viernes, 7 de marzo de 2003

VI

En la vasta estancia ardía un fuego alimentado regularmente por grandes leños de pino. Una suave música proveniente de una viola da gamba envolvía el entorno e invitaba al relajo. Allí, frente al hogar, sentado en un sillón alto, Don Gaspar se hallaba con los ojos cerrados, pensando en el futuro. Paladeando un vino dulce de Pedro Ximenez agradecía cada segundo que pasaba en esa paz y que le hacía olvidarse de todas sus obligaciones.

- Excelencia - interrumpió suavemente el mayordomo - Hay un hombre ahí fuera que pide ser recibido. Me dio esto para que os lo entregara.

Don Gaspar, visiblemente amoscado por tan enojosa interrupción, abrió los ojos y su mirada fue rápida a posarse sobre el objeto: La flor de la azalea descansaba sobre la patena plateada que acarreaba el criado. Don Gaspar asintió con gesto grave.

- Hazlo pasar - ordenó mientras se incorporaba con cuidado. Los ataques de gota eran más frecuentes desde que había comenzado el invierno.

En cuanto el recién llegado entró por la puerta a Don Gaspar se le vinieron a la mente otras épocas, mejores sin duda. Sonrió para sí y dijo,

- Veo que el tiempo y la guerra poco han cambiado en vuestra apostura, Don David. Acercaos y tomad un poco de vino. Lo hago traer directamente desde Málaga.

- Gracias Excelencia. Vos sin embargo habéis medrado desde la última vez que nos vimos. Sois ahora conde y duque - contestó Arbante con sorna.

- Supongo que no habréis acudido a mí para hablar de linajes y títulos - replicó Gaspar Guzmán de Olivares.

- Estáis en lo cierto, pues esta noche vengo a satisfacer una vieja deuda que un día contrajo Vuestra Merced para conmigo.

- Hablad pues. ¿En qué forma puedo saldarla?

- Busco confidencia sobre alguien - dijo Arbante bebiendo un largo trago de Ximenez - No creo que sea problema para el valido del Rey el procurármela.

- Decid de quien se trata y ya estudiaré yo la dificultad. - replicó Olivares con un deje autoritario en su voz.

- Fray Emilio Bocanegra, Presidente de la Santa Inquisición.

Don Gaspar Guzmán de Olivares arqueó las cejas en un ademán ambiguo.

- Mucho pago es ese para una deuda tan antigua.

- Pero sabeis tan bien como yo que os conviene satisfacerlo.

Olivares se mesó el mostacho con la mano izquierda mientras observaba como David de Arbante se servía otro generoso trago. Al cabo de un momento preguntó,

- ¿Qué queréis saber?

- Si hay algo para poder incriminarlo, algún punto débil. - le respondió Arbante con la furia pintada en los ojos - Espero un ataque por parte de sus secuaces de La Garduña y quiero estar preparado.

- Bocanegra... Durante demasiado tiempo he intentado bajarlo de su fanático pedestal sin éxito alguno, y ahora aparecéis vos para servirme su cabeza en bandeja de plata. - Olivares se plantó delante de su interlocutor y lo miró directamente a los ojos - Si no fuera por que de largo os conozco pensaría que es una jugada de esa maldita Sor María de Ágreda.

- Entonces, ¿qué contestáis?

- Os ayudaré. Pero esperad lo justo de mi. Dada mi posición poco puedo hacer más que encauzaros en la buena dirección de rastreo. Según tengo entendido no estáis solo en este asunto. - Olivares sonrió al ver la mal disimulada mueca en la cara de Arbante - Pues bien, yo en vuestro lugar mantendría la boca cerrada de cierto poeta de agrio carácter. Creo que vuestro amigo napolitano sabrá como mantenerlo a raya.

- ¿Cómo estáis enterado? - alcanzó a inquirir Arbante mientras se maldecía por haberse confiado tanto en los pasados sucesos.

- ¡Vamos! Un asalto en la casa de mi secretario personal y este ni se molesta en clamar venganza... Dos de los hombres de Uceda muertos en el camino de Alcalá... El Señor de la Torre de Juan Abad misteriosamente enfermo...

- Veo que no por nada estáis donde estáis. Decid entonces, ¿cómo podéis ayudarnos?

Olivares se sirvió otra copa de vino dulce mientras se acercaba al hogar. Parecía jugar con una pluma imaginaria, haciéndola alzarse para después dejarla caer. Volvió el rostro hacia David de Arbante y le dijo,

- Sabed pues que Fray Emilio Bocanegra tomó los hábitos en el Reino de Valencia, concretamente en el Convento de Albaida. Es por allí por donde tenéis que comenzar a buscar su vínculo con La Garduña.

