jueves, 16 de diciembre de 2004

XVII

La estancia volvía a estar en penumbra, sobre la mesa de madera maciza volvía a descansar una bandeja, esta vez con cuatro copas flanqueando la botella de Jerez de Málaga Pedro Ximenez que el valido gustaba recordar era traída expresamente para su disfrute.

Un criado los había conducido a la estancia y Don Gaspar les había hecho señas de que se sirvieran una copa. Italiano y aragonés no se movieron, quizá impresionados por hallarse en presencia del valido. David se acercó a la bandeja y se sirvió una generosa cantidad de licor. Cuando el criado hubo salido, Don Gaspar hizo señas a los amigos para que le siguieran. Con la cabeza, además hizo señas a David para que cogiera la bandeja.

Se dirigió a una de las paredes de la habitación y tocó uno de los cuadros. Inmediatamente se abrió un pequeño hueco que conducía a un pasadizo, por el cual hizo entrar a los tres y que cerró tras entrar él.

En completo silencio, con el asombro pintado en la cara de los dos hombres encabezó la marcha a través del pasillo, marcha que cerraba David con una media sonrisa pintada en su rostro. No era la primera vez que recorría aquel pasillo, el valido no quería que nadie oyera lo que deseaba decirles. Demasiados oídos indiscretos recorrían las estancias del palacio, que no todos los criados son de fiar y discretos.

Llegaron a una estancia, en la que el valido se vuelve y, para mayor asombro todavía de los dos hombres, sonrió. Ambos paseaban su mirada entre el Conde - Duque y Arbante y pudieron comprobar como su gesto encontró reflejo en la cara de esta que desplegó una amplia sonrisa. Dejó la bandeja sobre la mesa baja y sirvió otra copa que alargó al valido.

- ¿Sabes lo que te voy a decir, verdad? - Preguntó.
- Lo sé, Gaspar - respondió ella.
- Hace muchos años desde la última vez que me llamaste así - dijo este alzando su copa en un brindis.
- Demasiados, pero eran otros tiempos - replicó ella haciendo lo propio. Martín de Azogue y Giusseppe Boromiro miraban la escena con sendas copas en la mano sin atreverse casi a respirar ¿Cómo demonios tenía esa mujer la capacidad de tutear como a un viejo camarada a uno de los hombres más poderosos del mundo?
- Otros tiempos y otros reyes, sin duda.
- Cuidado, señor valido, ya sabes que puedes hacer chicharrón por eso.
- ¡Mira quien lo dice! ¿Sabes? Siempre he pensado que es una lástima que no seas en verdad un hombre - una risa franca, abierta, resonó en la estancia provenía de la garganta de Arbante.
- Sí, y yo siempre he pensado, que tú deberías haber sido mi padre - replicó vaciando la copa y sirviéndose una nueva - pero el diablo juega bien sus cartas y parece que le sirvo mejor así.
- Te has dado cuenta que esto es una despedida, ¿verdad? - afirmó mientras se sentaba.
- Sí, esta es la última vez que nos veremos, la próxima será muy probablemente en el infierno - sonrió.
- Señor de Azogue, Maese Boromiro, no os extrañéis de nuestra parla, mucho tiempo hace que David de Arbante y yo luchamos hombro con hombro, respirando pólvora, sudor y salitre en una galera en el Mediterráneo, que no solo de Flandes se nutre la hoja de servicios de un soldado.
- Sí, mucho tiempo ha pasado de eso. Gracias por el aviso, pues intuyo que eso es lo que quieres decirnos, ¿no?
- Gracias a ti a tus amigos, tengo unas cuantas cartas escondidas para usar contra mis enemigos, si las necesito. Sí en efecto, lo último que puedo hacer por vosotros es avisaros. Maese Azogue, saben que vuestra familia ya está en Francia y que ireis a uniros a ellos, saben también que vuestros amigos no os dejaran solo, así que piensan cazaros a los tres en cuanto salgais de Madrid. Os estarán esperando, cerca del valle del Lozolla, en el Paso del Guadarrama. Pagan muy bien vuestra cabeza.
- ¿Por qué será que no me sorprende? Bien, entonces creo que ha llegado el momento de marcharnos, gracias amigo por el aviso - dijo torciendo el gesto mientras dejaba la copa en la bandeja.
- Dunia, te diría que te cuidases, pero sé que lo harás. Como también sé que no hay vuelta atrás. Ha sido un orgullo conocer a tan brava mujer y contar con su amistad - dijo extendiendo su mano hacia ella.
- Ha sido un honor servir a tus ordenes y que pienses tal compensa muchas cosas, créeme - respondió recogiéndola - ¿Harás el favor de despedirnos de nuestro amigo poeta?
- Sabes que no me es muy apreciado, tu amigo poeta. Pero lo haré.
- Gracias de nuevo.
- Conoces la salida, ¿verdad?
- Sí, no hace falta que nos acompañes - dijo sonriendo.
- No vuelvas a tu casa, ninguno de vosotros volváis por donde solíais. Iros directamente - el tono era preocupado, o al menos así lo quisieron ver los dos hombres que no habían intervenido para nada en la conversación.
- No lo haremos. Ahora nos iremos, ya has corrido demasiados riesgos por nosotros. Que el diablo te guarde, amigo.
- Lo mismo te digo.

Arbante hizo señas a Boromiro y Azogue para que la siguieran, la entrevista había terminado y era hora de irse. Sabía exactamente donde iba y que tecla debía tocar para salir de aquella estancia por el lado opuesto al que habían entrado. Los guió con total seguridad a través de otro corredor. Era claro que conocía aquella casa muy bien, por que no era la primera vez que iba.

Dirigieron sus pasos hacia la cercana iglesia de San Ginés. Necesitaban acogerse a sagrado para decidir que harían y aunque iglesia, San Ginés no pertenecía a la orden de los dominicos y gustaba de rebatir el poder de Bocanegra. Nadie los estorbó ni los molestó, pues ya era noche cerrada cuando arribaron a la escalinata de entrada al templo.

- ¿Queréis dejar de mirarme así? No conocéis toda mi vida, como yo no conozco toda la vuestra. El Conde - duque es un amigo - dijo con gesto de malas pulgas.
- ¿Te das cuentas que gastas bromas con el que quizá sea el hombre más poderoso del mundo? - Preguntó Azogue.
- No, me doy cuenta de que gasto bromas con un viejo compañero de armas - dijo.
- Pues ya puedes empezar a contar como lo has logrado, por que yo todavía no salgo de mi asombro - rezongó Boromiro.
- ¡Está bien! ¡Sois más curiosos que un par de viejas cotillas! Cuando me convertí en David, comencé a luchar a las órdenes de Gaspar en una galera en el Mediterráneo. Una noche nos atacó un corsario Turco. No lo esperábamos y nos dieron lo que no está en los escritos, nos defendimos como pudimos. En cuanto los primeros corsarios pisaron la cubierta, se despojó de toda distinción y en mangas de camisa estuvo a mi lado luchando hombro con hombro. Su vida dependía de mí y mi vida dependía de él. Cuando acabado el combate vimos nuestra sangre mezclada en la cubierta de aquel maldito barco comprendimos que aquello suponía dejar atrás correcciones. Desde entonces somos buenos amigos, claro que nunca he gustado de tutear a su señoría salvo cuando estábamos solos. Ante el resto el era el capitán y yo un simple soldado. Después le ayude en varias cosas y bueno… vamos a lo importante. Debemos salir de Madrid, pero nos esperan, así que…..
- Bueno, con calma ¿Qué habéis decidido hacer vosotros dos?
- Yo no tengo nada que me retenga aquí, como bien me dijisteis en una ocasión así que Francia bien podría ser un bonito destino - dijo Boromiro encogiéndose de hombros.
- Después de la conversación con mi hermano - dijo Dunia - yo tampoco tengo nada que me retenga aquí. Creo que un cambio de aires no me vendrá mal.

martes, 23 de marzo de 2004

XVI

El oscuro sótano despedía un hedor mezcla de humedad, podredumbre y cueros ajados. En algún lugar se oía el repiqueteo de unas tercas gotas rompiendo contra el frío suelo de losas, el mismo donde una figura entumecida y encogida sobre si misma yacía aparentemente sin vida. Cuanto tiempo llevaba allí y como había despertado en aquel agujero eran preguntas a las que no encontraba respuesta. Poco a poco consiguió mover algún músculo y se dio cuenta de que tenía la cara manchada de algo. Se pasó la lengua por la comisura de los labios y horrorizado comprobó que era sangre.

