martes, 1 de julio de 2003

X

La esbelta figura del Micalet se alzaba orgullosa en la plaza, desafiando a los viajeros que se adentraban en el jueves bullicioso de Valencia. Imágenes de tiempos más felices pasaron por la mente de Martín de Azogue al dejar a su derecha la iglesia de Santa Catalina, la más antigua de la ciudad. Una nube cubrió su rostro, pero la voz del Caballero de Montesa le sacó de sus pensamientos.

- Deja de torturarte con fantasmas del pasado, hermano, y acerquémonos a la Plaza de la Virgen. Confío en ver al Gran Maestre después de la sesión del Tribunal.

- Si, tienes razón - contestó Martín mientras palmeaba la espalda de Matías de Azogue, su hermano pequeño - pero no había vuelto acá desde que me desposé con Carmesina, y… ¡son tantas cosas! - respiró hondo recordando a su difunta esposa, muerta al nacer su hija - ¡Pero adelante! Hablaremos con quien te parezca, si al final conseguimos ese maldito permiso.

- Si no te importa y puedes controlarte, preferiría que no usaras ese lenguaje patibulario cuando estemos frente a Don Pedro. El Gran Maestre es un hombre profundamente religioso - le recriminó su hermano mientras se abría paso por entre el gentío que se agolpaba esperando que dieran las doce. En ese momento salieron los Jueces y ocuparon sus escaños en la Porta, uno por cada acequia de Valencia. El Tribunal de les Aigües estaba constituido y el aguacil comenzaba a recitar su diatriba. La sesión prometía estar animada puesto que la Hermandad de Labradores de Gandia había presentado una denuncia contra La Orden de Montesa. Y había ido a defender los intereses de Montesa ni más ni menos que el Gran Maestre de la Orden, Don Pedro Guillén.

Martín observó divertido la sesión, los comentarios de la gente, la parafernalia invariable del Tribunal, herencia antigua de los que hasta hacía poco eran los amos de Valencia. Don Pedro era un hueso duro, y los de Gandia lo sabían. Al final, Montesa salió victoriosa, los labradores marcharon cabizbajos, sabedores de que contra el fallo no cabía apelación, ni siquiera al Rey. Pero ya bajaba los peldaños de la Porta el Gran Maestre y allá estaba Matías, aguardando como buen soldado.

- ¡Don Matías de Azogue! ¡Qué sorpresa! - exclamó Don Pedro alargando la mano, que Matías besó con reverencia. - ¿Qué os trae por Valencia? ¿Acaso no marchan bien las cosas por el Capítulo?

- Los asuntos en el Norte van como la seda, Maestre - respondió Matías mientras que ayudaba a bajar el último escalón a Don Pedro - Es otra la cuestión que me trae a su presencia, Maestre. - siguió mientras se acercaban donde les esperaba Martín - Permitid que os presente a mi hermano Martín.

- ¡Vaya, vaya! - dijo Don Pedro con un deje de curiosidad - ¿Así qué vos sois el famoso Don Martín, azote de calvinistas en nuestra Muy Católica Hermana Francia? - el Gran Maestre le ofreció la mano y Martín se la apretó con vigor, sin hacer caso del gesto de desaprobación de su hermano - Vuestro hermano nos ha tenido al corriente de vuestras andanzas en La Rochela. Bien, vayamos dando un paseo mientras me contáis el motivo de vuestra visita - dijo el Gran Maestre mientras tomaba del brazo a Martín.

Caminaron pues durante un tiempo los tres por las estrechas calles llenas de gente que iba y venía, sorteando mendigos, excrementos, figones y tabernas en aquella Valencia que había perdido hacía poco a algunos de sus más queridos hijos por una expulsión injusta, que motivaría hambruna y malquerencias entre los que quedaban, por no hablar de los focos de resistencia que todavía se podían encontrar en las montañas del interior. Los moriscos no eran un pueblo guerrero, pero amaban la tierra que trabajaban.

- Así pues decidme Don Martín, ¿qué es lo que pensáis encontrar en el convento de Albaida? - preguntó Don Pedro mientras se mesaba el mostacho - No es mi intención el desanimaros, pero no creo que nada de lo que haya en aquellos legajos os pueda hacer el más mínimo servicio.

- No os apuréis Don Pedro, el desánimo ya hace tiempo que anidó en mi y unas palabras más o menos no podrán mudar mi voluntad - respondió brusco Martín, mientras notaba como la desesperación crecía en su hermano - pero confío en sacar algo de provecho de mi estadía allá, si su Excelencia tiene a bien el concederme el consabido permiso.

El Gran Maestre rió con ganas al ver la respuesta de Martín y el consiguiente rostro de su auxiliar

- ¡Pardiez con los aragoneses! - exclamó después de una risotada - Sois francos y directos las más de las veces, pero si os proponéis el ser crípticos, en nada os envidiaría el mismísimo sultán de Constantinopla. Escuchad ahora lo que tengo que deciros. Tenéis el permiso de la Orden de Montesa para alojaros durante una semana en el convento de Albaida y dispendio para moveros a vuestras anchas por todo el recinto. No alcanzo a ver el motivo de vuestra búsqueda, pero confío en el buen hacer de mi Auxiliar de Campo, vuestro hermano, que por supuesto os dará escolta y cuidará de que no entréis en disputa con los hermanos dominicos que allá se encuentran recogidos.

Martín se detuvo por un momento y miró el rostro afable del Gran Maestre. Allá, en medio de la Plaza del Carmen, con siglos de historia rodeándolos tuvo Martín la certeza de que aún quedaba alguna esperanza para aquella España moribunda y cainita. Le ofreció su mano, la cual Don Pedro estrechó con camaradería, y dijo

- Gracias Don Pedro. No olvidaré lo que hoy habéis hecho por mí y mi causa.

Don Pedro Guillen sonrió y comenzó a adentrarse en la magnífica entrada del Convento del Carmen. Mientras rebasaba la puerta, se giró y vio como los dos hermanos se alejaban al paso. Se volvió a mesar el bigote y dijo para sí

- Llevad cuidado con lo que averiguáis, no quiera Dios que os disguste lo que en los libros encontréis.

Andaban cabalgando desde el amanecer, cuando salieran por la Porta de Quart. No habían tenido ningún problema durante el camino, ya que a los dos hermanos había que sumar una dotación de diez soldados de Montesa. Decidieron hacer noche en Xàtiva, donde la Orden tenía sede, y reanudar camino por la mañana para llegar a Albaida al caer la tarde del día siguiente. Después de asearse y cenar algo ligero, los dos hermanos salieron a pasear por la ciudad vieja.

- Llevamos varios días juntos y todavía no me has contado el motivo de tu búsqueda. ¿Qué es lo que te ha ocurrido en la Corte para que quieras entrar a toda costa en “El Avispero”? - preguntó Matías a su hermano. Cierto era que estimaba a su hermano y que envidiaba muchas de las cosas que había hecho en su vida, pero el entrar de lleno en un lugar como el convento de Albaida... No en vano de allí salían la mayoría de los más fanáticos inquisidores del Reino. No, no era plato de gusto.

- Cuanto menos sepas mejor para ti - contestó áspero Martín, mientras miraba a su hermano.

- Deja de protegerme Martín, ya no lo necesito - protestó Matías mientras se echaba la diestra sobre la empuñadura de su espada - además de ocuparme de la educación de tus hijos he hecho otras cosas no tan edificantes.

Martín acusó el golpe. Sabía lo mucho que le debía a su hermano pequeño y lo importante que había sido el tenerlo para cuidar de sus vástagos. Sonrió y posó la mano sobre el hombro de Matías.

- No querría que me demostraras lo mucho que has mejorado en tu esgrima, y además no creo que fuera una lucha igual, ya que tu pobre hermano está ya más cerca de empuñar la lira celestial que de repartir mandobles en noche cerrada.

Esta vez fue Matías quien sonrió, pues si de algo estaba seguro era de que su hermano no había pedido ni un ápice de destreza con la toledana.