- Pero... ¡Como voy a entrar en un Convento de Dominicos! - exclamó David de Arbante - Es más sencillo tomar al asalto una plaza flamenca.

- Para vos y para mí puede ser - razonó Olivares - pero tenéis a vuestro lado a alguien que podrá entrar sin problemas, y que gozará además de dispensas.

- ¿Quién es tal personaje? - preguntó Arbante cada vez más asombrado del poder del valido.

- Don Martín de Azogue y Galarraga, Señor de Azogue. En cuanto habléis con él comprenderá al punto mis palabras. Decidle que la madriguera de La Garduña se encuentra en el lugar más insospechado. Y ahora partid, pues ya os he dicho más de lo que mi posición me permite. Quede la deuda saldada.

- En cierto modo lo está, pero ¿no os interesará conocer los progresos, si los hay?

Olivares sonrió mientras llamaba con una campanilla al mayordomo

- No dudéis que estaré muy al corriente de vuestras andanzas. Quedad con Dios.

En cuanto Dunia de Arbante salió del palacio de Olivares se reunió con sus dos compañeros, que la aguardaban fuera. Extraña costumbre la de esta dama, pensó Boromiro, de entrar sola a todos lados.

- ¡Voto a tal que pensábamos que no ibas a salir nunca! - dijo el italiano en un susurro.

- Acerquémonos a la Fonda de Legazpi y os contaré al detalle mi plática con nuestro hombre - respondió Arbante echando una mirada enigmática sobre Martín de Azogue, que caminaba por detrás de los dos.

En la Fonda de Legazpi se respiraba un ambiente tranquilo, como de venta de caminos. Una vez aposentados en una mesa apartada de la circulación y ante un buen Rioja que se hacía traer el posadero de su Laguardia natal, la Arbante explicó lo acontecido en casa del valido. Al finalizar el relato, dos pares de ojos miraron curiosos al aragonés, esperando respuestas. Este se recostó sobre su escaño, se bebió de un trago el pocillo que tenía delante y comenzó a hablar.

- No le falta razón a Don Gaspar en este asunto. Habéis de saber que el Convento de Albaida es de los más antiguos de España y, pese a estar habitado por los frailes dominicos permanece bajo la protección y administración de la Orden Militar de Montesa. Esta orden fue la heredera de los Templarios en el Reino de Valencia, y eso lo sabían los dominicos, siempre con ansias de atesorar el oscuro saber del que eran partícipes los Caballeros Templarios.

- ¿Y donde entráis vos en este asunto? - preguntó Boromiro, al que la sola mención del Templo de Jerusalén le había comenzado a interesar.

- Al igual que yo Matías, mi hermano menor, hubo de buscarse las lentejas por su cuenta cuando nuestro hermano mayor alcanzó la madurez, pues en la Corona de Aragón el derecho de primogenitura otorga todo al mayor y a los otros nos deja en cueros. Cuando yo me alisté en el Tercio Viejo él tomaba los hábitos de Montesa.

- Esa parte ya la veo clara, pero ¿que quiso decir Olivares con lo de la madriguera de la Garduña? - preguntó Arbante, cada vez más tensa.

- Nos estaba apuntando directamente a la fuente principal de financiación de esta. - contestó el aragonés mientras miraba fijamente al italiano.

- ¡Pardiez que esto se complica a cada minuto! - exclamó Arbante mientras se echaba para atrás.

- Pero vos aún no tenéis clara dicha fuente, ¿verdad Martín? - preguntó Boromiro

- No, pero cuento con averiguarlo pronto. Montesa no es amiga de Calatrava y nos harán costado en este asunto. - replicó Azogue apurando otro vaso de Rioja y limpiándose el bozo con la manga de su jubón.

- ¡Por los clavos de Cristo Martín, que sois una caja de sorpresas! - bramó Boromiro palmeando la mesa - ¿Pensáis que un Caballero de la Orden de Calatrava como Alquézar está implicado en esto?

- Cosas más raras se han visto, Maese Boromiro - sonrió Martín de Azogue.

- Bien caballeros - exclamó Arbante apurando su vaso - hemos de prepararnos para el primer golpe. Martín, vos saldréis hacia Albaida lo más pronto posible. Boromiro se encargará de la “vigilancia” de nuestro poeta. Alquézar no olvida tan fácilmente y seguro que le mandará recado con descargo de mandoble.

- Que me place tal tarea, al menos disfrutaré de unos pocos días de asueto mientras nuestro insigne aragonés está fuera - asintió riendo Boromiro - pero, ¿Y vos? - le preguntó a la Arbante.

- Yo me encargaré de que cierto duque reciba el escarmiento que se merece y de con sus huesos en el mismo lugar donde enviáramos ha tiempo Olivares y yo a su padre.

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