miércoles, 1 de octubre de 2003

XII

Arbante se queda mirando esa misma puerta, moviendo la cabeza.

- ¿Se puede saber que ha querido decir con....? - comienza a preguntar el poeta mientras Azogue le corta con un gesto de su mano y se acerca a ella posando ambas manos sobre sus hombros. Como un padre con su hijo.

- No lo pienses más, Dunia. - Era el único que la llamaba por su nombre cuando no había peligro. - Sería igual si, en lugar de capa y espada, vistieras sedas y brocados. Y tú lo sabes - dijo.

- Lo sé, padre, lo sé - respondió ella palmeando la mano que él había puesto en su hombro y dándose cuenta que había pronunciado una palabra que no pronunciaba desde que tenía cinco años.

- ¿Qué has dicho? - preguntó asombrado Azogue.

- Lo que sentía - responde con una dulce sonrisa. Sonrisa que nadie había visto en muchos años. - Pero no por sabido deja de ser duro.

- Nadie dijo que la vida fuera fácil - replica Azogue.

- Nadie dijo que para nosotros hubiera de ser tan dura - suspira. Mas su mirada vuelve a enfriarse, a endurecerse. Vuelve el soldado, respira hondo antes de decir - Bien, tiraré de algunos cabos, quizá cuando dentro de dos días nos veamos en San Ginés tenga algo que contaros.

- ¿Estás bien? - pregunta Azogue.

- Todo lo bien que puedo, Martín, todo lo bien que puedo - y respondiendo esto, sale por la puerta.

Sale a la calle y se dirige hacia la Posada del Dragón, donde tiene un cuarto al que llama hogar. En el camino compra un par de botellas de vino.

Al llegar a la posada sube, sin siquiera saludar, a su cuarto, donde se despoja de chapeo y capa. Mira a su alrededor, y lo que ve le recuerda lo que es. Un mísero cuarto con dos jergones, un armario, dos sillas, una mesa y una estantería en la que apila unos manoseados libros: las dos partes del Quijote y varias obras de Lope y de su amigo Quevedo. Todo limpio, todo en orden.

Se sienta en una silla mirando por la mísera ventana que da a la calle y contempla como asciende el sol mientras los vasos de vino van sucediéndose. No está sola, pues los fantasmas vuelven a acompañarla.

Entre trago y trago maldice su suerte, maldice la hipocresía de una época que la obliga a ser algo que no es. Maldice a sus fantasmas que le recuerdan que su vida no vale nada. Y maldice al italiano por recordarla que, a pesar de todo, de todos sus esfuerzos, de todo lo pasado, es humana y tiene sentimientos.

Azogue tiene razón, son soldados y hombres y no cambiaría mucho si vistiera ricas sedas. Lo sabía, ella también había jugado a ese juego para salir adelante. Y el vino seguía corriendo.

Martín, le había llamado padre y en verdad lo sentía así. Se había comportado con ella como su propio padre jamás lo había hecho. Maldice a su padre y se maldice ella misma por ser tan estúpida. Recuerda las palabras de Azogue: “Beber no es la solución, créeme”. Deja el vaso sobre la mesa y se levanta de la silla. Se despoja de la camisa y se dirige a un rincón. Refresca su cara en una jofaina que hay allí depositada. Debe cumplir su parte, sabe exactamente como tirar del cabo y sabe donde está el cabo.

Abre el armario y saca unas vestiduras, propias de su condición de mujer. No lo había usado nunca, pues se suponía que serían el vestido con el que recibiría al que sería su esposo el día que éste pidiera su mano. Pero aquel día no había llegado nunca y ese era un buen momento para comprobar que tal parecía vestida de mujer.

Se viste, con aquel vestido azul que ciñe su cuerpo, aún no ha olvidado como hacerlo, a pesar de los años. Adorna su pelo con una cinta del mismo color y en su cuello pone una cinta de la que pende un corazón, regalo de aquel que fuera su enamorado. Sale del cuarto, bajando las escaleras a la posada.

- ¿Quién es? Y ¿cómo ha entrado es ese cuarto? - pregunta con sorpresa el posadero.

- Preguntad a David - responde sonriendo mientras sale. No ha sido reconocida.

Sabía que familiares del Santo Oficio se iban a reunir en la Plaza Mayor, y a ella se dirigió. Provista de su daga, para evitar complicaciones, sortea los quiebros de valentones que, en otro momento hubieran acabado en el infierno. La tarde va muriendo y debe apresurarse.

Llega a la Plaza, conoce de vista a uno de los capitanes y hacia él se dirige.

- Disculpadme - dice - pero no es muy recomendable que una dama pasee sola por estos lares - unos ojos curiosos contemplan a la mujer.

- Estoy buscando a mi dueña - replica - ¿no habréis visto a una mujer mayor vestida toda de negro y con una cara muy severa? - mientras formula la pregunta, despliega con gracia un abanico que cubre su cara, a excepción de sus ojos. Ojos que lanzan una mirada de complicidad al capitán.

- No, no la he visto - sonríe complacido.

- Decidme, ¿sois por ventura, uno de esos valientes hombres que luchan contra los impíos y los herejes que nos rodean?

- Sí, mi señora - responde cada vez más ufano.

- No sabéis la admiración que me causáis, caballero. Debe ser todo un orgullo servir bajo las ordenes del santo Fray Emilio Bocanegra, que Dios guarde - dijo mientras iniciaba un paseo, acompañado de una mirada al capitán para que la siguiera.

- Lo es. Realmente sois hermosa, señora. ¿No teméis que os pueda pasar algo?

- Y vos sois un adulador, mas no. Nada temo, y ¡menos ahora que me acompaña tan apuesto y aguerrido soldado!

- ¿Qué os ha traído por aquí? - pregunta.

- Simplemente, pasear - responde mientras dirige sus pasos hacia la salida de la Plaza.

- Tarde es para un paseo. La noche ya está cayendo y deberíais volver a vuestra casa - dijo mirando alrededor - no veo a vuestra dueña.

- A fe que con esta compañía no la necesito, ¿no creéis? - y una mirada pícara apareció tras el abanico que no había dejado de ocultar el rostro.

- No, ciertamente no la necesitáis. Decidme, ¿abría alguna posibilidad de disfrutar esta noche de vuestra compañía? Quiero decir, la tarde muere y vos estáis lejos de casa, por lo que puedo intuir.

- ¿Me estáis haciendo algún tipo de proposición? - el capitán asiente con la cabeza - Bien, sabed que acepto.

Mientras andaban el joven capitán no deja de bendecir su suerte por haber encontrado a semejante mujer. Comienza el galanteo y pensando en obtener algo más aquella noche.

- Volviendo a vos ¿es cierto que el santo Bocanegra estudió en Francia?

- Cierto es.

- ¡Pobre, que mal lo debió pasar! - exclamo.

Estaban llegando casi a la Puerta de la Vega.

- No mucho, parece, puesto que uno de sus secretarios es francés.

- ¿Qué me decís? - preguntó escandalizada.

- Cierto, y nadie sabe a donde, pero se dice que sale todas las noches del convento y se dirige al arrabal - responde en una confidencia.

- ¡Señor, señor! ¿Y a que parte?

- ¿Porqué queréis saberlo?

- Simple curiosidad. Ya conocéis la condición femenina - aduce.

- Cierto, lo olvidaba. Se dice que va a una mancebía situada, fijaos ni más ni menos que al lado de la casa del embajador francés.

- ¡Jesús! ¿Dónde iremos a parar?

- Nos estamos acercando a la Puerta de la Vega y aún vuestra dueña no ha aparecido - dijo el capitán.

- Ni lo ha de hacer - responde ella.

- Pero ¡aún no me habéis dicho vuestro nombre! - exclama.

- María, aunque yo tampoco sé el vuestro.

- Capitán Luis Gandara, para serviros.

Habían llegado ya a la Puerta de la Vega y la habían traspasado. El capitán empezaba a extrañarse.

- No hay casas aquí- dijo - ¿Quién sois?

- Lo siento - murmuró mientras con la daga se abría paso hasta el corazón - pero no puedo decíroslo.

El capitán dio un paso a tras mientras sacaba su espada y miraba su pecho del que manaba abundante sangre. Cayó y quedó para comidilla del día siguiente. Mientras ella limpia la daga en la ropa del muerto, toma la capa de este y se envuelve en ella apresurándose a volver hacia la posada.

Sin darse cuenta, sus pasos se dirigieron, como solía hacer, hacia la iglesia de San Gines. Entró en ella, bajo la atenta mirada de jaques y maleantes que estando allí retraídos aprovechando la oscuridad salían de su escondrijo a tomar el fresco.

Era casi de noche cuando entró en la posada por la puerta de los carros. Subió por la escalera del patio hacia su cuarto. Al llegar oyó como dentro silbaban una alegre tonada napolitana, Boromiro había llegado.

Entró ante la sorpresa del italiano que dio un salto del catre. Con la mirada llena de asombro le espetó:

- ¿Dónde demonios estabas? ¿Qué haces vestida así? Me tenías preocupado.

- No debes hacerlo, sabes que se cuidarme muy bien solita - replicó -Veo que has encontrado las botellas, así que sáltate el sermón y sírveme un vaso - dijo.

- Bien, pero ¿qué haces con esas ropas? - preguntó mientras servía el vino.

- Digamos que no eres el único que necesita de sucedáneos - respondió - De todas maneras, no me siento cómoda así que, si no te importa, podrías darte la vuelta mientras me pongo mi ropa normal.

Aún asombrado Boromiro obedece, pero la curiosidad pudo más y en un momento se dio la vuelta comprobando que ella se había vuelto también. Observa su espalda, ahora desnuda y las cicatrices que la adornan. Sin dudar deja la botella en la mesa y se acerca a ella.

Era mediodía en San Ginés, la figura de Martín de Azogue destacaba al lado de la de Don Francisco de Quevedo.

- ¿Y si no vienen? - preguntó el poeta.

- Vendrán, tranquilizaos que vendrán - respondió Azogue - ¿Veis?, aquí llegan - dijo mientras los dos se acercaban

- Buenos días caballeros - saludó Arbante - alegraos D. Francisco.

- ¿Porqué? - pregunta el poeta.

- Porque vais a tener la ocasión de pasar un par de días conmigo. Pues nuestros amigos tienen cosas importantes que hacer.

- Bien, si nos cuentas lo que has averiguado podremos actuar - dijo Azogue.

- Ahí va.

miércoles, 30 de julio de 2003

XI

- Amanece ya...

Largas horas habían pasado los tres amigos hablando, discutiendo, conociendo las nuevas que traían los otros, vencido ya por el cansancio el poeta. Varias jarras vacías, algunos huesos y pieles de embutidos daban fe de una cena tardía.

- ¿Entonces?

- Solo sabemos - bosteza el aragonés -... que no sabemos nada. Alquezar está ya más que superado, ahora el enemigo es Bocanegra.

- De sus tiempos mozos no podremos rascar nada, es la viva imagen del ascetismo.

- Algo ha de haber - dice Arbante -, nadie alcanza la posición de Bocanegra sin tener un esqueleto en el armario. Y a fe que este ha de tener varios.

- Cierto, y todos chicharrones - repone Boromiro -. Por los clavos de Cristo que odio a todos estos fariseos. Malditos príncipes de la iglesia...

- Tranquilo, napolitano. Necesitamos algo, y pronto. No podemos escondernos eternamente, y más ahora que la Garduña sabe que he vuelto a Madrid desde el convento de la Albaida.

- Bocanegra es tan inexpugnable como un cuadro de los tercios - la mirada de Arbante pierde algo de la frialdad que forma parte de su disfraz, se caldea apenas mientras deja vagar su mente -. Sólido como una torre. No podemos tomarlo al asalto.

- ¿Lo bombardeamos con artillería? - pregunta el italiano, zumbón.

- Algo más sútil, quizá. Él puede estar protegido, pero es imposible que lleve a cabo su mal trabajo solo. Sale de la Albaida como un simple estudiante y llega a Toledo colocado en los primeros peldaños de su carrera hasta la cabeza de la Inquisición. Por fuerza ha de tener secretarios, ayudantes...

- Y alguno de estos será venal, sin duda - afirma Azogue, golpeando la mesa con su puño y sobresaltando al poeta -. Ahí está. Uno de sus ayudantes tendrá relación con Francia. Un secretario francés, un antiguo compañero de la Sorbona, un enlace con la iglesia gala. ¡Ya lo tenemos, don Francisco!

El poeta despierta, busca sus lentes, refunfuña en voz baja maldiciendo los bruscos modos de las gentes de Aragón. Mientras se levanta y asea minimamente los tres amigos concretan su próxima cita. Toman los aceros, guardan pistolones y dagas, se cubren con capa y chambergo. Quizá por su edad, mayor que la de sus compañeros, quizá por su experiencia, Azogue dispone los próximos pasos del grupo como un capitán sus tropas.

- Yo me encargo ahora de don Francisco. Dos días. Para reponer nuestras fuerzas y quizá encontrar algún cabo del que tirar. En dos días en San Ginés, a media mañana. ¿Tienes donde ir, Giuseppe?

- Bueno, después de vaciar las faldriqueras de don Francisco - dice el napolitano, interrumpido por una retahíla de maldiciones el poeta - creo que puedo permitirme dos días de asueto. Aunque el alquiler de este cuarto no ha sido barato y...

- No hay problema por eso - interrumpe Arbante -, yo me encargo.

- Muy amable por vuestra parte - contesta Boromiro, con un floreo de su sombrero - "señor". Y ahora, si me disculpáis, voy a deshacerme del olor a poeta. Si me necesitáis estaré en alguna de las mancebías cercanas a la puerta del Sol.

- ¿No puedes pensar en otra cosa?

El italiano sonríe apenas con la comisura de los labios mientras se cala el chambergo. Clava sus ojos en los de la mujer, azul contra castaño.

- No te alteres, David. Aunque pálido, es un buen sucedáneo.

- Un sucedáneo, ¿de qué?

Silbando una alegre tonada milanesa, el espadachín cierra la puerta tras él.

martes, 1 de julio de 2003

X

La esbelta figura del Micalet se alzaba orgullosa en la plaza, desafiando a los viajeros que se adentraban en el jueves bullicioso de Valencia. Imágenes de tiempos más felices pasaron por la mente de Martín de Azogue al dejar a su derecha la iglesia de Santa Catalina, la más antigua de la ciudad. Una nube cubrió su rostro, pero la voz del Caballero de Montesa le sacó de sus pensamientos.

