nos conocemos hace mucho, amigos. El conoce mi historia. A eso se refería – replicó fría Arbante.
- ¿Y en esa historia tiene algo que ver Alquezar? – apuntó Boromiro – porque si es así, intuyo algo más que el deseo de ayudar a un amigo.
- Efectivamente, algo tiene que ver. Pero la venganza es un plato frío, amigos y yo lo he dejado enfriar mucho – respondió fría y cruel.
Sus dos compañeros conocían bien tanto el tono como el brillo en los ojos de aquella brava mujer. Fuera cual fuera el plan que hubiera elaborado, Alquezar lo iba a pasar muy mal, eso era seguro.
El plan de Arbante no era muy complicado, entrar en casa del secretario real y del resto se encargaba ella.
Tres noches después de la
conversación en el figón, cuando la luna salió detrás de unas nubes, y en el reloj de la torre del convento de las Carboneras se escucharon las doce, se pudo ver a los tres amigos recorriendo embozados el camino hacia la casa de Alquezar.
Azogue y Boromiro, convenientemente preparados con los coletos, las blancas y las vizcaínas, se colaron en la casa. Arbante, envuelta en su capa y con el chapeo calado hasta los ojos, entró detrás. Por una de esas casualidades, que los dos hombres estaban seguros de que no era tal y si alguien les hubiera preguntado hubieran jurado que se debía a ella, la casa estaba sin servicio aquel día.
Mientras los dos hombres revisaban la casa, ella esperaba chapeo y capa en mano. Llevaba una limpia camisa blanca, y en verdad estaba bella, aunque alguien que no la conociera, al verla hubiera podido decir que acababa de llegar del mismo infierno.
- Hemos mirado por todas partes, - dijo Azogue – no hay nadie en la casa.
- ¿Estáis loca acaso? – preguntó Boromiro - ¿Cómo se os ocurre?
- Mis razones tengo, maese Boromiro, mis razones tengo – respondió con voz fría y cruel en un susurro Arbante – Oigáis lo que oigáis no os preocupéis, ni subáis las escaleras. Desde aquí el resto es cosa mía. Cuidad de que nadie nos moleste, al caballero y a mí mientras mantenemos una pequeña charla.
- Así se hará – respondieron ambos. Sabían que cuando ella hablaba así mejor era no llevarle la contraría o, amistad o no amistad, acabarían con dos palmos de acero en alguna parte de su cuerpo.
Subió las escaleras hacia la habitación de Alquezar. Con mucho tiento entró y se acercó a la cama donde este dormía. Encendió la vela que llevaba con ella y tapó la boca del secretario. Al notar que le faltaba el aire, abrió los ojos y su rostro perdió la sangre y se le desencajó la mirada, como si hubiera visto un fantasma. Y en verdad lo había visto, o quizá se pudiera decir que había visto al mismo diablo. Porque hacia muchos años que creía que ella estaba muerta.
- ¿Sorprendido? – Alquezar agitó la cabeza – como ves no estoy muerta, pero tú puedes estarlo de aquí a poco. No, no te voy a matar yo, aunque me gustaría, pero hay cierto libro verde – Alquezar se sacudió – veo que lo recuerdas, sí ese libro en el que estás pensando, lo que tienes ahí guardado – dijo dirigiendo la mirada hacia donde miraba Alquezar – no es si no una mala copia. El original está a buen recaudo y si no dejas de molestar a mis amigos, ese libro saldrá a la luz, y no sé que me daría mayor gusto, si matarte ahora o verte hundido.
Creo que lo segundo me placería más. Pero no me provoques con lo primero, que también lo haría – dijo casi en un susurro. Alquezar vio los fríos ojos de la mujer clavados en él y comprendió que aquello era muy real y que hablaba muy en serio. – Bien te dejo para que reflexiones, pero piensa que, al igual que he entrado hoy, puedo entrar cualquier otro día. ¡Ah! Y no te molestes en intentar utilizar la daga que escondes bajo la almohada, no llegarías a acercarte a mí. – apagó la vela y salió de la habitación bajando las escaleras.
- ¿Qué ha pasado ahí arriba? – preguntó Azogue.
- Asunto resuelto, vayámonos de aquí. – respondió Arbante.
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