- Entonces me contarás que es lo que andas buscando.

Martín suspiró y mirando al cielo, donde se recortaba la majestuosa figura del Castillo contra la luna, dijo.

- Bien, sabrás que padre tuvo problemas con el Justicia hace un tiempo. - Matías asintió - pues bien, por pesquisas mías llegué a enterarme que había alguien detrás del asunto. Oscuros intereses movían a ese personaje amen de rencillas familiares con los nuestros.

- Ya se que Alquézar quería tomar posesión de las tierras que la familia posee en Molina, pero... ¿Qué tiene que ver eso con viajar hasta Albaida?

- Molina es la entrada de Aragón, y es lo que buscaba ese personaje, que no es Alquézar. Más bien este hace de perro de presa para él y su siniestra trama.

El rostro de Matías palideció por un instante. Imágenes de los últimos años se agolpaban en su mente y tomaban orden lógico. Celadas en las calles de Zaragoza organizadas por bravucones desconocidos, saqueos de ventas y masías, y sobre todo la presencia de un dominico en la última sesión del pleito, donde su padre se había alzado victorioso frente al Justicia Mayor. Un nombre le vino a los labios, y tuvo que escupirlo con saña.

- ¡Bocanegra!

Martín sonrió, después de todo su hermano no había perdido el olfato durante los años de relajo en la Orden.

El cuarto día en el convento Matías vislumbraba ya el peligro de prolongar su estancia junto a los hermanos dominicos. Grande había sido el revuelo que se había formado con la llegada de los monjes guerreros, y aunque el Prior tuvo que acceder a darles cobijo, pues así venía signado desde València, no paró de atosigarlos a preguntas durante su primer día. Matías tenía doble trabajo, por una parte frenar las constantes pesquisas de los dominicos y por otra el rápido temperamento de su hermano, el cual penetró en la biblioteca como San Pedro en el Cielo, la cual cosa no gustó nada a los frailes que allá se encontraban estudiando. Cada día tenía Matías que aguantar cuitas de unos y de otros por el hosco carácter del “profano”, como llamaban a Martín. Y mientras, Martín ojeaba legajo tras legajo, buscando algo que inculpara al maldito Bocanegra, que el diablo se lo lleve bien lejos.

- ¡Cuatro días encerrados entre estos muros y parece que no aun has encontrado nada! - comentó Matías a su hermano cuando se reunieron para cenar. Desde que habían llegado había exigido que ellos dos y sus hombres cenaran aparte, en una sala aneja a la Capitular.

- Cierto es que la búsqueda no va tan rápida como quisiera, pero hay avances - respondió Martín mientras daba un gran bocado al capón que les habían servido - como sabes, a este convento vienen hijos de todas las Españas para que se les instruya en la fe de la Santa Madre Iglesia. Nuestro siniestro compañero también hizo ese viaje, hace ya tiempo. Encontré sus reseñas registrada en el Libro Mayor del Convento.

- ¡Has rebuscado en el Libro Mayor! - exclamó Matías golpeando con el pocillo de vino la mesa - no creo que el Prior haya accedido de buen grado a dejar que hurgues en sus secretos -

- Bueno, en realidad el Prior nada sabe de esto - respondió con sorna Martín mientras echaba un trago de vino - como bien me dijo una vez un buen amigo, “poderoso caballero es Don Dinero”. Y a fe que es verdad, puedes preguntarle al cillero.

- Bien, dejémonos de poética ahora - replicó Matías mientras hacía un gesto a sus hombres para que buscaran al tal cillero. Nunca se podía saber donde aguardaba el peligro, y no estaba demás estar preparado, tanto más si uno estaba sentado encima de él. - Dime entonces que has averiguado.

- Fray Emilio destacó como novicio por su furibunda cristiandad. Dejaba en evidencia constantemente a sus mentores, lo cual no agradó a sus superiores, que decidieron sacárselo de encima - prosiguió Martín.

