En la noche llega a San Ginés otra oscura figura. Arbante, acomodado en la escalinata de entrada al templo contempla como se acerca.
- ¿Por ventura sois David de Arbante? - pregunta el embozado en un susurro.
- Puede que sí y puede que no. ¿Quién lo pregunta? - responde amoscado echando la mano diestra hacia la daga que cuelga del cinto a su espalda.
- Me envía mi señor, Martín de Azogue - replica visiblemente afectado por el movimiento.
- En ese caso, sí lo soy. ¿Qué nuevas me traes? - pregunta levantándose.
- Mi señor me envía a deciros que os reunáis con él y con quien vos ya sabéis donde habéis quedado citados.
- ¿Tardará mucho en llegar?
- Salía hoy hacia aquí desde Valencia. A mí me envió hace varios días para que os informara, y he de volver prestamente para encontrarme con él en el camino y comunicarle el resultado de mis gestiones.
- Pues comunícale que me encontraste sano y salvo y que le esperaremos en el sitio acordado - dijo Arbante.
- Bien, señor - dijo retirándose.
David de Arbante esperó paciente hasta que hubo pasado una hora desde que el sirviente de Azogue saliera del templo. Y, embozándose en su capa y calando el chapeo hasta los ojos salió de su retiro.
Anduvo con mil ojos, vigilando cada sombra y cada ruido que oía, pues no las tenía todas consigo de que aquel emisario no hubiera sido una trampa de la Garduña, después de todo para apresarle.
Subió por el Callejón de San Ginés, a esa hora lleno de jaques con sus coimas rindiendo cuentas, valentones de medio pelo, relatando imaginadas estocadas en Flandes o el Mediterráneo y gente del oficio que no dejaba de mirar con ojos entendidos la sombra que por el callejón se deslizaba. Salió a la Calle Mayor y cruzó la Plaza, llegando a la calle de Toledo, bajo hacia el Mercado y de allí por la calle de los Estudios, cruzó la Plaza del Duque de Alba saliendo a San Damián. Bajó por ésta hacia la de Embajadores y doblando por Tribulete a la Plaza de Lavapiés. Franquea la puerta de una conocida mancebía y subiendo dos pisos tocó en una de las puertas.
En el interior Boromiro había agarrado los pistolones que reposaban en la mesa y empuñándolos se dirigía a abrir la puerta.
- Escondeos, Don Francisco - dice casi en un susurro - ¿Quién? - preguntó.
- ¡Abre! Boromiro, soy Arbante.
Dentro se oyó correr un cerrojo y la puerta se abrió. Los azules ojos de Boromiro se clavaron en los castaños de la mujer, como aquella primera vez tras Waalvijk. Esta entró y tras cerrar de nuevo la puerta se fundió en un largo abrazo con el italiano.
- Me alegro de verte - dijo.
- Ya lo veo - respondió - igual te digo. ¿Dónde anda nuestro poeta? - pregunta lanzando una mirada en derredor.
- Aquí estoy. ¿Qué ha sucedido?- pregunta entre confuso y aliviado.
- Tranquilizaos, pasó lo que tenía que pasar y viejas deudas fueron saldadas.
- ¿Y que se dice por ahí? - inquirió azorado.
- No hay cuidado, de momento. Ahora no queda más que esperar la llegada de Martín. Alguien de parte suya vino a San Ginés a avisarme que nos reuniéramos que él estaba por llegar. Decidme, ¿cuánto dinero habéis perdido ya? - inquirió señalando la baraja que se hallaba sobre la mesa.
- Mucho, más del que quisiera - respondió el poeta.
- Don Francisco me estaba preguntando como llegamos a conocernos y a entablar tal amistad - explicó Boromiro.
La mirada de Arbante cambia del poeta al italiano en un gesto. Comprende en ese momento el abrazo del último cuando la vio entrar. Recordó la primera vez que le vio antes de caer cuando Waalvijk.
Sus ojos viajan lejos perdiéndose en los recuerdos. Recuerda la voz de Leyva gritando a Azogue:
“- A ver tu Azogue, ¿estás entero?
“- Lo estoy - responde con el asombro aún en el rostro.
“- ¿Y Arbante? ¿Ha caído el estandarte? - pregunta de nuevo.
“- No, señor. El estandarte sigue en pie, Arbante está herido.
“- ¡Maldita sea, Arbante! Te dije que te pusieras la coraza. ¿Y el italiano?
“- El napolitano, si no os importa, tiene alguna herida, pero está bien - le responde el propio Boromiro.
“- Bien, pues entre los dos ayudad a Arbante. Debemos retirarnos lo antes posible a posiciones italianas ahora que están con nosotros. ¡Gómez! Si estás entero coge el estandarte y andando.
Boromiro y Azogue ayudan a incorporarse a Arbante y trabajosamente llegan los tres a la posición italiana.
“- ¡Ayudad a curar las heridas de Arbante! - ordena Leyva.
Ambos hombres dejan en el suelo con la espalda apoyada en una pared a David de Arbante y se disponen a curar la herida de su hombro izquierdo. Muy débil para resistirse Arbante deja que Azogue rasgue la camisa por el lugar donde la moharra ha entrado, descubriendo algo más que la herida.
Se miran los hombres y luego miran el rostro pálido de Arbante que esboza una mueca cruel.