En ese momento se abrió una puerta y la luz de un candil se esparció ahuyentando a las sombras. Dos voces, una grave y honda y la otra extrañamente átona se mezclaron por encima de su cabeza. Hablaban de él, no sabían aun si estaba despierto. Quizás le convendría hacerse el muerto, igual así...

Un impacto bestial en la base de su cráneo le obligó a soltar un alarido de dolor.

- Como puedes ver no está tan muerto como nos quiere hacer ver - dijo la voz grave mientras agarraba por los hombros al malherido hombre y lo acercaba a una silla. - el problema es que estos extranjeros se quieren hacer los espabilaos y uno ya ha vivido seis vidas antes de esta - rió el tosco hombre mientras le examinaba las heridas a la luz del grasiento candil. Cuando acabó hizo una seña afirmativa al otro hombre, que se había mantenido en un segundo plano.

- Gracias Garcés - dijo la voz átona mientras se aproximaba a la luz. - Bueno, bueno, bueno... ¿y a qué debemos el honor de que nos visite en nuestra santa España, monsieur? - la voz átona se difuminaba en la mente del herido mientras una faz, enterrada bajo recuerdos más agradables pugnaba por salir a la superficie. Aun así, no habló ninguna palabra. Detrás de él sentía la inmensa mole de Garcés moverse inquieta.

- No parece que te entienda, Martín. O quizá quiere que pensemos que no sabe hablar castellano. - dijo Garcés mientras le arreaba un calpizón al gabacho. Frenó un segundo viaje al ver la cara adusta del de Azogue. No quería enojar a uno de los mejores espadas de Aragón. Martín siguió como si nada hubiese pasado.

- Je sais que vous parlez parfaitment l´espagnol - dijo mirando fijamente a los ojos del aterrorizado sujeto. La treta había dado resultado, pues este había mudado su expresión y ahora parecía que comenzaba a comprender.

Esa voz, átona, que cada vez le era más familiar, y las imágenes de otros tiempos, imágenes de horrores, de compatriotas degollados sólo por tener otra creencia, por no seguir los dictados de la Santa Madre Iglesia se iban agolpando en su mente.

- No, no, vos... - acertó a balbucear.

- Monseigneur ne será pas content quand je lui dirais que vous vouliez me tuer - continuó el aragonés, las caras cada vez más próximas, mientras una sonrisa torva se dibujaba en el rostro del de Azogue. Esa sonrisa, la misma que se dibujara años atrás en La Rochelle. El francés tragó saliva. Ahora no tenía dudas, ya sabía frente a quien estaba. Y no podía más que rezar. Intentó una estratagema par ganar tiempo.

- Pero vos sabéis que nunca atentaría contra vuestra vida, ni yo ni aquel a quien sirvo. - al ver el silencio en el rostro del de Azogue, el francés se envalentonó un poco - ¿es qué ya no recordáis que una vez servimos al mismo señor? - se permitió una breve sonrisa, que se le heló en la cara cuando el frío acero de una daga le acarició el gaznate.

- El señor Garcés es un hombre de acción, y no entiende tanta palabrería. El piensa que estoy perdiendo el tiempo con vos - habló Martín mientras Garcés paseaba el dorso de su daga por la barbilla del aterrorizado francés. - pero yo aun confío en que llegaremos a entendernos, ¿verdad Bertrand? - al decir su nombre Azogue suavizó el gesto.

- Don Martín, en Francia pensábamos que habíais pasado a las Indias. Si hubiésemos sabido de vuestra estancia en Madrid quizá... - Bertrand no pudo acabar su frase porque sintió un leve corte cerca de su oreja izquierda, seguido de un dolor inimaginable cuando Garcés tiró del lóbulo que acababa de cortar. Un chorro de sangre manó de la herida mientras el feroz personaje jugaba despreocupado con el cacho de oreja. Al momento, abstraido, lo lanzó al fondo de la sala, donde un murmullo de rápidos pasos indicó que ya era pasto de las ratas.

Martín se acercó aun más al francés, que yacía con el rostro desencajado de dolor. Arrimando sus labios a la oreja sana, le dijo en un susurro.

- Laissez des histoires et parlez d´une fois.- el tono átono del Carnicero de La Rochelle le invitaba a dejarse de mañas. Bertrand comenzó a relatar desde cuando estaba en Madrid, su relación con Bocanegra, y lo más importante, en que grado estaba involucrada la Garduña y el Cardenal Francés. El odio de Richelieur por Olivares y los Austrias, el afán de colocar a algun delfín Borbónico en el trono hispano y así poder controlar los destinos de los dos grandes colosos europeos le había llevado a diseñar una red de maleantes que sembrara el descontento entre los nobles y el pueblo llano español. Y Bocanegra con su afán inquisitorial le había servido perfectamente, convenientemente guiado por su secretario de confianza, Bertrand d'Aloirs.

Y allí, en un oscuro sótano de quien sabe que lóbrega casa madrileña Bertrand d'Aloirs esperaba que lo que le había contado a Martín de Azogue, el otrora Capitán de la Guardia Personal del Cardenal en las guerras de Religión francesas, conocido en Paris por el mal nombre del Carnicero de La Rochelle, le sirviera para alargar un poco más su tiempo entre los vivos.

El aragonés sonrió mientras comenzaba a acercarse a la salida del sótano. Al llegar al quicio de la puerta, se giró y le dijo:

- Très bien, ainsi me plais, que vous collaborez.

Bertrand suspiró mientras reunía valor para formular la siguiente pregunta.

- ¿Qué vas a hacer ahora? No puedo volver con Fray Emilo, mi pellejo no valdrá nada en cuanto salga de acá. Si no puedo llegar a Francia soy hombre muerto-

Martín volvió sobre sus pasos. Se mesó el mostacho mientras pensaba en las últimas palabras que había dicho el francés. Miró a Bertrand con una sonrisa mezcla de cansancio y compasión, sonrisa que heló la sangre del francés, porque era la misma que tantas veces le viera frente a un calvinista en su patria. Súbitamente el aragonés sacó a relucir su daga y de un limpio tajo cortó el cuello del secretario del Cardenal. Garcés soltó la presión de sus zarpas y el cuerpo del francés cayo al suelo. El señor Garcés soltó una carcajada y mientras escupía en el charco de sangre que manaba del corte dijo

- Qu´il repose en paix.




Al día siguiente en las gradas de San Felipe no se hablaba más que del último crimen cometido en la Corte. Ni más ni menos que un fraile francés, o mejor dicho, la cabeza de este, había aparecido empalada en la verja de la casa del embajador francés.