- ¡No querían que les agitara el Avispero! - rió su hermano. - ¿Y donde lo enviaron pues?

Martín pareció dudar un momento antes de proseguir. Todavía no tenía del todo claro el asunto, y por descontado que no podría esclarecerlo antes de que venciera el plazo.

- Fue enviado a París, donde estudió Teología en La Sorbona. Aquí se pierde la pista y espero que en los días que quedan pueda averiguar algo más.

Calló y se levantó de la mesa. Su hermano organizó los quehaceres del día siguiente entre sus hombres y, cuando estuvieron a solas se acercó a Martín.

- Bien, ahora que estamos los dos solos, ¿me vas a contar qué es lo que te has guardado para ti?

Martín suspiró mientras miraba a su hermano. Había medrado en la Orden hasta llegar a ser Auxiliar de Campo del Gran Maestre. Él también se jugaba mucho si Bocanegra y la Garduña descubrieran su jugada.

- No creo que en París fray Emilio cultivara muchas amistades, hombre como era poco dado al vicio. Pero si en esa época en aquella ciudad había alguien tan fanático o más que él, ese era sin duda Alphonse Du Plessis, Obispo de Luçon. No encontré pruebas que los vinculen, aun no he tenido acceso a la correspondencia entre Bocanegra y el Prior del Avispero, pero no has de olvidar que estuve al servicio del Cardenal, su hermano, durante dos años.

El rostro de Matías se ensombreció al oír las últimas palabras. Ahora comprendía la gravedad del asunto en lo que refería a su hermano, y por ende a él, ya que lo había encubierto. El Obispo de Luçon había sido el instigador de muchas intrigas en Francia, y tenía muchos protegidos de renombre, entre los que se encontraba el suegro de Martín. Y cuando murió, el testigo de sus turbios asuntos pasó a manos de su hermano pequeño, Armand, que ahora regía en la sombra los destinos de Francia bajo el capelo cardenalicio.

Matías advirtió la tristeza de su hermano por haberlo atraído hasta esta empresa. Se enfrentaban a una batalla perdida. Si conseguían derribar a Bocanegra, este en su caída los arrastraría. Y si por el contrario el fraile se salía con la suya dudaba mucho que ni el hábito de Montesa le salvara de las garras de la Inquisición.

Un golpe sordo se escucho en la puerta de la sala y apareció uno de los monjes de Montesa. Cruzó unas palabras con Matías y después, diligentemente, se retiró. Martín miró con curiosidad a su hermano, esperando las nuevas.

- Mis hombres han interceptado un correo dirigido al Prior procedente de Almansa. Parece ser que al cillero le gustaba hablar más de la cuenta cuando tenía cuartos para gastar en vino - dijo Matías mientras mostraba el pergamino que le había entregado el soldado.

Martín leyó en silencio. Según decía, los hombres de La Garduña habían salido de allí con las primeras sombras de la tarde y se proponían ganar el convento al llegar el alba. Había que actuar con premura. Miró a su hermano, que ya se estaba ciñendo la espada y ajustando las espuelas.

- Faltan pocas horas para el alba. ¿Tienes pensada una salida para este embrollo?

Su hermano sonrió mientras ambos atravesaban las salas del convento en dirección a la portería, donde ya les aguardaban sus hombres. Al salir al claustro exterior, una figura se interpuso entre ambos. El acero brillaba en su mano cuando se abalanzó sobre el mayor de los Azogue. Este, con un rápido movimiento esquivó el envite y le trabó la pierna, con lo que el atacante se fue de manos al suelo. Martín sacó a pasear la vizcaína y de un limpio tajo le rebanó el cuello. Mientras limpiaba la daga en el ropón, Matías dio la vuelta al finado y soltó una carcajada. Era el cillero el que estaba allí.

- Creo que van a necesitar un nuevo almacenero en este convento. Bueno es el pago que ha tenido por los servicios prestados.

- Dejémonos de charlas y partamos de aquí - apremió Martín mientras ganaba la puerta de la portera - aun no me has dicho como hemos de salir de este nido de ratas.

Montaron a caballo mientras los soldados se hacían con las llaves de la puerta, pese a la oposición del hermano portero, quien calló al ver las razones que estos esgrimían. Salieron del convento como alma que lleva el diablo, y se perdieron en la noche, camino de las montañas. Cuando llevaban unas horas cabalgando llegaron a lo alto de la sierra de Benicadell. Allá abajo se veía en toda su extensión la Vall d'Albaida. Matías se giró hacia sus hombres y después de una breve charla, estos giraron grupas y se dirigieron hacia el norte, buscando la protección del Castillo de Xàtiva. Martín los vio marchar, sabía que sus perseguidores irían tras ese rastro. Miró a su hermano buscando una respuesta. Este, burlón, le dijo.

- Espero que sepas nadar. Intentaremos llegar a Gandia siguiendo el Serpis, y de allí, si tenemos suerte, tomaremos un barco que nos lleve a Valencia, o al primer puerto de la Orden, Peñíscola tal vez.

- ¡A qué esperamos pues! - respondió Martín mientras azuzaba su caballo. - peor enemigo llevamos tras nosotros que el más bravo de los mares.


Cuando llegó a la corte la noche comenzaba a adueñarse de las calles, y las gentes de bien se retiraban a sus casas dejando paso a jaques y calaveras, ansiosos de disfrutar de su trocico de Madrid. Se dirigió rápidamente a una posada de la calle de las Eras, donde el dueño, un aragonés de Paniza, le guardaba siempre un cuarto para cuando los naipes pintaran en bastos. Allí, sin dar explicaciones pues tampoco se le demandaron, dejó su caballo y partió hacia el lugar convenido. Había tomado un bocado en Arganda con el mozo que le había servido de recadero, por lo cual no llevaba hambre y estaba despierto. Atento a cualquier movimiento sospechoso. Mientras franqueaba la puerta de la corrala pensaba en los últimos días que había pasado junto a su hermano, el embarque en Gandia a bordo de un carguero, la llegada a València, la amarga separación... Martín le había demandado un último favor a su hermano; que dispusiera todo para que tanto su suegro como sus hijos partieran hacia Francia lo más pronto posible. En la batalla que se avecindaba no quería dar ningún tipo de facilidades al enemigo.

Subió lentamente las escaleras del inmueble, aspirando de nuevo el aroma a decadencia de la capital de las Españas, atento a cualquier sonido que le recordara el porqué de aquella aventura. Llegó frente a la puerta. Dos toques largos seguidos de uno corto, y dos largos más. Se escucharon pasos al otro lado y una rendija de luz se derramó desde el interior. La cara del napolitano se asomó y una sonrisa, la misma que le viera por primera vez en el campo de batalla se dibujó en su rostro.

- ¡Qué me place el encontraros tan bien, Don Martín! - dijo mientras le estrechaba la mano.

- Yo también me alegro de volver a veros - dijo el aragonés mientras echaba una mirada al interior del cuartucho y cerraba tras de si la puerta - Don Francisco, ¿aun no habéis escarmentado de jugar contra napolitanos? - rió al ver la desencuadernada sobre la mesa mientras abrazaba a su viejo amigo el poeta.

- ¡A fe mía que en unas cuantas partidas más y lo vencería, estoy convencido! - respondió el de Quevedo.

- Yo diría que os harían falta un centenar de ellas - replicó la voz de Arbante. Seria, como siempre solía, se acercó al aragonés y le tendió la mano. Martín se la quedó mirando, como recordando a alguien con su misma mirada que había visto años atrás, quien sabe si en Flandes, contra el Corso, en Francia... se estaba viendo reflejado él mismo, y eso le entristecía. Hizo caso omiso de la mano tendida y le dio un gran abrazo, el mismo que le hubiese dado a su hijo de haberlo encontrado allí.

- Señores, sentémonos y después de que Martín nos cuente lo que ha averiguado estudiaremos nuestro siguiente movimiento - dijo Boromiro mientras acercaba una jarra de vino de Valdeiglesias a la mesa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario