miércoles, 3 de diciembre de 2003

XIV

- ¿Cómo siempre, dónde siempre? - preguntó Arbante mirando al de Azogue. Eran soldado y, tanto Boromiro como ella, aceptaban de buen grado la autoridad de Martín.
- Sí, ¿habrá tiempo suficiente? - respondió.
- Dalo por hecho. Don Francisco, nos vamos.

Dejaron a los dos hombres en San Ginés. Iban de asalto aquella noche y a ellos correspondía prepararlo todo.

- Mal te veo - le dijo el poeta mientras caminaban hacia la posada donde vivía Arbante.
- Hace mucho que estamos mal - respondió sin mirarle.
- Nos conocemos hace mucho, ¿qué pasó con aquella niña alegre y curiosa que conocí?

Mira al poeta y a su mente regresan recuerdos, quizá de tiempos mejores. Lentamente responde:

- La mataron, Don Francisco, la mataron sin dejarla crecer - y un deje de amargura sonó en su voz.
- Sé que el de Uceda no es recomendable, pero ¿por qué no?
- ¡No jodáis, Don Francisco! - exclamó mirándole furiosa - No fui yo la que decidió no casarse con el de Uceda. Como siempre lo que hice fue obedecer a mi padre. Era él el que no quería unir su apellido al de Uceda. Él se inventó todo esto - le expetó mientras entraban en la posada.

El posadero le lanzó una mirad de reprobación, demasiado movimiento en su taberna, eso no le gustaba.

- ¿A qué venimos aquí? - preguntó el poeta mientras subían al cuarto.
- Ya habéis oído a Martín. Se prepara un asalto, debemos recoger ciertas cosas que guardo y después iremos a ver a su viejo amigo aragonés.
- ¿Por qué padre? Podría serlo, por la edad, pero no creo que andase de visita por tierras castellanas - inquirió sujetándose los lentes.

Mientras hablaban habían entrado en el cuarto de Arbante y ésta se había despojado de capa y chapeo.

- Don Francisco - dijo sin contestar, plantándose delante de él, fría y peligrosa como era -larga y curtida es nuestra amistad, permitidme pues que os haga una pregunta - una inclinación de cabeza del poeta la hizo seguir - Siendo conocida vuestra aversión a las mujeres, ¿por qué me honráis con vuestra amistad? Mas sabiendo lo que todos nos jugamos.
- ¿Qué quieres decir? - preguntó éste al que la pregunta había pillado desprevenido.
- Vamos, si nuestro amigo Bocanegra llegase a pillarme, haría un bonito chicharrón conmigo en un Auto de Fe en la Plaza Mayor. Conmigo y con aquellos que me hubieran ayudado u ocultado. Y, ¡pardiez que a todos nos tiene ganas!
- Si he de serte sincero, no lo sé - reflexionó - quizá me impresionase aquella muchachita de 16 años que en lugar de preguntar por sedas y brocados, preguntó por libros y políticas - dijo - Y quizá me impresionó más unos años después cuando lucho hombro con hombro a mi lado para igualar una pelea.
- ¿Entendéis por que le llamé padre? - Inquirió.
- Sí, ahora comprendo.
- Bien, pues vámonos, debemos llegar a nuestra reunión con el trabajo hecho - añadió requiriendo capa y chapeo.

Salieron del cuarto llevando ambos unas alforjas. El posadero volvió a mirar inquisitorial, pero cortó su mirada con un gesto.

Encaminaron sus pasos a la calle de la Era, a la posada del de Paniza, dónde debían aparecer Boromiro y el de Azogue. Hablaron con el aragonés para avisarle de la posible necesidad de sangre baturra por parte de Martín y se sentaron en una mesa a esperar. Para acompañar, pidieron unos Valdemoros y en silencio comenzaron a beber.

El poeta conocía muy bien los silencios de la mujer. La miró estudiándola. Era demasiado joven para los años que representaba y demasiado mayor para la edad que tenía. Conservaba parte de la belleza que él le recordaba de sus 16 años.

"Con 18 abriles" - se dijo "rodeada de las sedas, brocados y adornos propios de su condición y rango, hubiera partido no pocos corazones. Figurada o literalmente hablando, por ella o por todos aquellos lindos y pisaverdes que hubiera tenido alrededor de haber sido otra su vida."

Ella no le miraba, estaba absorta en su pocillo de vino. Recordó él la primera vez que la viera en casa de su padre de quien se preciaba ser amigo, aquella muchacha risueña que cuando le vio, preguntó con total desparpajo noticias de la Corte. Cuando fue a responderlas sobre los últimos chismes y cotilleos, le cortó malhumorada, respondiendo que esas no eran las noticias que a ella le interesaban.

Recordó después como, había luchado junto a él espada en mano cuando ya era David.

Había mentido, sí que sabía porqué gustaba de su amistad, reconocía que era la única, pero su inteligencia y después su espada habíanle impresionado. Los ojos de la mujer se clavaron en él.

- Ya que has apellidado a la amistad - dijo - gracias por la ayuda.
- ¿En verdad, Don Francisco, creéis que es sólo vuestra amistad lo que nos mueve a este enredo? - preguntó. Dejó el poeta su pocillo, asombrado ante la pregunta y devolvió la mirada a la mujer pensando que, a lo mejor no deseaba conocer la respuesta.
- ¿Qué si no?
- No os incomodéis, amigo. Pero vos solo habéis sido la excusa.
- ¿Cómo?
- Miradnos, somos gente de armas, no sabemos vivir en paz. No hemos aprendido otra cosa desde pequeños. Fijaos, si no en lo que hemos andado haciendo desde que nos licenciamos. Boromiro, de correo por el camino español con Spinola. Martín, ayudando a su padre con el justicia mayor, si no hubiera necesidad de acero, no le hubiera pedido ayuda y yo, ayudando a mi hermano en querellas de tierras. Idem. Nos habéis dado excusa para poder volver a unirnos y luchar juntos. Llevábamos sólo un mes por aquí y mirad la que hemos armado - respondió volviendo a beber y haciendo una muda seña al poeta, unos individuos no muy deseables habían entrado en la posada.
- Vaya, pensé…
- No penséis, lo hacemos por vos. Pero también por nosotros.
- ¿Por qué lo haces tú? Como dijiste antes si te cogen harán chicharrón.
- Cierto, pero ya que no me dejaron escoger como vivir, escogeré como morir. Y no es la hoguera precisamente lo que tengo pensado. Ni para mi ni para mis amigos - respondió sin levantar la vista del vino.
- Y ya que estamos hablando de amigos - dijo el poeta dándose cuenta de que los que estaban al lado estaban demasiado pendientes - ¿Qué hay entre tú y Nápoles?
- Don Francisco, un hidalgo no cuenta esas cosas - dijo con una mueca irónica.

Justo cuando pronunciaba estas palabras, Azogue y Boromiro aparecieron en la taberna dirigiéndose a ellos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario