- Tanto como a mí, signore di Biancatorre. Y en magnífica compañía... mis respetos, señor de Arbante -contesta el aludido, saludando galante al levantarse.
Dunia de Arbante masculla una poco femenina maldición para su embozo. Quevedo sabe de su doble identidad, de su necesidad de ocultarse tras la apariencia de un hombre, pero aún así se obstina en dedicarle una cortesía más propia de las delicadas flores de la corte de los Austrias que la debida entre hombres de bien... y además llamándole "señor". Obstinación que le ha costado a más de un entrometido y gracioso matasiete el encontrarse con un palmo de buen acero de Toledo en el pecho o donde pluguiera a Dios, que a fin de cuentas una estocada es una estocada y el diablo la acepta como salvoconducto al infierno se porte donde se porte.
- ¿Noche de desencuadernada, señor de Quevedo? - pregunta Martín de Azogue, despojándose de capa y sombrero.
- Para eso estamos. ¡Cabeza de Vaca! ¿Dónde esta ese Valdemorillo? Y ya puestos acercad el libro real, que estos compañeros traen hambre de lecturas.
Desencuadernada, libro real, mil malos nombres que los españoles de la época dedicaban a la baraja de cartas, verdadera religión en la que nobles y villanos se dejaban dineros y honra entre peses a tal y votos a Cristo en el Madrid del cuarto Felipe.
El buen Cabeza de Vaca se acerca a la mesa con una jarra llena del caldo de las viñas de Valdemoro y cuatro pocillos de barro. Murmurando en voz baja, más por salvar las apariencias que por otra cosa, una advertencia sobre la última pragmática que Olivares había hecho firmar al Rey prohibiendo el juego, deja una baraja sucia de mil manos sobre la mesa. Y una bandeja con algo de queso y fiambres, que malo es beber sin tener algo en el estómago. La partida empieza, los naipes y las maldiciones vuelan, el dinero va cambiando de manos y la conversación se anima.
- ¿Hay algo nuevo con respecto a la Torre de Juan Abad? - pregunta el italiano en un castellano lento pero fluido, entreverado de varios acentos tan meridionales como su Nápoles natal.
- ¿Qué ha de haber? Las cosas de palacio van despacio, y más cuando no se puede recurrir al poderoso caballero...
- ¿Olivares? - interrumpe Azogue.
- ¿Padrinos? - le sigue Arbante.
- ¿Acero? - continua Boromiro.
Ríen los cuatro amigos una vieja broma a cuenta del soneto que el de Quevedo dedicó al poderoso caballero don Dinero. Ríen los cuatro, aunque la risa del escritor es forzada, más de respeto hacía sus compañeros que de buenos recuerdos. Los naipes siguen moviéndose en la mesa. Las bolsas de Azogue y Quevedo, compañeros en la partida, pierden peso de forma constante, creciendo de forma pareja las de la mujer y el napolitano. Viendo al escritor más fuera del juego que dentro, el aragonés, Azogue, se dirige a este.
- Algo os traéis entre manos, don Francisco. Parecéis distraído.
- ¡Por los clavos de Cristo! Estad a lo que debéis estar, pardiez.
- No es gritando que haremos los puntos, amigo mío - responde Martín de Azogue -. Y me estáis costando una pequeña fortuna. No ando tan boyante como vos y...
- ¿Y de donde saca vuesa merced que yo ando boyante?
La diestra cerrada en un puño en la cadera mientras la mano izquierda se llega hasta el pomo de la espada, el pecho erguido, la mandíbula adelantada, los ojos centelleantes. Todo el cuerpo de Francisco de Quevedo adopta una pose de desafío, el de Azogue ha tocado un tema delicado sin saberlo.
- Vamos, vamos, señores, paz.
- ¿A qué estos gestos? Estamos entre caballeros - asegura Dunia de Arbante -... en cierta forma.
Martín de Azogue levanta ambas manos, apaciguando al airado escritor. Otra persona que hubiese entonado con ese tonillo chusco el "vuesa merced" difícilmente habría dicho algo más que reclamar una última confesión a gritos, pero una larga amistad ata a los dos hombres, y Azogue cree ver algo más tras las palabras de Quevedo.
- Válgame el cielo, disculpadme, amigo mío. ¡Por todos los ...! Son éstos días duros para mí, amigos míos. Sabían vuesas mercedes que en el pleito por la Torre de Juan Abad corrían hace meses buenos tiempos para mi causa, bien engrasada con algo de sonante para las medianías de palacio y algunos sonetos de balde para
las gentes principales.
- Llevo meses fuera de la corte - contesta Arbante -. Acabo de llegar de Asturias y aún no he tenido tiempo de enterarme de nada. ¿Qué ha ocurrido?.
- Yo llevo casi un año en Zaragoza, ayudando a mi padre en un mal asunto con el justicia mayor. Tampoco sé nada.
- Mi casa en los últimos meses ha sido el Camino Español entre Flandes y Milán, como correo al servicio de Espínola - aduce Giusseppe Boromiro -. Nada sabemos de vuestras cuitas, señor mío. ¿Qué decís?.
- Digo que esa basura de Alquézar, el secretario de Olivares, anda por buscarme las cosquillas desde un asunto que tuvimos con relación a una desdichada familia valenciana que... bueno, no viene al caso. Ese malnacido sabe que no me convienen escándalos en estos momentos, y ha hecho circular el rumor de que mi sangre es tan impura como la de ese bujarrón de Góngora. Bujarrón, ahembrado y marrano, que sé de buena tinta que sus padres celebraban el sábado y le tenían tanta aversión al cerdo que...
En aquella España turbulenta, donde un abuelo vascongado o asturiano bien documentado podía comprarse con doblones de a ocho y donde era mejor parecer cristiano viejo que serlo; en aquella España hipócrita y cainita, capaz de expulsar a sus propios hijos o hacerlos matar en Europa por asuntos de religión que de bien poco le iban a servir; en aquella España fascinante y doliente, en suma, cualquier rumor sobre sangre judía o mora en las venas de un hombre podía dar al traste con la carrera más prometedora o la vida más honrada.
Un juramento en buen italiano acompañado de un puñetazo sobre la mesa ha interrumpido al señor de Quevedo. La faz, ya de por sí oscura, del napolitano ha adquirido un tono carmesí que presagia problemas. Hablarle de pureza de sangre es buscarlo y encontrarlo. Sangre árabe en sus negros cabellos rizados y su piel oscura, normanda en sus ojos azules, catalana de un antepasado almogávar y leonesa de un abuelo capitán en los tercios de Don Gonzalo Fernández de Córdoba, mezcladas con el eterno sustrato de la mujer napolitana
que tantos ejércitos extranjeros había visto y había de ver hablan de unas venas donde se puede encontrar tal mezcla de sangres que haría perder la paciencia y la fe cristiana a un interrogador de la Santa Inquisición.
- ¿Me estáis diciendo algo, señor mío?
- Está de Dios que no hemos de entendernos esta noche -contesta el escritor -. Nada tengo contra vuestra sangre, amigo mío, que el servicio en los Tercios Viejos bien hidalga la ha hecho. Es solo que ese maldito Alquézar...
Los tres amigos se miran entre ellos. Han combatido y matado juntos. Por un Rey y una fe lejanos. Por honor y por pura rabia. Por dinero y por venganza. No les hacen falta palabras, basta intercambiar unas miradas, dos rostros asienten, y la voz de Dunia de Arbante resume sus pensamientos.
- ¿Podemos hacer algo por vos?
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