- Deja de torturarte con fantasmas del pasado, hermano, y acerquémonos a la Plaza de la Virgen. Confío en ver al Gran Maestre después de la sesión del Tribunal.

- Si, tienes razón - contestó Martín mientras palmeaba la espalda de Matías de Azogue, su hermano pequeño - pero no había vuelto acá desde que me desposé con Carmesina, y… ¡son tantas cosas! - respiró hondo recordando a su difunta esposa, muerta al nacer su hija - ¡Pero adelante! Hablaremos con quien te parezca, si al final conseguimos ese maldito permiso.

- Si no te importa y puedes controlarte, preferiría que no usaras ese lenguaje patibulario cuando estemos frente a Don Pedro. El Gran Maestre es un hombre profundamente religioso - le recriminó su hermano mientras se abría paso por entre el gentío que se agolpaba esperando que dieran las doce. En ese momento salieron los Jueces y ocuparon sus escaños en la Porta, uno por cada acequia de Valencia. El Tribunal de les Aigües estaba constituido y el aguacil comenzaba a recitar su diatriba. La sesión prometía estar animada puesto que la Hermandad de Labradores de Gandia había presentado una denuncia contra La Orden de Montesa. Y había ido a defender los intereses de Montesa ni más ni menos que el Gran Maestre de la Orden, Don Pedro Guillén.

Martín observó divertido la sesión, los comentarios de la gente, la parafernalia invariable del Tribunal, herencia antigua de los que hasta hacía poco eran los amos de Valencia. Don Pedro era un hueso duro, y los de Gandia lo sabían. Al final, Montesa salió victoriosa, los labradores marcharon cabizbajos, sabedores de que contra el fallo no cabía apelación, ni siquiera al Rey. Pero ya bajaba los peldaños de la Porta el Gran Maestre y allá estaba Matías, aguardando como buen soldado.

- ¡Don Matías de Azogue! ¡Qué sorpresa! - exclamó Don Pedro alargando la mano, que Matías besó con reverencia. - ¿Qué os trae por Valencia? ¿Acaso no marchan bien las cosas por el Capítulo?

- Los asuntos en el Norte van como la seda, Maestre - respondió Matías mientras que ayudaba a bajar el último escalón a Don Pedro - Es otra la cuestión que me trae a su presencia, Maestre. - siguió mientras se acercaban donde les esperaba Martín - Permitid que os presente a mi hermano Martín.

- ¡Vaya, vaya! - dijo Don Pedro con un deje de curiosidad - ¿Así qué vos sois el famoso Don Martín, azote de calvinistas en nuestra Muy Católica Hermana Francia? - el Gran Maestre le ofreció la mano y Martín se la apretó con vigor, sin hacer caso del gesto de desaprobación de su hermano - Vuestro hermano nos ha tenido al corriente de vuestras andanzas en La Rochela. Bien, vayamos dando un paseo mientras me contáis el motivo de vuestra visita - dijo el Gran Maestre mientras tomaba del brazo a Martín.

Caminaron pues durante un tiempo los tres por las estrechas calles llenas de gente que iba y venía, sorteando mendigos, excrementos, figones y tabernas en aquella Valencia que había perdido hacía poco a algunos de sus más queridos hijos por una expulsión injusta, que motivaría hambruna y malquerencias entre los que quedaban, por no hablar de los focos de resistencia que todavía se podían encontrar en las montañas del interior. Los moriscos no eran un pueblo guerrero, pero amaban la tierra que trabajaban.

- Así pues decidme Don Martín, ¿qué es lo que pensáis encontrar en el convento de Albaida? - preguntó Don Pedro mientras se mesaba el mostacho - No es mi intención el desanimaros, pero no creo que nada de lo que haya en aquellos legajos os pueda hacer el más mínimo servicio.

- No os apuréis Don Pedro, el desánimo ya hace tiempo que anidó en mi y unas palabras más o menos no podrán mudar mi voluntad - respondió brusco Martín, mientras notaba como la desesperación crecía en su hermano - pero confío en sacar algo de provecho de mi estadía allá, si su Excelencia tiene a bien el concederme el consabido permiso.

El Gran Maestre rió con ganas al ver la respuesta de Martín y el consiguiente rostro de su auxiliar

- ¡Pardiez con los aragoneses! - exclamó después de una risotada - Sois francos y directos las más de las veces, pero si os proponéis el ser crípticos, en nada os envidiaría el mismísimo sultán de Constantinopla. Escuchad ahora lo que tengo que deciros. Tenéis el permiso de la Orden de Montesa para alojaros durante una semana en el convento de Albaida y dispendio para moveros a vuestras anchas por todo el recinto. No alcanzo a ver el motivo de vuestra búsqueda, pero confío en el buen hacer de mi Auxiliar de Campo, vuestro hermano, que por supuesto os dará escolta y cuidará de que no entréis en disputa con los hermanos dominicos que allá se encuentran recogidos.

Martín se detuvo por un momento y miró el rostro afable del Gran Maestre. Allá, en medio de la Plaza del Carmen, con siglos de historia rodeándolos tuvo Martín la certeza de que aún quedaba alguna esperanza para aquella España moribunda y cainita. Le ofreció su mano, la cual Don Pedro estrechó con camaradería, y dijo

- Gracias Don Pedro. No olvidaré lo que hoy habéis hecho por mí y mi causa.

Don Pedro Guillen sonrió y comenzó a adentrarse en la magnífica entrada del Convento del Carmen. Mientras rebasaba la puerta, se giró y vio como los dos hermanos se alejaban al paso. Se volvió a mesar el bigote y dijo para sí

- Llevad cuidado con lo que averiguáis, no quiera Dios que os disguste lo que en los libros encontréis.

Andaban cabalgando desde el amanecer, cuando salieran por la Porta de Quart. No habían tenido ningún problema durante el camino, ya que a los dos hermanos había que sumar una dotación de diez soldados de Montesa. Decidieron hacer noche en Xàtiva, donde la Orden tenía sede, y reanudar camino por la mañana para llegar a Albaida al caer la tarde del día siguiente. Después de asearse y cenar algo ligero, los dos hermanos salieron a pasear por la ciudad vieja.

- Llevamos varios días juntos y todavía no me has contado el motivo de tu búsqueda. ¿Qué es lo que te ha ocurrido en la Corte para que quieras entrar a toda costa en “El Avispero”? - preguntó Matías a su hermano. Cierto era que estimaba a su hermano y que envidiaba muchas de las cosas que había hecho en su vida, pero el entrar de lleno en un lugar como el convento de Albaida... No en vano de allí salían la mayoría de los más fanáticos inquisidores del Reino. No, no era plato de gusto.

- Cuanto menos sepas mejor para ti - contestó áspero Martín, mientras miraba a su hermano.

- Deja de protegerme Martín, ya no lo necesito - protestó Matías mientras se echaba la diestra sobre la empuñadura de su espada - además de ocuparme de la educación de tus hijos he hecho otras cosas no tan edificantes.

Martín acusó el golpe. Sabía lo mucho que le debía a su hermano pequeño y lo importante que había sido el tenerlo para cuidar de sus vástagos. Sonrió y posó la mano sobre el hombro de Matías.