Arbante miraba fríamente primero al napolitano, después al aragonés. Este asunto se estaba saliendo de madre. Al fin Martín sonrió y les dijo,

- Puede que estemos más cerca de nuestro fin de lo que pensamos -

- Seguramente - responde distraída Arbante, que ahora mira al frente con el semblante serio, la diestra apoyada en el pomo de su espada. La noche no ha sido buena, y se nota en su cara. Parece que su mirada vaga perdida. Pero está fija en dos embozados situados en frente de San Felipe. Viejos conocidos que no han dejado de mirar a los amigos.

- ¿Dónde está nuestro poeta? - pregunta Boromiro.

- En palacio, al seguro - responde.

La mañana anterior, Arbante se despidió del poeta, dejándole en compañía del conde de Vistalegre, viejo conocido de ella que mira con malos ojos cada vez que se ven en recuerdo de cierta cicatriz que, por encargo le hizo tiempo atrás. Requerían la presencia del poeta en Palacio, parecía que la buena estrella de Quevedo volvía a brillar.

La tarde no había sido mejor en encuentros, al regresar a la Posada del Dragón, halló esperándola a su hermano, acompañado de un par de hombres de su servicio.

La garduña no había tardado en tocar su punto débil, y allí, se hallaba su hermano, reprochándole que no hubiera pensado en la familia antes de meterse a manejar la espada. Preguntole que por que no había escogido el camino del convento, como hubiera debido hacer, o por que no había dejado las armas cuando volvió de Flandes. Nunca quiso entender que no había hecho si no obedecer a su padre.

Ingresar en un convento, llenos como estaban en la época del cuarto Felipe de novicias sin vocación obligadas por cuestiones de honor o por simple ignorancia a abrazar un camino que no era el deseado, ella, que sólo reconocía a Dios para blasfemar en buen castellano. Siendo muy niña se había dado cuenta de que Dios y ella no se iban a llevar muy bien. Y lo cierto es que nunca se habían llevado. Ya arreglaría sus cuentas con el diablo cuando tocara.

La otra opción que tenía, si hubiera dejado las armas, era la de convertirse en puta y después de haber visto la vida que llevaban las que en Flandes se hallaban siguiendo a los soldados, no era cuestión de ponerse a considerarlo.

Hubo agrias palabras entre los hermanos, aquel le recordó quien era y ella le recordó lo que le debía. Palabras que subieron de tono y acabaron con uno de los sirvientes dejándose acuchillar muy lindamente por querer ayudar a su señor, intentando mandarla, antes de tiempo, al infierno. Despidieronse los hermanos con promesa de espada si volvían a verse alguna vez.

El vino corrió esa noche, larga y amarga. Demasiado larga y demasiado amarga.

- Será mejor que nos vayamos, este no es un buen sitio para hablar - dijo sin apartar la vista de los jaques

Bajando de las gradas de San Felipe se dirigieron hacia la calle de la Paz. Los jaques siguieron con la mirada y después con el acto la acción de los amigos.

La vista de Arbante no deja de seguir a los jaques. Y al doblar la esquina de la calle suelta el fiador de su capa y retirándosela de los hombros la enrolla en la mano diestra mientras con la zurda desenvaina la espada. Antes de que los compañeros se hayan dado cuenta de que pasa, lanza la capa sobre el jaque que tiene a su derecha y atraviesa limpiamente el cuello del de la izquierda que no ha podido reaccionar.

Atónitos los dos hombres contemplan como la mujer, sin mediar palabra ha sacado su acero y lo maneja muy a gusto del diablo. Sienten el impulso de actuar, pero se contienen, pues saben que algo se puede escapar.

El rufián ya desembarazado de la capa saca espada y daga e intenta herir de costado, pero ella, preparada, mantiene en la zurda la espada y aparece en su diestra la daga. No es muy normal vérselas con un espada zurdo,y ella lo es. Y eso le da ventaja. Para una estocada con la vizcaína y después mueve la espada hiriendo en el muslo al adversario. Aúlla este de dolor, pero se rehace. Es gente del oficio, se nota, no va a perder la vida de balde y, si puede, no irá solo acompañado de su amigo al infierno. Traba con su espada la de Arbante y, moviendo la mano de la daga corta el brazo derecho de ella. Pero eso ha sido un error, pues mientras movía la mano ha soltado su espada y muy lindamente le clava dos palmos en el pecho que lo envían sin posibilidad de confesión a rendir cuentas junto a su amigo.

Antes de que lleguen los corchetes, recoge metódica y fría su capa. Sin hacer caso de su brazo que ha empezado a sangrar, pasa al lado de los amigos y les hace una seña para que la sigan: es el momento de largarse de allí.

No hablan durante el camino, saben que no es el momento. Llegan a la Posada del Dragón. Se despojan de capa y chapeo y de sus armas, se sientan en una mesa y pide vino al posadero. Este deja sobre la mesa una jarra y tres pocillos de muy malas maneras. Va a decir algo, pero se encuentra con los ojos fríos de la mujer y contempla la herida del brazo y no dice nada.

- ¿Quiénes eran? - pregunta Azogue después de servir el vino.

- Alguien que estaba donde no debía cuando no debía - le responde Arbante, mientras saca un trozo de lienzo para vendar su brazo.

- ¿Tenías que hacerlo? - vuelve a preguntar.

- No habéis salido tan mal parados.

- ¿Qué quieres decir? - preguntan ambos con sorpresa.

- Que eran ellos o vosotros. ¿Creéis que soy tonta y no me he dado cuenta de vuestras heridas? - ambos la miraron extrañados - Sólo peleando entre vosotros pudisteis hacéroslas. Habéis vuelto a pelear por lo mismo, otra vez. Martín - dijo volviéndose a éste- sabes que te quiero como ha un padre, pero no lo eres. En cuanto a ti, Giusseppe, - dijo mirando a Boromiro - compartes mi cama, pero no has sido el primero y nunca creí, ni nunca esperé que fueras el último. Sois mis amigos, sabéis que daría mi vida por vosotros, pero mis decisiones las tomo yo. La próxima vez, no habrá sustitutos - dijo sin mirarlos en algo que pareció más un latigazo que una voz.

Azogue mira a la mujer. Demasiado conoce esas reacciones, demasiado parecidas a su propio caracter, demasiado iguales los dos amigos. Sin embargo, sabía que tenía razón. No tenían derecho a decidir por ella.

Boromiro contempla el vino, demasiada amenaza para no tenerla en cuenta, sabe que es real y que si antes se han librado de las estocadas es solo por el afecto y la amistad que los une. Nunca creyó que ella fuera capaz de decirlo en voz alta. Lo sabía pero no creía que fuera capaz. Iba a decir algo, pero en ese momento, los corchetes con el alguacil Saldaña a la cabeza entraron en la posada y se dirigieron a ellos:

- Fácil me lo ponéis, Arbante - dijo.

- Es que sabemos de la clase de vuestros actos, señor alguacil - responde con sorna el aludido.

- Tengo orden de llevaros a ver a alguien, a los tres, pero no descuidéis, la vida da muchas vueltas y tiempo habrá de haceros tragar vuestras palabras - replicó.

- ¿Y si no queremos ir? - pregunta.

- Ese alguien me dijo que os mostrara esto, por si acaso - dijo sacando de debajo del coleto una aplastada flor de azalea.

Arbante la miró, después miró a sus compañeros, el final estaba cerca, el valido quería verlos.

- Os acompañaremos - dijo levantándose y requiriendo capa y chapeo.

miércoles, 17 de diciembre de 2003

XV

- Asaltar un convento... Madonna di Napoli...

- Bocanegra se refugia aquí y es de aquí donde obtendremos algo para quitarnoslo de encima. Tanto me da convento de clausura como reducto de herejes.

Mientras asegura las cuerdas que le van a ayudar a asaltar la tapia que protege el convento de las Benitas, don Martín de Azogue murmulla para su coleto lindezas sobre los supersticiosos meridionales, y los napolitanos, que son los peores a falta de sevillano. A su lado, cubriendo su espalda y con dos pistolones en las manos, don Giusseppe Boromiro vigila los accesos de la plazuela de la Encarnación, que flanquea el convento que ambos se disponen a asaltar en plena noche..

- ¿Qué esperas encontrar?

- Algo, lo que sea – responde el aragonés mientras cruzan el jardincillo que les separa de la negra mole del convento -. Entre los papeles de Bocanegra tiene que haber algo que lo incrimine. Sabemos que estudió en Francia, y que ascendió como una centella a la vuelta. Nadie sube tan rápido si no está acompañado del Poderoso Caballero. Antes de ir no tenía dinero, luego... No se puede llegar tan alto sin tener un esqueleto en el armario. Y la cabeza de la Garduña tiene que tener todo un cementerio.

- No va a ser fácil de comprometer. Otros lo intentaron antes, fijo.

- También Alquézar parecía intocable. En esta España no hay santos, italiano, al menos entre los que comen caliente cada día. Ni siquiera el Austria.

- Tampoco en Italia, me temo. Basta con conocer Roma y los romanos. Claro que el peor fue español – sonríe torcido el italiano, mirando de reojo a su amigo – Valenciano, creo.

Alcanzada la portezuela que da al jardincillo, forzada esta con las ganzúas del italiano, ambos espadachines, cubiertos de negro hasta la pluma del chambergo y tiznados los aceros, penetran en la oscuridad del edificio. Como sombras se deslizan por el dédalo de pasillos que forma el interior del convento. Han memorizado el plano del edificio, suministrado gracias a las influencias de don Francisco y al oro de Azogue. Cuando arriban a la verja que separa la zona de clausura de las dependencias de administración surgen de nuevo las ganzúas del napolitano.

- De esta no nos libramos ni con quinientos años de purgatorio. Amén de las atenciones de los inquisidores, claro.

- ¿Qué vas a hacer Giusseppe?

- Intento abrir esta reja – responde molesto, pues tiene claro cuál es el objetivo de la pregunta -. Si es que tienes a bien dejarme tranquilo, claro.

- No te escabullas, sabes muy bien a lo que me refiero.

- No tengo la menor idea - repone guardando las ganzúas en el fajín de ante negro que rodea su vientre sobre el coleto de dura piel de búfalo – Si sigues parloteando así atraerás a alguien.

Cruzan la verja en silencio, un silencio tenso por la separación que ha abierto entre ambos la insistencia de Martín, celoso del bien de la que considera una hija. Dudan más allá de la verja, se encuentran ante un pasillo con dos puertas donde solo debería haber un arco de herradura según los planos de los que disponían.

- Sangre de Cristo... ¿Y ahora? Probaré con la derecha, creo que el arco encaraba esa dirección.

- ¿Piensas responderme?

- ¿Es que nunca te cansas?

- Sigues sin responderme.

- ¡No es asunto tuyo, maldito seas! – susurra en un grito apagado el italiano, maldiciendo cuando una ganzúa se parte en el interior de la cerradura.

- Hola, hola. ¿Qué modales son esos, señor mío?

- Los que merecen palabras tan necias como las vuestras, “señor mío”.

En cualquier lugar de la Monarquía los aceros se habrían desenfundado ante el tono que viste las palabras que se pronuncian. En un país donde por un quítame allá esas pajas se juega honra y hacienda en la punta de una espada el cambio de tratamiento entre los dos amigos no presagia nada bueno.

- Voto a Cristo...

- Vote vuesa merced a quien quiera.

Ahora sí, demasiada arrogancia para soportarla quien ha fiado en la espada toda su vida. Se engallan ambos, mirándose a los ojos a apenas dos palmos de distancia. Las manos que han volado a las empuñaduras de la espada extraen poco a poco las espadas, mientras se separan girando uno en torno al otro hasta estar separados por la medida de dos aceros. Desenfundan despacio, a regañadientes, sabiendo, esperando, que el otro ceda antes. Pero ninguno cede. Los aceros se cruzan, se colocan ambos en guardia. Se mueven en círculo, tanteando, preguntándose como diablos han llegado a esta situación.

Cuando está punto de enfundar la espada, que ya está bien de juegos a semejante hora y en tal sitio, el ruido de una cerradura a su espalda, la misma que desdeñó antes el napolitano, alerta a Azogue. Reacciona ante la nueva amenaza moviéndose con una rapidez que sobresalta a Boromiro. Este, sorprendido, amaga a un golpe que el aragonés, que no espera cosa semejante, no alcanza a desviar del todo.

- ¡Sangre de Cristo!

Apenas media pulgada de acero se le ha clavado en el antebrazo, lo suficiente para que décadas de experiencia acudan en su ayuda de forma automática, juntando pies y lanzando una estocada a fondo. El italiano, que ha empalidecido ante el resultado de su ataque, apenas alcanza a desviar con el filo de su daga la estocada recibida, recibiendo profundamente en su mano izquierda el acero de don Martín.

- Corpo di Christo!

Ambos se sumergen en la danza de las espadas, lanzando ataques y desviando estocadas que habrían enviado a un merecido infierno a un pelotón de flamencos. Absortos en la lucha, olvidan la amenaza que se cierne tras la puerta que queda a sus espaldas.

- En el nombre de Cristo, ¿qué está ocurriendo aquí? Teneos inmediatamente, ¡teneos a la Santísima Inquisición!

Los espadachines se congelan. Lentamente desvían su mirada a la izquierda, donde un asombrado Bocanegra, rodeado de una pequeña corte de secretarios y familiares armados de la Garduña, observa la escena. Amenazado por aceros y pistolas, recupera la cordura Azogue, su mente busca una salida ante semejante atolladero.

- Maldita sea tu sangre caliente, gallo napolitano. ¿Como en Steenberg?

Una sonrisa, torcida, lobuna, ilumina la oscura faz de Boromiro cuando comprende la intención del aragonés. Recuerda lo sucedido años atrás, cuando ambos servían en los tercios, poco después de conocerse. En Steenberg, pequeña población cercana a Breda, un infeliz pisaverde, un guzmán que blasonaba de hijo de Guzmanes, fue enviado con su pequeña corte de entretenidos a reunirse con el diablo. Quiso extorsionar, tras adivinar su verdadera condición, a Dunia de Arbante. Una mala idea.

- Maldita sea tu arrogancia, perro de tres patas. Como en Steenberg.

Gritando como posesos, blasfemando en buen napolitano uno, jurando en la vieja parla aragonesa el otro, los dos espadachines reanudan su duelo. Estocadas, más espectaculares que efectivas, capaces de devolver a la fe a Lutero y toda su ralea se suceden en un baile mortal. Baile sin consecuencias y que poco a poco va acercando a los dos contendientes hasta el atónito grupo que los observa. A menos de diez pies ambos intercambian una mirada de inteligencia.

- ¡Santiago!

Santiago. El grito de guerra de los tercios viejos. El grito de guerra que ha helado la sangre en las venas del que a él se ha enfrentado desde Viena y Lepanto a México resuena en el corazón de un convento en la capital de la Monarquía Hispánica. Al grito le suceden dos detonaciones, las de los pistolones que porta Azogue. Tras la metralla los aceros de los dos amigos se entierran en los cuerpos de los familiares de la Inquisición. Con la suerte de los condenados Bocanegra ha sobrevivido a la andanada, colocando entre él y el acero del aragonés a un hombrecillo que lo acompañaba. Refrena su estocada Azogue al ver al sujeto desarmado, aunque parte de la metralla de los pistolones le ha rozado la sien, desmayándolo y estorbando el paso del aragonés, que intenta zafarse de él para perseguir al dominico. Pero al desmayarse ha musitado apenas unas palabras, palabras que recoge el fino oído del italiano. Nom de Dieux.

- ¡Espera Martín! ¡Un gabacho! Quizá este...

Duda el aragonés. Mucho será jugárselo todo a una carta tan baja. Pero ya la voz de alarma se da por el convento, y fijo que Bocanegra tiene más guardias. Puede que el francés sea la palanca que les falta para derribar a Bocanegra. Sabe del pasado en Francia del dominico. Sabe que debe existir una conexión. Y sabe que de saberse esto el cuello del inquisidor está listo, ahí es nada aliarse con Francia, que es aliarse con Richelieu y pretender además servir al Conde-Duque de Olivares, los dos titanes que están jugando Europa a los dados. Sonríe apenas Azogue. Fray Luis está listo. Si Dios quiere.

- Cógelo y salgamos de aquí.

Trastabillando bajo el peso del hombrecillo huyen ambos del convento. Recuperando sus caballos de una cuadra cercana parten ambos al encuentro de David de Arbante. Cuando están a punto de entrar en la bodega donde les espera la mano de Azogue se posa sobre el hombro de Boromiro.

- Ya basta, Giuseppe. ¿Qué vas a hacer con Dunia?

- Nada, por mucho que me duela.

- ¿Nada? – se ensombrece la faz del aragonés-. Por los clavos de Cristo, Boromiro, deberías crecer de una vez. Pareces un niño que...

- Sabes muy bien que nunca fui un niño – repone Boromiro, deshaciéndose de la mano que descansa en su hombro -. Los Biancatorre acaban conmigo, y no dejaré una viuda detrás de mí.

- ¿Es eso otra vez? ¡Eres supersticioso como una vieja gitana!

- Déjalo, Martín, déjalo. Vamos, nos esperan.

miércoles, 3 de diciembre de 2003

XIV

- ¿Cómo siempre, dónde siempre? - preguntó Arbante mirando al de Azogue. Eran soldado y, tanto Boromiro como ella, aceptaban de buen grado la autoridad de Martín.
- Sí, ¿habrá tiempo suficiente? - respondió.
- Dalo por hecho. Don Francisco, nos vamos.

Dejaron a los dos hombres en San Ginés. Iban de asalto aquella noche y a ellos correspondía prepararlo todo.

- Mal te veo - le dijo el poeta mientras caminaban hacia la posada donde vivía Arbante.
- Hace mucho que estamos mal - respondió sin mirarle.
- Nos conocemos hace mucho, ¿qué pasó con aquella niña alegre y curiosa que conocí?

Mira al poeta y a su mente regresan recuerdos, quizá de tiempos mejores. Lentamente responde:

- La mataron, Don Francisco, la mataron sin dejarla crecer - y un deje de amargura sonó en su voz.
- Sé que el de Uceda no es recomendable, pero ¿por qué no?
- ¡No jodáis, Don Francisco! - exclamó mirándole furiosa - No fui yo la que decidió no casarse con el de Uceda. Como siempre lo que hice fue obedecer a mi padre. Era él el que no quería unir su apellido al de Uceda. Él se inventó todo esto - le expetó mientras entraban en la posada.

El posadero le lanzó una mirad de reprobación, demasiado movimiento en su taberna, eso no le gustaba.

- ¿A qué venimos aquí? - preguntó el poeta mientras subían al cuarto.
- Ya habéis oído a Martín. Se prepara un asalto, debemos recoger ciertas cosas que guardo y después iremos a ver a su viejo amigo aragonés.
- ¿Por qué padre? Podría serlo, por la edad, pero no creo que andase de visita por tierras castellanas - inquirió sujetándose los lentes.

Mientras hablaban habían entrado en el cuarto de Arbante y ésta se había despojado de capa y chapeo.

- Don Francisco - dijo sin contestar, plantándose delante de él, fría y peligrosa como era -larga y curtida es nuestra amistad, permitidme pues que os haga una pregunta - una inclinación de cabeza del poeta la hizo seguir - Siendo conocida vuestra aversión a las mujeres, ¿por qué me honráis con vuestra amistad? Mas sabiendo lo que todos nos jugamos.
- ¿Qué quieres decir? - preguntó éste al que la pregunta había pillado desprevenido.
- Vamos, si nuestro amigo Bocanegra llegase a pillarme, haría un bonito chicharrón conmigo en un Auto de Fe en la Plaza Mayor. Conmigo y con aquellos que me hubieran ayudado u ocultado. Y, ¡pardiez que a todos nos tiene ganas!
- Si he de serte sincero, no lo sé - reflexionó - quizá me impresionase aquella muchachita de 16 años que en lugar de preguntar por sedas y brocados, preguntó por libros y políticas - dijo - Y quizá me impresionó más unos años después cuando lucho hombro con hombro a mi lado para igualar una pelea.
- ¿Entendéis por que le llamé padre? - Inquirió.
- Sí, ahora comprendo.
- Bien, pues vámonos, debemos llegar a nuestra reunión con el trabajo hecho - añadió requiriendo capa y chapeo.

Salieron del cuarto llevando ambos unas alforjas. El posadero volvió a mirar inquisitorial, pero cortó su mirada con un gesto.

Encaminaron sus pasos a la calle de la Era, a la posada del de Paniza, dónde debían aparecer Boromiro y el de Azogue. Hablaron con el aragonés para avisarle de la posible necesidad de sangre baturra por parte de Martín y se sentaron en una mesa a esperar. Para acompañar, pidieron unos Valdemoros y en silencio comenzaron a beber.

El poeta conocía muy bien los silencios de la mujer. La miró estudiándola. Era demasiado joven para los años que representaba y demasiado mayor para la edad que tenía. Conservaba parte de la belleza que él le recordaba de sus 16 años.

"Con 18 abriles" - se dijo "rodeada de las sedas, brocados y adornos propios de su condición y rango, hubiera partido no pocos corazones. Figurada o literalmente hablando, por ella o por todos aquellos lindos y pisaverdes que hubiera tenido alrededor de haber sido otra su vida."

Ella no le miraba, estaba absorta en su pocillo de vino. Recordó él la primera vez que la viera en casa de su padre de quien se preciaba ser amigo, aquella muchacha risueña que cuando le vio, preguntó con total desparpajo noticias de la Corte. Cuando fue a responderlas sobre los últimos chismes y cotilleos, le cortó malhumorada, respondiendo que esas no eran las noticias que a ella le interesaban.

Recordó después como, había luchado junto a él espada en mano cuando ya era David.

Había mentido, sí que sabía porqué gustaba de su amistad, reconocía que era la única, pero su inteligencia y después su espada habíanle impresionado. Los ojos de la mujer se clavaron en él.

- Ya que has apellidado a la amistad - dijo - gracias por la ayuda.
- ¿En verdad, Don Francisco, creéis que es sólo vuestra amistad lo que nos mueve a este enredo? - preguntó. Dejó el poeta su pocillo, asombrado ante la pregunta y devolvió la mirada a la mujer pensando que, a lo mejor no deseaba conocer la respuesta.
- ¿Qué si no?
- No os incomodéis, amigo. Pero vos solo habéis sido la excusa.
- ¿Cómo?
- Miradnos, somos gente de armas, no sabemos vivir en paz. No hemos aprendido otra cosa desde pequeños. Fijaos, si no en lo que hemos andado haciendo desde que nos licenciamos. Boromiro, de correo por el camino español con Spinola. Martín, ayudando a su padre con el justicia mayor, si no hubiera necesidad de acero, no le hubiera pedido ayuda y yo, ayudando a mi hermano en querellas de tierras. Idem. Nos habéis dado excusa para poder volver a unirnos y luchar juntos. Llevábamos sólo un mes por aquí y mirad la que hemos armado - respondió volviendo a beber y haciendo una muda seña al poeta, unos individuos no muy deseables habían entrado en la posada.
- Vaya, pensé…
- No penséis, lo hacemos por vos. Pero también por nosotros.
- ¿Por qué lo haces tú? Como dijiste antes si te cogen harán chicharrón.
- Cierto, pero ya que no me dejaron escoger como vivir, escogeré como morir. Y no es la hoguera precisamente lo que tengo pensado. Ni para mi ni para mis amigos - respondió sin levantar la vista del vino.
- Y ya que estamos hablando de amigos - dijo el poeta dándose cuenta de que los que estaban al lado estaban demasiado pendientes - ¿Qué hay entre tú y Nápoles?
- Don Francisco, un hidalgo no cuenta esas cosas - dijo con una mueca irónica.

Justo cuando pronunciaba estas palabras, Azogue y Boromiro aparecieron en la taberna dirigiéndose a ellos.

martes, 21 de octubre de 2003

XIII

En las gradas de San Ginés Martín escuchaba abstraído las explicaciones de la Arbante. Metódica, fría, rozando la crueldad, la joven relató paso por paso sus últimas andanzas. Martín reconocía esos gestos, esos ademanes, esa mirada gélida en los ojos. Los había visto durante muchos años, reflejados en diversos espejos; eran los suyos.

Días atrás se lo había comentado al poeta mientras paladeaban un buen vino de Cariñena. Oscuro, fuerte, que se agarra mientras lo trasiegas y una vez dentro caldea el cuerpo como una buena amistad, ese era el vino más parecido al carácter del aragonés. Este le había hablado de lo mucho que se parecían su carácter y el de Arbante. El poeta, con la chufla que le caracterizaba, le había dicho,
- ¿Está segura vuestra merced de que no anduvo de caza mayor por tierras astures, Don Martín?

Cualquier otro que hubiera osado sugerir algo así se habría encontrado una media de buen acero toledando entre pecho y espalda, pero con Don Francisco era diferente. Martín torció el gesto, dejó su mirada perdida durante unos instantes... ambos se conocían de tiempo, y sabían cuando se podía bromear y cuando se hablaba en prosa. El poeta se quedó observando a su amigo, y le dijo
- ¿Otra vez con vuestros fantasmas?

Martín de Azogue sonrió mientras le servía otro vaso de vino a su amigo.
- Sabéis que nunca podré dejar de pensar en ellos... la vida ha dado muchas vueltas desde nuestro primer encuentro, ¿verdad Don Francisco? - preguntó el aragonés al tiempo que se echaba al coleto un generoso trago de tinto.

El poeta calló mientras asentía con la cabeza. Mucho tiempo, la verdad. El viejo rey Felipe el Segundo, él mismo, mancebo por las galerías de palacio, las largas tardes en la corte... la audiencia del Mariscal de Flandes, el joven que acompaña al de Farnesio... bravo, con una mirada que no dejaba indiferente, mezcla de odio y compasión, el cabello rizado recogido en una cola, vestido con traje de calidad, de estilo italiano, que seguramente habría pertenecido al Mariscal en sus tiempos mozos. Este comenzó a relatar al rey como Martín, que así se llama el joven, al mando de unos pocos compañeros había defendido hasta cuatro veces el puesto de mando español de las furiosas embestidas protestantes. El estilo narrativo del italiano, adornado, galante, nada brusco, hace que se despierten suspiros de admiración entre las gentes congregadas en la sala de armas...

- Pensáis en ella, ¿no es así? - Don Francisco rellena el vaso de su amigo, que abstraído, ha dejado de lado junto a los pellejos de chorizo.
Martín miró al poeta, no al pendenciero parlanchín que había tenido una vida cuando menos igual de interesante que la suya, si no al amigo fiel, al apoyo en tiempos difíciles, al compadre de desmanes, al confidente...

- Gracias a vuestra Pasión conseguí que me abriera el corazón. Sabéis que jamás podré volver a amar a nadie- dijo el aragonés mientras su mirada volvía a adentrarse en los recuerdos.
- Bueno, tanto como eso... - repuso el poeta mientras palmeaba la espalda del amigo. - salgamos de aquí, es raro en mi decir esto pero creo que ya hemos catado suficiente tinto por hoy, y vos necesitáis tomar un poco el fresco - dijo tirando del brazo del aragonés, que se puso en movimiento tras él.

Salieron de la taberna mientras las últimas luces del día pugnaban por alumbrar a los pocos transeúntes que aun se aventuraban por las calles del centro de la Villa y Corte. Recorrieron quedamente las calles que llevaban hasta la posada de Martín, hablando y riendo de los tiempos pasados, cuando el nombre de España era temido y respetado en todos los confines de la vieja Europa y ser soldado en los Tercios era una profesión reconocida y alabada en cualquier lugar. Si alguien se hubiera parado a contemplar la imagen que ofrecían los dos hombres, ya entrados en años, cogidos del brazo y riendo como orates mientras recitaban uno tras otro nombres ininteligibles para los muy castos oídos de la época, no habría dudado en llamar a los corchetes o incluso al Santo Oficio. Después de dar un largo paseo evitando las miradas curiosas, precaución que desde hacía mucho había adquirido Martín de Azogue, llegaron a la posada. Allí, Alfonso, el posadero de Paniza, le esperaba con gesto serio. Martín en seguida se dio cuenta de que algo no marchaba bien, y Don Francisco supo que ese algo sucedía en las tierras del aragonés en cuanto vio el sello de la carta que el posadero le entregó a su amigo; un can con tres patas. Era el mismo sello que Martín llevaba prendido de una cadena alrededor del cuello.

Entraron los dos en la habitación del de Azogue, una estancia de dos cuerpos en donde se guardaban todas las pertenencias de este en Madrid. En cuanto acabó de leer la carta, Martín se la alcanzó al poeta. Era del hijo de Martín, informando a su padre de las oscuras visitas que habían tenido lugar en su casa solariega. Tanto él como su hermana estaban a salvo en casa de su suegro, y Matías, su tío, se había encargado de dar caza a los merodeadores.

- ¿Qué vais a hacer, compañero? - le preguntó de Quevedo mientras le devolvía la carta. Sabía que los hijos de Martín no escribirían a su padre si no fuera por una causa mayor. Y también sabía que quien hubiese actuado así contra la familia del de Azogue había cometido un grave error.
Martín miró a su amigo y sonrió. Levemente, pero, el trazo de esa sonrisa era cruel. Mucho.
- De momento, mañana acudiremos a la cita con nuestros camaradas. Bajo la protección de Montesa no he de temer por mis hijos. Y como bien sabéis, no me ata ningún aprecio especial por la tierra que me quitó a lo que más amaba en esta vida. Pero una vez acabado este embrollo, y antes de partir a Francia, alguien va a pagar por lo que ha hecho, y un precio muy alto.





