- Amanece ya...
Largas horas habían pasado los tres amigos hablando, discutiendo, conociendo las nuevas que traían los otros, vencido ya por el cansancio el poeta. Varias jarras vacías, algunos huesos y pieles de embutidos daban fe de una cena tardía.
- ¿Entonces?
- Solo sabemos - bosteza el aragonés -... que no sabemos nada. Alquezar está ya más que superado, ahora el enemigo es Bocanegra.
- De sus tiempos mozos no podremos rascar nada, es la viva imagen del ascetismo.
- Algo ha de haber - dice Arbante -, nadie alcanza la posición de Bocanegra sin tener un esqueleto en el armario. Y a fe que este ha de tener varios.
- Cierto, y todos chicharrones - repone Boromiro -. Por los clavos de Cristo que odio a todos estos fariseos. Malditos príncipes de la iglesia...
- Tranquilo, napolitano. Necesitamos algo, y pronto. No podemos escondernos eternamente, y más ahora que la Garduña sabe que he vuelto a Madrid desde el convento de la Albaida.
- Bocanegra es tan inexpugnable como un cuadro de los tercios - la mirada de Arbante pierde algo de la frialdad que forma parte de su disfraz, se caldea apenas mientras deja vagar su mente -. Sólido como una torre. No podemos tomarlo al asalto.
- ¿Lo bombardeamos con artillería? - pregunta el italiano, zumbón.
- Algo más sútil, quizá. Él puede estar protegido, pero es imposible que lleve a cabo su mal trabajo solo. Sale de la Albaida como un simple estudiante y llega a Toledo colocado en los primeros peldaños de su carrera hasta la cabeza de la Inquisición. Por fuerza ha de tener secretarios, ayudantes...
- Y alguno de estos será venal, sin duda - afirma Azogue, golpeando la mesa con su puño y sobresaltando al poeta -. Ahí está. Uno de sus ayudantes tendrá relación con Francia. Un secretario francés, un antiguo compañero de la Sorbona, un enlace con la iglesia gala. ¡Ya lo tenemos, don Francisco!
El poeta despierta, busca sus lentes, refunfuña en voz baja maldiciendo los bruscos modos de las gentes de Aragón. Mientras se levanta y asea minimamente los tres amigos concretan su próxima cita. Toman los aceros, guardan pistolones y dagas, se cubren con capa y chambergo. Quizá por su edad, mayor que la de sus compañeros, quizá por su experiencia, Azogue dispone los próximos pasos del grupo como un capitán sus tropas.
- Yo me encargo ahora de don Francisco. Dos días. Para reponer nuestras fuerzas y quizá encontrar algún cabo del que tirar. En dos días en San Ginés, a media mañana. ¿Tienes donde ir, Giuseppe?
- Bueno, después de vaciar las faldriqueras de don Francisco - dice el napolitano, interrumpido por una retahíla de maldiciones el poeta - creo que puedo permitirme dos días de asueto. Aunque el alquiler de este cuarto no ha sido barato y...
- No hay problema por eso - interrumpe Arbante -, yo me encargo.
- Muy amable por vuestra parte - contesta Boromiro, con un floreo de su sombrero - "señor". Y ahora, si me disculpáis, voy a deshacerme del olor a poeta. Si me necesitáis estaré en alguna de las mancebías cercanas a la puerta del Sol.
- ¿No puedes pensar en otra cosa?
El italiano sonríe apenas con la comisura de los labios mientras se cala el chambergo. Clava sus ojos en los de la mujer, azul contra castaño.
- No te alteres, David. Aunque pálido, es un buen sucedáneo.
- Un sucedáneo, ¿de qué?
Silbando una alegre tonada milanesa, el espadachín cierra la puerta tras él.
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