- No querría que me demostraras lo mucho que has mejorado en tu esgrima, y además no creo que fuera una lucha igual, ya que tu pobre hermano está ya más cerca de empuñar la lira celestial que de repartir mandobles en noche cerrada.

Esta vez fue Matías quien sonrió, pues si de algo estaba seguro era de que su hermano no había pedido ni un ápice de destreza con la toledana.

- Entonces me contarás que es lo que andas buscando.

Martín suspiró y mirando al cielo, donde se recortaba la majestuosa figura del Castillo contra la luna, dijo.

- Bien, sabrás que padre tuvo problemas con el Justicia hace un tiempo. - Matías asintió - pues bien, por pesquisas mías llegué a enterarme que había alguien detrás del asunto. Oscuros intereses movían a ese personaje amen de rencillas familiares con los nuestros.

- Ya se que Alquézar quería tomar posesión de las tierras que la familia posee en Molina, pero... ¿Qué tiene que ver eso con viajar hasta Albaida?

- Molina es la entrada de Aragón, y es lo que buscaba ese personaje, que no es Alquézar. Más bien este hace de perro de presa para él y su siniestra trama.

El rostro de Matías palideció por un instante. Imágenes de los últimos años se agolpaban en su mente y tomaban orden lógico. Celadas en las calles de Zaragoza organizadas por bravucones desconocidos, saqueos de ventas y masías, y sobre todo la presencia de un dominico en la última sesión del pleito, donde su padre se había alzado victorioso frente al Justicia Mayor. Un nombre le vino a los labios, y tuvo que escupirlo con saña.

- ¡Bocanegra!

Martín sonrió, después de todo su hermano no había perdido el olfato durante los años de relajo en la Orden.

El cuarto día en el convento Matías vislumbraba ya el peligro de prolongar su estancia junto a los hermanos dominicos. Grande había sido el revuelo que se había formado con la llegada de los monjes guerreros, y aunque el Prior tuvo que acceder a darles cobijo, pues así venía signado desde València, no paró de atosigarlos a preguntas durante su primer día. Matías tenía doble trabajo, por una parte frenar las constantes pesquisas de los dominicos y por otra el rápido temperamento de su hermano, el cual penetró en la biblioteca como San Pedro en el Cielo, la cual cosa no gustó nada a los frailes que allá se encontraban estudiando. Cada día tenía Matías que aguantar cuitas de unos y de otros por el hosco carácter del “profano”, como llamaban a Martín. Y mientras, Martín ojeaba legajo tras legajo, buscando algo que inculpara al maldito Bocanegra, que el diablo se lo lleve bien lejos.

- ¡Cuatro días encerrados entre estos muros y parece que no aun has encontrado nada! - comentó Matías a su hermano cuando se reunieron para cenar. Desde que habían llegado había exigido que ellos dos y sus hombres cenaran aparte, en una sala aneja a la Capitular.

- Cierto es que la búsqueda no va tan rápida como quisiera, pero hay avances - respondió Martín mientras daba un gran bocado al capón que les habían servido - como sabes, a este convento vienen hijos de todas las Españas para que se les instruya en la fe de la Santa Madre Iglesia. Nuestro siniestro compañero también hizo ese viaje, hace ya tiempo. Encontré sus reseñas registrada en el Libro Mayor del Convento.

- ¡Has rebuscado en el Libro Mayor! - exclamó Matías golpeando con el pocillo de vino la mesa - no creo que el Prior haya accedido de buen grado a dejar que hurgues en sus secretos -

- Bueno, en realidad el Prior nada sabe de esto - respondió con sorna Martín mientras echaba un trago de vino - como bien me dijo una vez un buen amigo, “poderoso caballero es Don Dinero”. Y a fe que es verdad, puedes preguntarle al cillero.

- Bien, dejémonos de poética ahora - replicó Matías mientras hacía un gesto a sus hombres para que buscaran al tal cillero. Nunca se podía saber donde aguardaba el peligro, y no estaba demás estar preparado, tanto más si uno estaba sentado encima de él. - Dime entonces que has averiguado.

- Fray Emilio destacó como novicio por su furibunda cristiandad. Dejaba en evidencia constantemente a sus mentores, lo cual no agradó a sus superiores, que decidieron sacárselo de encima - prosiguió Martín.

- ¡No querían que les agitara el Avispero! - rió su hermano. - ¿Y donde lo enviaron pues?

Martín pareció dudar un momento antes de proseguir. Todavía no tenía del todo claro el asunto, y por descontado que no podría esclarecerlo antes de que venciera el plazo.

- Fue enviado a París, donde estudió Teología en La Sorbona. Aquí se pierde la pista y espero que en los días que quedan pueda averiguar algo más.

Calló y se levantó de la mesa. Su hermano organizó los quehaceres del día siguiente entre sus hombres y, cuando estuvieron a solas se acercó a Martín.

- Bien, ahora que estamos los dos solos, ¿me vas a contar qué es lo que te has guardado para ti?

Martín suspiró mientras miraba a su hermano. Había medrado en la Orden hasta llegar a ser Auxiliar de Campo del Gran Maestre. Él también se jugaba mucho si Bocanegra y la Garduña descubrieran su jugada.

- No creo que en París fray Emilio cultivara muchas amistades, hombre como era poco dado al vicio. Pero si en esa época en aquella ciudad había alguien tan fanático o más que él, ese era sin duda Alphonse Du Plessis, Obispo de Luçon. No encontré pruebas que los vinculen, aun no he tenido acceso a la correspondencia entre Bocanegra y el Prior del Avispero, pero no has de olvidar que estuve al servicio del Cardenal, su hermano, durante dos años.

El rostro de Matías se ensombreció al oír las últimas palabras. Ahora comprendía la gravedad del asunto en lo que refería a su hermano, y por ende a él, ya que lo había encubierto. El Obispo de Luçon había sido el instigador de muchas intrigas en Francia, y tenía muchos protegidos de renombre, entre los que se encontraba el suegro de Martín. Y cuando murió, el testigo de sus turbios asuntos pasó a manos de su hermano pequeño, Armand, que ahora regía en la sombra los destinos de Francia bajo el capelo cardenalicio.

Matías advirtió la tristeza de su hermano por haberlo atraído hasta esta empresa. Se enfrentaban a una batalla perdida. Si conseguían derribar a Bocanegra, este en su caída los arrastraría. Y si por el contrario el fraile se salía con la suya dudaba mucho que ni el hábito de Montesa le salvara de las garras de la Inquisición.

Un golpe sordo se escucho en la puerta de la sala y apareció uno de los monjes de Montesa. Cruzó unas palabras con Matías y después, diligentemente, se retiró. Martín miró con curiosidad a su hermano, esperando las nuevas.

- Mis hombres han interceptado un correo dirigido al Prior procedente de Almansa. Parece ser que al cillero le gustaba hablar más de la cuenta cuando tenía cuartos para gastar en vino - dijo Matías mientras mostraba el pergamino que le había entregado el soldado.

Martín leyó en silencio. Según decía, los hombres de La Garduña habían salido de allí con las primeras sombras de la tarde y se proponían ganar el convento al llegar el alba. Había que actuar con premura. Miró a su hermano, que ya se estaba ciñendo la espada y ajustando las espuelas.

- Faltan pocas horas para el alba. ¿Tienes pensada una salida para este embrollo?