- ¡Martín! - la voz del italiano le devolvió a la realidad. Tres pares de ojos le están observando, quizá esperando que diera su opinión. Se mesó el mostacho con la mano izquierda mientras entrecerraba más aun sus ojos gris plomo.
- Será esta noche. Dos personas, Boromiro y yo. Mientras, Don Francisco y vos preparad lo necesario para un asalto. Si pensais que es necesario, id donde Alfonso el de Paniza, en las Eras, y decidle que el de Azogue requiere sangre baturra.
El napolitano sonrío frívolo mientras se calaba el chapeo. No necesita de más explicaciones, sabe que en unas horas el asunto estará más cerca del final.

miércoles, 1 de octubre de 2003

XII

Arbante se queda mirando esa misma puerta, moviendo la cabeza.

- ¿Se puede saber que ha querido decir con....? - comienza a preguntar el poeta mientras Azogue le corta con un gesto de su mano y se acerca a ella posando ambas manos sobre sus hombros. Como un padre con su hijo.

- No lo pienses más, Dunia. - Era el único que la llamaba por su nombre cuando no había peligro. - Sería igual si, en lugar de capa y espada, vistieras sedas y brocados. Y tú lo sabes - dijo.

- Lo sé, padre, lo sé - respondió ella palmeando la mano que él había puesto en su hombro y dándose cuenta que había pronunciado una palabra que no pronunciaba desde que tenía cinco años.

- ¿Qué has dicho? - preguntó asombrado Azogue.

- Lo que sentía - responde con una dulce sonrisa. Sonrisa que nadie había visto en muchos años. - Pero no por sabido deja de ser duro.

- Nadie dijo que la vida fuera fácil - replica Azogue.

- Nadie dijo que para nosotros hubiera de ser tan dura - suspira. Mas su mirada vuelve a enfriarse, a endurecerse. Vuelve el soldado, respira hondo antes de decir - Bien, tiraré de algunos cabos, quizá cuando dentro de dos días nos veamos en San Ginés tenga algo que contaros.

- ¿Estás bien? - pregunta Azogue.

- Todo lo bien que puedo, Martín, todo lo bien que puedo - y respondiendo esto, sale por la puerta.

Sale a la calle y se dirige hacia la Posada del Dragón, donde tiene un cuarto al que llama hogar. En el camino compra un par de botellas de vino.

Al llegar a la posada sube, sin siquiera saludar, a su cuarto, donde se despoja de chapeo y capa. Mira a su alrededor, y lo que ve le recuerda lo que es. Un mísero cuarto con dos jergones, un armario, dos sillas, una mesa y una estantería en la que apila unos manoseados libros: las dos partes del Quijote y varias obras de Lope y de su amigo Quevedo. Todo limpio, todo en orden.

Se sienta en una silla mirando por la mísera ventana que da a la calle y contempla como asciende el sol mientras los vasos de vino van sucediéndose. No está sola, pues los fantasmas vuelven a acompañarla.

Entre trago y trago maldice su suerte, maldice la hipocresía de una época que la obliga a ser algo que no es. Maldice a sus fantasmas que le recuerdan que su vida no vale nada. Y maldice al italiano por recordarla que, a pesar de todo, de todos sus esfuerzos, de todo lo pasado, es humana y tiene sentimientos.

Azogue tiene razón, son soldados y hombres y no cambiaría mucho si vistiera ricas sedas. Lo sabía, ella también había jugado a ese juego para salir adelante. Y el vino seguía corriendo.

Martín, le había llamado padre y en verdad lo sentía así. Se había comportado con ella como su propio padre jamás lo había hecho. Maldice a su padre y se maldice ella misma por ser tan estúpida. Recuerda las palabras de Azogue: “Beber no es la solución, créeme”. Deja el vaso sobre la mesa y se levanta de la silla. Se despoja de la camisa y se dirige a un rincón. Refresca su cara en una jofaina que hay allí depositada. Debe cumplir su parte, sabe exactamente como tirar del cabo y sabe donde está el cabo.

Abre el armario y saca unas vestiduras, propias de su condición de mujer. No lo había usado nunca, pues se suponía que serían el vestido con el que recibiría al que sería su esposo el día que éste pidiera su mano. Pero aquel día no había llegado nunca y ese era un buen momento para comprobar que tal parecía vestida de mujer.

Se viste, con aquel vestido azul que ciñe su cuerpo, aún no ha olvidado como hacerlo, a pesar de los años. Adorna su pelo con una cinta del mismo color y en su cuello pone una cinta de la que pende un corazón, regalo de aquel que fuera su enamorado. Sale del cuarto, bajando las escaleras a la posada.

- ¿Quién es? Y ¿cómo ha entrado es ese cuarto? - pregunta con sorpresa el posadero.

- Preguntad a David - responde sonriendo mientras sale. No ha sido reconocida.

Sabía que familiares del Santo Oficio se iban a reunir en la Plaza Mayor, y a ella se dirigió. Provista de su daga, para evitar complicaciones, sortea los quiebros de valentones que, en otro momento hubieran acabado en el infierno. La tarde va muriendo y debe apresurarse.

Llega a la Plaza, conoce de vista a uno de los capitanes y hacia él se dirige.

- Disculpadme - dice - pero no es muy recomendable que una dama pasee sola por estos lares - unos ojos curiosos contemplan a la mujer.

- Estoy buscando a mi dueña - replica - ¿no habréis visto a una mujer mayor vestida toda de negro y con una cara muy severa? - mientras formula la pregunta, despliega con gracia un abanico que cubre su cara, a excepción de sus ojos. Ojos que lanzan una mirada de complicidad al capitán.

- No, no la he visto - sonríe complacido.

- Decidme, ¿sois por ventura, uno de esos valientes hombres que luchan contra los impíos y los herejes que nos rodean?

- Sí, mi señora - responde cada vez más ufano.

- No sabéis la admiración que me causáis, caballero. Debe ser todo un orgullo servir bajo las ordenes del santo Fray Emilio Bocanegra, que Dios guarde - dijo mientras iniciaba un paseo, acompañado de una mirada al capitán para que la siguiera.

- Lo es. Realmente sois hermosa, señora. ¿No teméis que os pueda pasar algo?

- Y vos sois un adulador, mas no. Nada temo, y ¡menos ahora que me acompaña tan apuesto y aguerrido soldado!

- ¿Qué os ha traído por aquí? - pregunta.

- Simplemente, pasear - responde mientras dirige sus pasos hacia la salida de la Plaza.

- Tarde es para un paseo. La noche ya está cayendo y deberíais volver a vuestra casa - dijo mirando alrededor - no veo a vuestra dueña.

- A fe que con esta compañía no la necesito, ¿no creéis? - y una mirada pícara apareció tras el abanico que no había dejado de ocultar el rostro.

- No, ciertamente no la necesitáis. Decidme, ¿abría alguna posibilidad de disfrutar esta noche de vuestra compañía? Quiero decir, la tarde muere y vos estáis lejos de casa, por lo que puedo intuir.

- ¿Me estáis haciendo algún tipo de proposición? - el capitán asiente con la cabeza - Bien, sabed que acepto.

Mientras andaban el joven capitán no deja de bendecir su suerte por haber encontrado a semejante mujer. Comienza el galanteo y pensando en obtener algo más aquella noche.

- Volviendo a vos ¿es cierto que el santo Bocanegra estudió en Francia?

