martes, 21 de octubre de 2003

XIII

En las gradas de San Ginés Martín escuchaba abstraído las explicaciones de la Arbante. Metódica, fría, rozando la crueldad, la joven relató paso por paso sus últimas andanzas. Martín reconocía esos gestos, esos ademanes, esa mirada gélida en los ojos. Los había visto durante muchos años, reflejados en diversos espejos; eran los suyos.

Días atrás se lo había comentado al poeta mientras paladeaban un buen vino de Cariñena. Oscuro, fuerte, que se agarra mientras lo trasiegas y una vez dentro caldea el cuerpo como una buena amistad, ese era el vino más parecido al carácter del aragonés. Este le había hablado de lo mucho que se parecían su carácter y el de Arbante. El poeta, con la chufla que le caracterizaba, le había dicho,
- ¿Está segura vuestra merced de que no anduvo de caza mayor por tierras astures, Don Martín?

Cualquier otro que hubiera osado sugerir algo así se habría encontrado una media de buen acero toledando entre pecho y espalda, pero con Don Francisco era diferente. Martín torció el gesto, dejó su mirada perdida durante unos instantes... ambos se conocían de tiempo, y sabían cuando se podía bromear y cuando se hablaba en prosa. El poeta se quedó observando a su amigo, y le dijo
- ¿Otra vez con vuestros fantasmas?

Martín de Azogue sonrió mientras le servía otro vaso de vino a su amigo.
- Sabéis que nunca podré dejar de pensar en ellos... la vida ha dado muchas vueltas desde nuestro primer encuentro, ¿verdad Don Francisco? - preguntó el aragonés al tiempo que se echaba al coleto un generoso trago de tinto.

El poeta calló mientras asentía con la cabeza. Mucho tiempo, la verdad. El viejo rey Felipe el Segundo, él mismo, mancebo por las galerías de palacio, las largas tardes en la corte... la audiencia del Mariscal de Flandes, el joven que acompaña al de Farnesio... bravo, con una mirada que no dejaba indiferente, mezcla de odio y compasión, el cabello rizado recogido en una cola, vestido con traje de calidad, de estilo italiano, que seguramente habría pertenecido al Mariscal en sus tiempos mozos. Este comenzó a relatar al rey como Martín, que así se llama el joven, al mando de unos pocos compañeros había defendido hasta cuatro veces el puesto de mando español de las furiosas embestidas protestantes. El estilo narrativo del italiano, adornado, galante, nada brusco, hace que se despierten suspiros de admiración entre las gentes congregadas en la sala de armas...

- Pensáis en ella, ¿no es así? - Don Francisco rellena el vaso de su amigo, que abstraído, ha dejado de lado junto a los pellejos de chorizo.
Martín miró al poeta, no al pendenciero parlanchín que había tenido una vida cuando menos igual de interesante que la suya, si no al amigo fiel, al apoyo en tiempos difíciles, al compadre de desmanes, al confidente...

- Gracias a vuestra Pasión conseguí que me abriera el corazón. Sabéis que jamás podré volver a amar a nadie- dijo el aragonés mientras su mirada volvía a adentrarse en los recuerdos.
- Bueno, tanto como eso... - repuso el poeta mientras palmeaba la espalda del amigo. - salgamos de aquí, es raro en mi decir esto pero creo que ya hemos catado suficiente tinto por hoy, y vos necesitáis tomar un poco el fresco - dijo tirando del brazo del aragonés, que se puso en movimiento tras él.

Salieron de la taberna mientras las últimas luces del día pugnaban por alumbrar a los pocos transeúntes que aun se aventuraban por las calles del centro de la Villa y Corte. Recorrieron quedamente las calles que llevaban hasta la posada de Martín, hablando y riendo de los tiempos pasados, cuando el nombre de España era temido y respetado en todos los confines de la vieja Europa y ser soldado en los Tercios era una profesión reconocida y alabada en cualquier lugar. Si alguien se hubiera parado a contemplar la imagen que ofrecían los dos hombres, ya entrados en años, cogidos del brazo y riendo como orates mientras recitaban uno tras otro nombres ininteligibles para los muy castos oídos de la época, no habría dudado en llamar a los corchetes o incluso al Santo Oficio. Después de dar un largo paseo evitando las miradas curiosas, precaución que desde hacía mucho había adquirido Martín de Azogue, llegaron a la posada. Allí, Alfonso, el posadero de Paniza, le esperaba con gesto serio. Martín en seguida se dio cuenta de que algo no marchaba bien, y Don Francisco supo que ese algo sucedía en las tierras del aragonés en cuanto vio el sello de la carta que el posadero le entregó a su amigo; un can con tres patas. Era el mismo sello que Martín llevaba prendido de una cadena alrededor del cuello.

Entraron los dos en la habitación del de Azogue, una estancia de dos cuerpos en donde se guardaban todas las pertenencias de este en Madrid. En cuanto acabó de leer la carta, Martín se la alcanzó al poeta. Era del hijo de Martín, informando a su padre de las oscuras visitas que habían tenido lugar en su casa solariega. Tanto él como su hermana estaban a salvo en casa de su suegro, y Matías, su tío, se había encargado de dar caza a los merodeadores.

- ¿Qué vais a hacer, compañero? - le preguntó de Quevedo mientras le devolvía la carta. Sabía que los hijos de Martín no escribirían a su padre si no fuera por una causa mayor. Y también sabía que quien hubiese actuado así contra la familia del de Azogue había cometido un grave error.
Martín miró a su amigo y sonrió. Levemente, pero, el trazo de esa sonrisa era cruel. Mucho.
- De momento, mañana acudiremos a la cita con nuestros camaradas. Bajo la protección de Montesa no he de temer por mis hijos. Y como bien sabéis, no me ata ningún aprecio especial por la tierra que me quitó a lo que más amaba en esta vida. Pero una vez acabado este embrollo, y antes de partir a Francia, alguien va a pagar por lo que ha hecho, y un precio muy alto.





- ¡Martín! - la voz del italiano le devolvió a la realidad. Tres pares de ojos le están observando, quizá esperando que diera su opinión. Se mesó el mostacho con la mano izquierda mientras entrecerraba más aun sus ojos gris plomo.
- Será esta noche. Dos personas, Boromiro y yo. Mientras, Don Francisco y vos preparad lo necesario para un asalto. Si pensais que es necesario, id donde Alfonso el de Paniza, en las Eras, y decidle que el de Azogue requiere sangre baturra.
El napolitano sonrío frívolo mientras se calaba el chapeo. No necesita de más explicaciones, sabe que en unas horas el asunto estará más cerca del final.

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