Su hermano sonrió mientras ambos atravesaban las salas del convento en dirección a la portería, donde ya les aguardaban sus hombres. Al salir al claustro exterior, una figura se interpuso entre ambos. El acero brillaba en su mano cuando se abalanzó sobre el mayor de los Azogue. Este, con un rápido movimiento esquivó el envite y le trabó la pierna, con lo que el atacante se fue de manos al suelo. Martín sacó a pasear la vizcaína y de un limpio tajo le rebanó el cuello. Mientras limpiaba la daga en el ropón, Matías dio la vuelta al finado y soltó una carcajada. Era el cillero el que estaba allí.

- Creo que van a necesitar un nuevo almacenero en este convento. Bueno es el pago que ha tenido por los servicios prestados.

- Dejémonos de charlas y partamos de aquí - apremió Martín mientras ganaba la puerta de la portera - aun no me has dicho como hemos de salir de este nido de ratas.

Montaron a caballo mientras los soldados se hacían con las llaves de la puerta, pese a la oposición del hermano portero, quien calló al ver las razones que estos esgrimían. Salieron del convento como alma que lleva el diablo, y se perdieron en la noche, camino de las montañas. Cuando llevaban unas horas cabalgando llegaron a lo alto de la sierra de Benicadell. Allá abajo se veía en toda su extensión la Vall d'Albaida. Matías se giró hacia sus hombres y después de una breve charla, estos giraron grupas y se dirigieron hacia el norte, buscando la protección del Castillo de Xàtiva. Martín los vio marchar, sabía que sus perseguidores irían tras ese rastro. Miró a su hermano buscando una respuesta. Este, burlón, le dijo.

- Espero que sepas nadar. Intentaremos llegar a Gandia siguiendo el Serpis, y de allí, si tenemos suerte, tomaremos un barco que nos lleve a Valencia, o al primer puerto de la Orden, Peñíscola tal vez.

- ¡A qué esperamos pues! - respondió Martín mientras azuzaba su caballo. - peor enemigo llevamos tras nosotros que el más bravo de los mares.


Cuando llegó a la corte la noche comenzaba a adueñarse de las calles, y las gentes de bien se retiraban a sus casas dejando paso a jaques y calaveras, ansiosos de disfrutar de su trocico de Madrid. Se dirigió rápidamente a una posada de la calle de las Eras, donde el dueño, un aragonés de Paniza, le guardaba siempre un cuarto para cuando los naipes pintaran en bastos. Allí, sin dar explicaciones pues tampoco se le demandaron, dejó su caballo y partió hacia el lugar convenido. Había tomado un bocado en Arganda con el mozo que le había servido de recadero, por lo cual no llevaba hambre y estaba despierto. Atento a cualquier movimiento sospechoso. Mientras franqueaba la puerta de la corrala pensaba en los últimos días que había pasado junto a su hermano, el embarque en Gandia a bordo de un carguero, la llegada a València, la amarga separación... Martín le había demandado un último favor a su hermano; que dispusiera todo para que tanto su suegro como sus hijos partieran hacia Francia lo más pronto posible. En la batalla que se avecindaba no quería dar ningún tipo de facilidades al enemigo.

Subió lentamente las escaleras del inmueble, aspirando de nuevo el aroma a decadencia de la capital de las Españas, atento a cualquier sonido que le recordara el porqué de aquella aventura. Llegó frente a la puerta. Dos toques largos seguidos de uno corto, y dos largos más. Se escucharon pasos al otro lado y una rendija de luz se derramó desde el interior. La cara del napolitano se asomó y una sonrisa, la misma que le viera por primera vez en el campo de batalla se dibujó en su rostro.

- ¡Qué me place el encontraros tan bien, Don Martín! - dijo mientras le estrechaba la mano.

- Yo también me alegro de volver a veros - dijo el aragonés mientras echaba una mirada al interior del cuartucho y cerraba tras de si la puerta - Don Francisco, ¿aun no habéis escarmentado de jugar contra napolitanos? - rió al ver la desencuadernada sobre la mesa mientras abrazaba a su viejo amigo el poeta.

- ¡A fe mía que en unas cuantas partidas más y lo vencería, estoy convencido! - respondió el de Quevedo.

- Yo diría que os harían falta un centenar de ellas - replicó la voz de Arbante. Seria, como siempre solía, se acercó al aragonés y le tendió la mano. Martín se la quedó mirando, como recordando a alguien con su misma mirada que había visto años atrás, quien sabe si en Flandes, contra el Corso, en Francia... se estaba viendo reflejado él mismo, y eso le entristecía. Hizo caso omiso de la mano tendida y le dio un gran abrazo, el mismo que le hubiese dado a su hijo de haberlo encontrado allí.

- Señores, sentémonos y después de que Martín nos cuente lo que ha averiguado estudiaremos nuestro siguiente movimiento - dijo Boromiro mientras acercaba una jarra de vino de Valdeiglesias a la mesa.

IX

En la noche llega a San Ginés otra oscura figura. Arbante, acomodado en la escalinata de entrada al templo contempla como se acerca.

- ¿Por ventura sois David de Arbante? - pregunta el embozado en un susurro.

- Puede que sí y puede que no. ¿Quién lo pregunta? - responde amoscado echando la mano diestra hacia la daga que cuelga del cinto a su espalda.

- Me envía mi señor, Martín de Azogue - replica visiblemente afectado por el movimiento.

- En ese caso, sí lo soy. ¿Qué nuevas me traes? - pregunta levantándose.

- Mi señor me envía a deciros que os reunáis con él y con quien vos ya sabéis donde habéis quedado citados.

- ¿Tardará mucho en llegar?

- Salía hoy hacia aquí desde Valencia. A mí me envió hace varios días para que os informara, y he de volver prestamente para encontrarme con él en el camino y comunicarle el resultado de mis gestiones.

- Pues comunícale que me encontraste sano y salvo y que le esperaremos en el sitio acordado - dijo Arbante.

- Bien, señor - dijo retirándose.

David de Arbante esperó paciente hasta que hubo pasado una hora desde que el sirviente de Azogue saliera del templo. Y, embozándose en su capa y calando el chapeo hasta los ojos salió de su retiro.

Anduvo con mil ojos, vigilando cada sombra y cada ruido que oía, pues no las tenía todas consigo de que aquel emisario no hubiera sido una trampa de la Garduña, después de todo para apresarle.

Subió por el Callejón de San Ginés, a esa hora lleno de jaques con sus coimas rindiendo cuentas, valentones de medio pelo, relatando imaginadas estocadas en Flandes o el Mediterráneo y gente del oficio que no dejaba de mirar con ojos entendidos la sombra que por el callejón se deslizaba. Salió a la Calle Mayor y cruzó la Plaza, llegando a la calle de Toledo, bajo hacia el Mercado y de allí por la calle de los Estudios, cruzó la Plaza del Duque de Alba saliendo a San Damián. Bajó por ésta hacia la de Embajadores y doblando por Tribulete a la Plaza de Lavapiés. Franquea la puerta de una conocida mancebía y subiendo dos pisos tocó en una de las puertas.

En el interior Boromiro había agarrado los pistolones que reposaban en la mesa y empuñándolos se dirigía a abrir la puerta.

- Escondeos, Don Francisco - dice casi en un susurro - ¿Quién? - preguntó.