“- Al que se le ocurra decir algo - susurra - le inserto una cuarta de buen acero de Toledo entre pecho y espalda.
“- ¿Quién sois? - pregunta Azogue - Demasiada fanfarronada me parece esa dada vuestra situación.
“- Me sobran redaños y aliento para hacerlo. En cuanto a quién soy, mi nombre es David de Arbante y cuando esté curado puede que os dé una explicación.
El italiano y el aragonés vuelven a mirarse y acto seguido comienzan a limpiar la herida del hombro de Arbante.
“- Manejáis muy bien la espada para.... - comienza a decir el italiano.
“- ¿Para ser una mujer? - sonríe cruel mientras completa la frase - Podéis decirlo, no tengo ningún inconveniente, salvo que alguno de los dos quiera expresarlo en alto. Entonces me veré en la desagradable obligación de enviaros a hacer compañía al diablo.
“- Tranquilizaos, de momento y por mi parte nada diré - indica el español - Azogue, Martín de Azogue es mi nombre.
“- Giusseppe Boromiro el mío y, como ya he dicho, soy de Nápoles. Si no os es mucha molestia, ¿os importaría indicarnos cual es vuestro nombre? El verdadero.
“- Me llamo, o mejor dicho, me llamaban Dunia de Arbante - responde.
A cierta distancia de ellos, resuena la voz de capitán Leyva:
“- ¿Qué está pasando? Dejad la cháchara y las presentaciones para después. Hay que salir de aquí cuanto antes. ¡Cuerpo de Cristo! Ni que estuvierais en los salones de palacio.
Regresa el Leyva a su plática con el capitán italiano Mientras Azogue está terminando de vendar el hombro de Arbante.
“- No sé como os las vais a apañar, pero creo que deberíais taparos la camisa - dijo.
“- No os preocupéis - responde - llevo años haciéndolo.
“- No sabía que las mujeres lucharan en vuestro país, Azogue - afirma Boromiro.
“- Las mujeres luchan en todos los países, italiano. Esto que nosotros hacemos aquí no es una lucha, es tentar a Dios decidiendo cuando y como morir. La verdadera lucha es la de las mujeres que se quedan solas en sus casas intentando sacar a sus hijos adelante, sin contar con sus maridos, que están perdidos a muchas millas de distancia. Ese día a día si es una lucha. - responde Arbante.
“- Quizá tengáis razón, pero para mí, la lucha es ésta. La que me ha llevado a tener unas bonitas cicatrices en mi cuerpo - replica de mala gana Azogue.
“- ¡Vamos, vosotros tres! - exclama Leyva - partimos. Vais en retaguardia.
Los pocos españoles que habían quedado después de la masacre holandesa se ponen en marcha tras el capitán y la bandera. Los tres hombres parten al final de la columna.
“- Nos debes una explicación, Arbante - afirma el italiano.
“- Puede que sí o puede que no - replica - mas os diré algo sobre mí, para que os contentéis. David era mi hermano gemelo. Murió pocos días después de nacer. Por motivos que no vienen ahora al caso, mi padre decidió que el derecho de mayorazgo me correspondía a mí. Alguien no estuvo muy de acuerdo e intentó aprovecharse de esta situación. Intervino la Inquisición y Dunia tuvo que desaparecer para reaparecer en una cruz sobre una tumba. En ese momento hube de adoptar el nombre y la apariencia de mi hermano. Renunciar a mis derechos y partir con los Tercios al Mediterráneo. El resto ya lo veis.
“- ¿Y que nos impide decir quien sois? - pregunta Azogue.
“- Mi espada, ambos sois conscientes de que mi espada es mejor que las vuestras y que, como ya os he dicho, dos más para el infierno no me iban a importar. Mas, aún así os debo la vida y no soy hombre que olvida sus deudas - dijo mirándoles fijo.
Boromiro miró a la mujer. No era hermosa, pero se adivinaban unas serenas facciones, tras el barro que cubría su rostro. Su castaño cabello cortado a lo hombre, sus ojos fríos y profundos, la severidad de su porte hacían que pareciera más vieja de lo que en realidad debía ser.
“- Bien, ¿qué decidís? - preguntó
“- No diré nada - contestó Azogue - y no lo diré, no por vuestra amenaza, que también, si no por vuestro valor.
“- No os entiendo
“- Admiro a la gente con vuestro valor para salir adelante y buscarse la vida. Y, además, por que nunca es despreciable la bravura con la que manejáis la espada, bravura que puede ser necesaria algún día - explicó extendiendo su mano hacia Arbante.
Arbante miró la mano que tenía delante, y después miró a los ojos grises de Azogue.
“- Sé cuando me equivoco y sé reconocer que me equivoco - dijo - y con vos me he equivocado. Aunque mi deuda quede saldada algún día, desde hoy podéis contar con mi espada y conmigo para lo que necesitéis. Será un honor ser vuestro amigo - dijo estrechando su mano - ¿Y vos? - dijo dirigiéndose al italiano.
“- Yo veo dos caras de la misma moneda. Creo que vuesas mercedes son iguales, separados por unos años y vuestra condición de mujer - dijo dirigiéndose a Arbante - y creo que me voy a divertir enormemente luchando a vuestro lado - respondió uniendo su mano a la de los dos.
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