- Cierto es.

- ¡Pobre, que mal lo debió pasar! - exclamo.

Estaban llegando casi a la Puerta de la Vega.

- No mucho, parece, puesto que uno de sus secretarios es francés.

- ¿Qué me decís? - preguntó escandalizada.

- Cierto, y nadie sabe a donde, pero se dice que sale todas las noches del convento y se dirige al arrabal - responde en una confidencia.

- ¡Señor, señor! ¿Y a que parte?

- ¿Porqué queréis saberlo?

- Simple curiosidad. Ya conocéis la condición femenina - aduce.

- Cierto, lo olvidaba. Se dice que va a una mancebía situada, fijaos ni más ni menos que al lado de la casa del embajador francés.

- ¡Jesús! ¿Dónde iremos a parar?

- Nos estamos acercando a la Puerta de la Vega y aún vuestra dueña no ha aparecido - dijo el capitán.

- Ni lo ha de hacer - responde ella.

- Pero ¡aún no me habéis dicho vuestro nombre! - exclama.

- María, aunque yo tampoco sé el vuestro.

- Capitán Luis Gandara, para serviros.

Habían llegado ya a la Puerta de la Vega y la habían traspasado. El capitán empezaba a extrañarse.

- No hay casas aquí- dijo - ¿Quién sois?

- Lo siento - murmuró mientras con la daga se abría paso hasta el corazón - pero no puedo decíroslo.

El capitán dio un paso a tras mientras sacaba su espada y miraba su pecho del que manaba abundante sangre. Cayó y quedó para comidilla del día siguiente. Mientras ella limpia la daga en la ropa del muerto, toma la capa de este y se envuelve en ella apresurándose a volver hacia la posada.

Sin darse cuenta, sus pasos se dirigieron, como solía hacer, hacia la iglesia de San Gines. Entró en ella, bajo la atenta mirada de jaques y maleantes que estando allí retraídos aprovechando la oscuridad salían de su escondrijo a tomar el fresco.

Era casi de noche cuando entró en la posada por la puerta de los carros. Subió por la escalera del patio hacia su cuarto. Al llegar oyó como dentro silbaban una alegre tonada napolitana, Boromiro había llegado.

Entró ante la sorpresa del italiano que dio un salto del catre. Con la mirada llena de asombro le espetó:

- ¿Dónde demonios estabas? ¿Qué haces vestida así? Me tenías preocupado.

- No debes hacerlo, sabes que se cuidarme muy bien solita - replicó -Veo que has encontrado las botellas, así que sáltate el sermón y sírveme un vaso - dijo.

- Bien, pero ¿qué haces con esas ropas? - preguntó mientras servía el vino.

- Digamos que no eres el único que necesita de sucedáneos - respondió - De todas maneras, no me siento cómoda así que, si no te importa, podrías darte la vuelta mientras me pongo mi ropa normal.

Aún asombrado Boromiro obedece, pero la curiosidad pudo más y en un momento se dio la vuelta comprobando que ella se había vuelto también. Observa su espalda, ahora desnuda y las cicatrices que la adornan. Sin dudar deja la botella en la mesa y se acerca a ella.

Era mediodía en San Ginés, la figura de Martín de Azogue destacaba al lado de la de Don Francisco de Quevedo.

- ¿Y si no vienen? - preguntó el poeta.

- Vendrán, tranquilizaos que vendrán - respondió Azogue - ¿Veis?, aquí llegan - dijo mientras los dos se acercaban

- Buenos días caballeros - saludó Arbante - alegraos D. Francisco.

- ¿Porqué? - pregunta el poeta.

- Porque vais a tener la ocasión de pasar un par de días conmigo. Pues nuestros amigos tienen cosas importantes que hacer.

- Bien, si nos cuentas lo que has averiguado podremos actuar - dijo Azogue.

- Ahí va.

miércoles, 30 de julio de 2003

XI

- Amanece ya...

Largas horas habían pasado los tres amigos hablando, discutiendo, conociendo las nuevas que traían los otros, vencido ya por el cansancio el poeta. Varias jarras vacías, algunos huesos y pieles de embutidos daban fe de una cena tardía.

- ¿Entonces?

- Solo sabemos - bosteza el aragonés -... que no sabemos nada. Alquezar está ya más que superado, ahora el enemigo es Bocanegra.

- De sus tiempos mozos no podremos rascar nada, es la viva imagen del ascetismo.

- Algo ha de haber - dice Arbante -, nadie alcanza la posición de Bocanegra sin tener un esqueleto en el armario. Y a fe que este ha de tener varios.

- Cierto, y todos chicharrones - repone Boromiro -. Por los clavos de Cristo que odio a todos estos fariseos. Malditos príncipes de la iglesia...

- Tranquilo, napolitano. Necesitamos algo, y pronto. No podemos escondernos eternamente, y más ahora que la Garduña sabe que he vuelto a Madrid desde el convento de la Albaida.

- Bocanegra es tan inexpugnable como un cuadro de los tercios - la mirada de Arbante pierde algo de la frialdad que forma parte de su disfraz, se caldea apenas mientras deja vagar su mente -. Sólido como una torre. No podemos tomarlo al asalto.

- ¿Lo bombardeamos con artillería? - pregunta el italiano, zumbón.

- Algo más sútil, quizá. Él puede estar protegido, pero es imposible que lleve a cabo su mal trabajo solo. Sale de la Albaida como un simple estudiante y llega a Toledo colocado en los primeros peldaños de su carrera hasta la cabeza de la Inquisición. Por fuerza ha de tener secretarios, ayudantes...

- Y alguno de estos será venal, sin duda - afirma Azogue, golpeando la mesa con su puño y sobresaltando al poeta -. Ahí está. Uno de sus ayudantes tendrá relación con Francia. Un secretario francés, un antiguo compañero de la Sorbona, un enlace con la iglesia gala. ¡Ya lo tenemos, don Francisco!

El poeta despierta, busca sus lentes, refunfuña en voz baja maldiciendo los bruscos modos de las gentes de Aragón. Mientras se levanta y asea minimamente los tres amigos concretan su próxima cita. Toman los aceros, guardan pistolones y dagas, se cubren con capa y chambergo. Quizá por su edad, mayor que la de sus compañeros, quizá por su experiencia, Azogue dispone los próximos pasos del grupo como un capitán sus tropas.

- Yo me encargo ahora de don Francisco. Dos días. Para reponer nuestras fuerzas y quizá encontrar algún cabo del que tirar. En dos días en San Ginés, a media mañana. ¿Tienes donde ir, Giuseppe?

- Bueno, después de vaciar las faldriqueras de don Francisco - dice el napolitano, interrumpido por una retahíla de maldiciones el poeta - creo que puedo permitirme dos días de asueto. Aunque el alquiler de este cuarto no ha sido barato y...

- No hay problema por eso - interrumpe Arbante -, yo me encargo.

- Muy amable por vuestra parte - contesta Boromiro, con un floreo de su sombrero - "señor". Y ahora, si me disculpáis, voy a deshacerme del olor a poeta. Si me necesitáis estaré en alguna de las mancebías cercanas a la puerta del Sol.

- ¿No puedes pensar en otra cosa?

El italiano sonríe apenas con la comisura de los labios mientras se cala el chambergo. Clava sus ojos en los de la mujer, azul contra castaño.

- No te alteres, David. Aunque pálido, es un buen sucedáneo.

- Un sucedáneo, ¿de qué?

Silbando una alegre tonada milanesa, el espadachín cierra la puerta tras él.