- ¡Abre! Boromiro, soy Arbante.

Dentro se oyó correr un cerrojo y la puerta se abrió. Los azules ojos de Boromiro se clavaron en los castaños de la mujer, como aquella primera vez tras Waalvijk. Esta entró y tras cerrar de nuevo la puerta se fundió en un largo abrazo con el italiano.

- Me alegro de verte - dijo.

- Ya lo veo - respondió - igual te digo. ¿Dónde anda nuestro poeta? - pregunta lanzando una mirada en derredor.

- Aquí estoy. ¿Qué ha sucedido?- pregunta entre confuso y aliviado.

- Tranquilizaos, pasó lo que tenía que pasar y viejas deudas fueron saldadas.

- ¿Y que se dice por ahí? - inquirió azorado.

- No hay cuidado, de momento. Ahora no queda más que esperar la llegada de Martín. Alguien de parte suya vino a San Ginés a avisarme que nos reuniéramos que él estaba por llegar. Decidme, ¿cuánto dinero habéis perdido ya? - inquirió señalando la baraja que se hallaba sobre la mesa.

- Mucho, más del que quisiera - respondió el poeta.

- Don Francisco me estaba preguntando como llegamos a conocernos y a entablar tal amistad - explicó Boromiro.

La mirada de Arbante cambia del poeta al italiano en un gesto. Comprende en ese momento el abrazo del último cuando la vio entrar. Recordó la primera vez que le vio antes de caer cuando Waalvijk.

Sus ojos viajan lejos perdiéndose en los recuerdos. Recuerda la voz de Leyva gritando a Azogue:

“- A ver tu Azogue, ¿estás entero?

“- Lo estoy - responde con el asombro aún en el rostro.

“- ¿Y Arbante? ¿Ha caído el estandarte? - pregunta de nuevo.

“- No, señor. El estandarte sigue en pie, Arbante está herido.

“- ¡Maldita sea, Arbante! Te dije que te pusieras la coraza. ¿Y el italiano?

“- El napolitano, si no os importa, tiene alguna herida, pero está bien - le responde el propio Boromiro.

“- Bien, pues entre los dos ayudad a Arbante. Debemos retirarnos lo antes posible a posiciones italianas ahora que están con nosotros. ¡Gómez! Si estás entero coge el estandarte y andando.

Boromiro y Azogue ayudan a incorporarse a Arbante y trabajosamente llegan los tres a la posición italiana.

“- ¡Ayudad a curar las heridas de Arbante! - ordena Leyva.

Ambos hombres dejan en el suelo con la espalda apoyada en una pared a David de Arbante y se disponen a curar la herida de su hombro izquierdo. Muy débil para resistirse Arbante deja que Azogue rasgue la camisa por el lugar donde la moharra ha entrado, descubriendo algo más que la herida.

Se miran los hombres y luego miran el rostro pálido de Arbante que esboza una mueca cruel.

“- Al que se le ocurra decir algo - susurra - le inserto una cuarta de buen acero de Toledo entre pecho y espalda.

“- ¿Quién sois? - pregunta Azogue - Demasiada fanfarronada me parece esa dada vuestra situación.

“- Me sobran redaños y aliento para hacerlo. En cuanto a quién soy, mi nombre es David de Arbante y cuando esté curado puede que os dé una explicación.

El italiano y el aragonés vuelven a mirarse y acto seguido comienzan a limpiar la herida del hombro de Arbante.

“- Manejáis muy bien la espada para.... - comienza a decir el italiano.

“- ¿Para ser una mujer? - sonríe cruel mientras completa la frase - Podéis decirlo, no tengo ningún inconveniente, salvo que alguno de los dos quiera expresarlo en alto. Entonces me veré en la desagradable obligación de enviaros a hacer compañía al diablo.

“- Tranquilizaos, de momento y por mi parte nada diré - indica el español - Azogue, Martín de Azogue es mi nombre.

“- Giusseppe Boromiro el mío y, como ya he dicho, soy de Nápoles. Si no os es mucha molestia, ¿os importaría indicarnos cual es vuestro nombre? El verdadero.

“- Me llamo, o mejor dicho, me llamaban Dunia de Arbante - responde.

A cierta distancia de ellos, resuena la voz de capitán Leyva:

“- ¿Qué está pasando? Dejad la cháchara y las presentaciones para después. Hay que salir de aquí cuanto antes. ¡Cuerpo de Cristo! Ni que estuvierais en los salones de palacio.

Regresa el Leyva a su plática con el capitán italiano Mientras Azogue está terminando de vendar el hombro de Arbante.

“- No sé como os las vais a apañar, pero creo que deberíais taparos la camisa - dijo.

“- No os preocupéis - responde - llevo años haciéndolo.

“- No sabía que las mujeres lucharan en vuestro país, Azogue - afirma Boromiro.

“- Las mujeres luchan en todos los países, italiano. Esto que nosotros hacemos aquí no es una lucha, es tentar a Dios decidiendo cuando y como morir. La verdadera lucha es la de las mujeres que se quedan solas en sus casas intentando sacar a sus hijos adelante, sin contar con sus maridos, que están perdidos a muchas millas de distancia. Ese día a día si es una lucha. - responde Arbante.

“- Quizá tengáis razón, pero para mí, la lucha es ésta. La que me ha llevado a tener unas bonitas cicatrices en mi cuerpo - replica de mala gana Azogue.

“- ¡Vamos, vosotros tres! - exclama Leyva - partimos. Vais en retaguardia.

Los pocos españoles que habían quedado después de la masacre holandesa se ponen en marcha tras el capitán y la bandera. Los tres hombres parten al final de la columna.

“- Nos debes una explicación, Arbante - afirma el italiano.

“- Puede que sí o puede que no - replica - mas os diré algo sobre mí, para que os contentéis. David era mi hermano gemelo. Murió pocos días después de nacer. Por motivos que no vienen ahora al caso, mi padre decidió que el derecho de mayorazgo me correspondía a mí. Alguien no estuvo muy de acuerdo e intentó aprovecharse de esta situación. Intervino la Inquisición y Dunia tuvo que desaparecer para reaparecer en una cruz sobre una tumba. En ese momento hube de adoptar el nombre y la apariencia de mi hermano. Renunciar a mis derechos y partir con los Tercios al Mediterráneo. El resto ya lo veis.

“- ¿Y que nos impide decir quien sois? - pregunta Azogue.

“- Mi espada, ambos sois conscientes de que mi espada es mejor que las vuestras y que, como ya os he dicho, dos más para el infierno no me iban a importar. Mas, aún así os debo la vida y no soy hombre que olvida sus deudas - dijo mirándoles fijo.

Boromiro miró a la mujer. No era hermosa, pero se adivinaban unas serenas facciones, tras el barro que cubría su rostro. Su castaño cabello cortado a lo hombre, sus ojos fríos y profundos, la severidad de su porte hacían que pareciera más vieja de lo que en realidad debía ser.

“- Bien, ¿qué decidís? - preguntó

“- No diré nada - contestó Azogue - y no lo diré, no por vuestra amenaza, que también, si no por vuestro valor.

“- No os entiendo

“- Admiro a la gente con vuestro valor para salir adelante y buscarse la vida. Y, además, por que nunca es despreciable la bravura con la que manejáis la espada, bravura que puede ser necesaria algún día - explicó extendiendo su mano hacia Arbante.

Arbante miró la mano que tenía delante, y después miró a los ojos grises de Azogue.

“- Sé cuando me equivoco y sé reconocer que me equivoco - dijo - y con vos me he equivocado. Aunque mi deuda quede saldada algún día, desde hoy podéis contar con mi espada y conmigo para lo que necesitéis. Será un honor ser vuestro amigo - dijo estrechando su mano - ¿Y vos? - dijo dirigiéndose al italiano.

“- Yo veo dos caras de la misma moneda. Creo que vuesas mercedes son iguales, separados por unos años y vuestra condición de mujer - dijo dirigiéndose a Arbante - y creo que me voy a divertir enormemente luchando a vuestro lado - respondió uniendo su mano a la de los dos.

Sus ojos volvieron a encontrarse con los de Boromiro. El poeta iba a decir algo cuando sonaron unos golpes en la puerta, el viejo santo y seña de Flandes, Azogue había llegado.

sábado, 14 de junio de 2003

VIII

- ¿Cuánto tiempo más hemos de permanecer en esta ratonera?

- Hace ya cuatro días que don Francisco de Quevedo y don Giuseppe Boromiro permanecen encerrados en un miserable cuartucho cercano a la fuente de Lavapiés, zona de mala reputación y peores circunstancias, depositaria de las más infames tabernas, figones y mancebías del Madrid del cuarto Felipe. Recluidos por ocultar al irascible poeta, objetivo junto a Arbante y Azogue de las atenciones de Alquézar y la Santa Inquisición. Un antiguo amigo del italiano, soldado licenciado del tercio acantonado en Milán, ha accedido a ocultarlos durante un tiempo, enviando por un mes a sus respectivos pueblos a las dos barraganas que tenían alquilado el último piso de la mancebía que regenta. Es así que ambos amigos llevan cuatro días ocultos entre encajes, gasas, perfumes y otros útiles de tan antiguo oficio.

- Hasta que Arbante o Azogue vuelvan - responde el napolitano -.

- ¿Y si no vuelven?

Recibe el poeta una dura mirada por respuesta.

- Disculpadme, es solo esta reclusión... Por Dios bendito, cortinajes de tul rosa. Y esas camas... Empiezo a notar que me sale una veta culterana...

- Ja, ja, ja... Eso nunca, don Francisco, no lo quiera Dios. Bien sabéis que no había más remedio. Escapar hacia el norte era lo más obvio, por ser vos de las Asturias, y estaría ese camino sin duda vigilado. Hacia el este partió Azogue, y no convenía llamar la atención sobre su destino. La ruta de Portugal arde de inquisidores desde que andan persiguiendo a los judaizantes lusos. Y la carretera de Andalucía lleva directamente a Toledo y la Garduña... Conclusión, disfrutemos de la filípica corte, aunque sea entre encajes. Tengo que volver en otras circunstancias... ¿Otra mano de desencuadernada? ¿Juan Tarafe? Porque os queda algún dinero, ¿verdad?

- No, gracias, ya os debo más en cuatro días de lo que podré pagaros en cuatro años. Culpa mía, sin duda, por jugar con italianos, debí haber aprendido la lección en Venecia.

- Bueno, siempre podéis pagar en especie. ¿No habría lugar para un audaz espadachín moreno en alguno de vuestros sonetos? Y, por cierto, como anda esa última obra vuestra, la de ese pícaro... ¿Don Pablo?

- Anda despacio, como todas las cosas de esta Corte. Me dicen que está ya dada a impresión, si es que es posible imprimir algo en este país. No me extrañaría nada que acabara siendo impresa en Flandes o en Alemania.

- A fe que no vais a aumentar el cariño que hacia vos puedan sentir el cuarto Felipe y su válido. La imagen que dais de las gentes del país es muy cruel.

- La culpa no mía, amigo mío, si no del país, sus gentes y sus mandatarios - repone el poeta, dirigiéndose a la ventana acompañado de su leve cojera -. Es lo que hay, y no hay más, al menos por el momento. Y no creo que en un futuro cercano cambien las cosas, así las pulgas se nos tornen doblones y los problemas picas. Miré los muros de la patria mía...

Durante un rato permanecen en silencio, jugando con la baraja el espadachín y perdido en la vista de allende la ventana el poeta. Al cabo de unos instantes vuelve el poeta a la mesa donde continua barajando el napolitano, entrenando sus ágiles dedos en la suerte de los naipes.

- ¿Cómo llegasteis a conocerlos?

- ¿Qué decís? ¿A quién?

- A Arbante y Azogue. Vos sois extranjero y, perdonadme, no parecéis tener la instrucción que evidentemente tiene Arbante, que viene de una importante familia astur por sus formas y talante. Azogue no parece tan distinguido, pero es hijo de un terrateniente aragonés, y de haber sido el primogénito hoy sería un hombre acaudalado. Ninguno pertenecéis al mismo ambiente. ¿Cómo llegaron tres personas tan distintas a ser tan íntimas?

El italiano permanece unos instantes en silencio, ordenando sus ideas. Deja sobre la mesa la desencuadernada, junto a varios pistolones cargados y los aceros de ambos. Se pierde su mirada más allá del poeta, en un lugar mucho más frío y hostil que su Nápoles natal.

Se ve de nuevo vistiendo las ropas de cuero de correo, adornadas con la roja cruz de San Andrés de las tropas de los Austrias. Algunos años más joven, permanece junto a don Ambrosio Spínola, comandante de los tercios italianos que combaten en Flandes, poco antes de ser ascendido, en virtud de su capacidad militar y, lo más importante en Madrid, su acaudalada familia, a capitán general de todas las tropas de la Monarquía en Flandes. Spínola ha ocupado el lugar del padre del napolitano, muerto en un ataque pirata turco sobre la costa de Nápoles, y lo ha llevado consigo en su meteórico ascenso en la milicia de los Habsburgo españoles.

“- Tres días hace ya que no recibo noticias de esa bandera castellana, la que guarnece Waalvijk. Dios quiera que no sea otro motín, aún faltan dos meses para que llegue sonante de la Corte. Ve allí e infórmate de porqué no atienden a mis órdenes. Y ten cuidado, el correo que envié ayer no ha vuelto. Perros españoles, perros holandeses, perra suerte y así...

“- Descuide, don Ambrosio. Un día para ir y otro para volver si encuentro caballos en las postas. Estaré de vuelta mañana por la noche si Dios quiere.

Se ve ahora cabalgando por las tierras de Flandes, siempre grises, como sus grises gentes. Se ve nacido para ese trabajo, orgulloso centauro, uno solo con el espléndido bayo que bajo él devora milla tras milla sin esfuerzo aparente. Siente de nuevo el primer asomo de miedo cuando encuentra la primera posta quemada, los dos soldados que la custodiaban clavados a las puertas, desangrados. Marcha ahora al paso, para encontrar saqueada la segunda posta. En ella encuentra al correo del día anterior. Joven, tan joven. Apenas un pilluelo lombardo que solo unos meses antes desvalijaba alegremente las faldriqueras de los señores de Milán. Ahora yace desmadejado sobre la mesa, la lengua cortada, las cuencas de los ojos vacías, las manos sin uñas, el vientre abierto que ha empezado ya a ser devorado por las ratas. ¿A qué tanto ensañamiento? La contraseña del día, sin duda. Vacila. ¿Informa a Spínola? ¿Acude a ver qué ha ocurrido con los cien españoles que guarnecen Waalvijk? Un rumor lejano le evita el tomar una decisión. El rumor de cien pares de botas marchando al compás que marcan las cajas de los tercios.

“ -Giuseppe Boromiro, correo de Spínola - vocea desde su agotado caballo a los soldados pequeños, hirsutos, morenos, que marchan en vanguardia -. ¡Llevadme ante vuestro capitán!

Lo conducen ante un gigante bermejo con coraza y morrión.

“- ¿Qué ocurre, italiano? ¿Don Ambrosio ha cambiado de opinión?

“- ¿Qué decís? Don Ambrosio no sabe nada de esta bandera desde hace tres días. Cree que permanecen de guarnición en Waalvijk.

“- No es posible, ayer llegó un correo con la orden de encaminarnos a los cuarteles de Spínola. Se marchó tan pronto como llegó, os debéis haber cruzado por el camino.

“- No sé quién dio esa orden, señor capitán. Pero al verdadero correo de don Ambrosio acabo de encontrarlo torturado y muerto. No seguís ordenes de Spínola.

El capitán empalidece. Sangre de Cristo. Cien españoles en campo abierto en Flandes, sin ninguna tropa cercana que sepa donde se encuentran. Y fijo que rodeados de herejes. Blasfema en buen castellano durante minutos, mientras la bandera lo rodea y mira con hostilidad al italiano, que parece portador de malas nuevas. Maldice el capitán la guerra inútil, la patria ingrata, el rey distante y el Dios indiferente. Entre reniegos e insultos ordena formar a la tropa. A paso ligero hacia el este, a los cuarteles de los italianos, los más cercanos en ese momento. Pero es inútil. Columnas de polvo primero, y tropas herejes después denuncian el destino de la bandera. Cercados por una artimaña del enemigo.

“- ¡Por los clavos de Cristo! Traen caballos corazas y nosotros al descubierto. A fe que todo está perdido. ¡Maldita sea mi suerte! Pero como Dios es Cristo que esta tarde vamos a dejar este país maldito lleno de viudas y de madres sin hijos. ¡Vamos, perros, hijos de mil padres! ¡A esa colina a la carrera!

Recuerda el italiano a la bandera deshaciendo la formación para alcanzar una colina que da una protección más simbólica que real. Al alcanzar la colina forman un cuadro instintivamente, en silencio, sin esperar órdenes. Los piqueros crean una coraza de espinas de veinticinco palmos para proteger a sus compañeros. En las esquinas las mangas de arcabuceros y mosqueteros, listos para hostilizar a los primeros herejes que lleguen dispuestos a barrer la compañía. Se encienden las mechas, se rezan oraciones, se recuerda a la madre.

“- Que Dios nos ayude.

“- Dios solo ayuda a los buenos cuando son más que los malos, infeliz.

“-¿Tienes miedo, italiano? No te preocupes, irás al infierno en buena compañía.

“- Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros...

“- Ahí vienen. Sacad el acero. Abatid las picas. ¡Aguantad!

Se refugian los mosqueteros tras los piqueros, extraen las espadas, esperan en silencio que los pesados jinetes holandeses rompan sobre ellos. ¿Bastará tan fina línea de picas para resistir el embate enemigo? Ahora dependen de sus compañeros con lanza. Ataviados de cobre y acero los coseletes tienden las picas. Cuando apenas unos pies les separan de los temibles jinetes estalla su grito al fin.

“- ¡Santiago! ¡España! ¡Santiago!

Parecería que con su grito pretenden frenar la carga rival. El sonido que viene a continuación no se puede olvidar. Cualquiera que lo haya sentido lo rememora en pesadillas, lo paladea de nuevo, con su sabor a bilis, cuando el vino o el aguardiente no consiguen ahogar los recuerdos. El estallido de las picas que se parten. El crujir de los huesos rotos de hombres y bestias al ser penetrados por el acero. Los relinchos de agonía de los caballos. El grito de hombres que matan o mueren.

Ve, con los ojos del recuerdo, como el cuadro flaquea, titubea, pero milagrosamente no cede. La ola holandesa no ha conseguido deshacer el cuadro. Pero a un alto precio, la tercera parte de los españoles ha caído. Entre los caballos moribundos, entre los heridos de ambos bandos se alza el vozarrón del capitán.

“- ¡Perros, despertad, moveos! Desde aquí veo llegar infantería y no hace falta ser general para saber que no son de los nuestros. Meted a los heridos en el cuadro, haraganes, sacrificad a los caballos que aún vivan y montad una barricada con los cadáveres. ¡Arbante! El alférez Torres ha caído, el estandarte es tuyo. Ponte su coraza y cálate el casco. Espero que no te importe el agujero de la frente... ¡Pasmados, ganapanes, rufianes! ¡Moveos de una vez! Si esos herejes nos cogen sin formar estamos aviados. ¡Sangre de Cristo, Aguirre! ¿Llamas a eso herida? Maldito afeminado, por vida de...

“- ¿Aún vivo, italiano?

Sonríe apenas ante el señor de Quevedo el napolitano, rememorando la enjuta figura, la blanca sonrisa que destaca en una cara sucia de tierra, sangre y pólvora del español que con el tiempo aprendería a llamar amigo.

“- Napolitano, si no os importa. ¿Siempre habla así?

“- ¿El capitán Leyva? Quizá su lengua le lleve al infierno, pero pronto se hará con el mando allí abajo. Berciano hideputa...

“- He aprendido de él algunas palabras nuevas hoy, español.

“- Aragonés, si no os importa - contesta con sorna su interlocutor -. Azogue, don Martín de Azogue. Os he visto manejar la espada antes. No os habéis conducido mal. Para ser italiano, claro.

“- Don Giuseppe Boromiro, don José, si lo preferís. Yo también os he visto. Buen esgrimista, aunque un poco tosco. Claro que a un español no se le puede pedir más.

Sonríen ambos con la que sospechan que puede ser su última sonrisa. Ante los vituperios del capitán, ante el redoble de la caja de la bandera avanza la infantería holandesa.

Fue un combate extraño. No tiene recuerdos de lo ocurrido, excepto la cicatriz de una moharra hereje, momento en el que su memoria se desvanece. Le faltan lo que ignora si son minutos u horas. Lo primero que vuelve a su recuerdo es el hedor. Hedor de sangre, de vómitos, de heces. Después viene el sabor. El sabor metálico de su sangre, que mana de los labios partidos por el golpe de la cazoleta de una espada. El tacto en forma de dolor, del hombro abierto por una pica, de la boca, del muslo izquierdo. Recuerda después las maldiciones del capitán Leyva, ronco de ira, aullando su bravura a un cielo impasible, a un mar de cadáveres. La voz de Azogue, que jura asombrado de estar aún vivo. El retumbar lejano de los cascos de la caballería ligera italiana, que pone en fuga a los holandeses que estaban a punto de barrer la bandera. Finalmente el primer recuerdo visual que tiene es la cruz de Borgoña, enseña de los tercios. Antes de caer desmayado por la pérdida de sangre recuerda la cara del portaestandarte fija en la suya. El rostro lampiño, serio, severo, de David de Arbante.