Siguiendo las indicaciones del capitán pirata los tres amigos se dirigen a una humilde fonda cercana a la lonja, en el puerto. Una vez instalados, tras despachar rápidamente una cena breve y fría, David de Arbante repasa el plan para los próximos días.
Los tres amigos se reúnen para un desayuno rápido antes de abandonar la posada. De tiempos pasados, violentos, Martín recuerda dónde encontrar a quien podrá conseguirles algunos caballos sin hacer demasiadas preguntas, si cruzan por la puerta del mercado a menos de media hora de la ciudad encontrarán una hacienda cuyo dueño no es amigo de reyes ni cardenales. Al pasar por la plaza Nueva, Giusseppe se detiene y se da la vuelta de golpe, haciendo girar a sus compañeros. Ha visto tres carruajes al otro lado de la plaza, custodiados por un numeroso grupo de lansquenetes. En los gallardetes de los lanceros, en las portezuelas de los carruajes, el escudo rojo con la torre coronada que marcaron el fin de su infancia. El escudo de armas de la poderosa familia Colonna.
- Ahora, rumbo al norte siguiendo el Ródano. De aquí a Arles, de ahí al Avignon de los Papas...
- Te vas a hartar de curas, Giuseppe - interrumpe con sorna Martín -.
- ... y de Avignon a Lyon. Desde ahí Dios dirá, ya veremos como nos va en el camino. Se supone que nadie sabe que estamos aquí, no deberíamos tener problemas como mínimo hasta llegar a Lyon.
El napolitano guarda silencio y lanza una mirada funesta al aragonés. Como buen meridional es supersticioso como una vieja dueña, y desde que ha pisado Marsella le persigue un mal presentimiento. Huele en el aire vientos de cambio, y duda que sean para bien. Toma su jarra y se hunde en ella.
- No bebas de esa forma - continúa Dunia -, te necesitaremos fresco mañana.
- ¿Para qué? ¿Para comprar caballos? Martin tiene suficiente francés como para poder hacerlo - sigue bebiendo. Se pasa el brazo por la incipiente barba limpiándose el vino derramado -. De hecho mejor que el mío, a mi se me nota algo de acento. Maldita lengua, maldito país... Va a pasar algo, creedme. Y sabe Dios si será algo bueno.
- Entonces preocúpate mañana. Si ocurre algo, como dices...
- ¿Me he equivocado alguna vez?
- Si ocurre algo, te digo, mejor que estés en condiciones de enfrentarlo. Y, sí, te has equivocado alguna vez. Varias veces, de hecho.
- No es cierto, recue...
- Basta, Giuseppe, no soporto esas cuentas de vieja. Disculpadme, pero yo prefiero estar fresco mañana. Hasta mañana, caballeros.
David se retira a su habitación, dejando a los dos amigos en la mesa.
- ¿Qué mosca le ha picado?
- No le gustan tus supersticiones, Giusseppe.
- No son supersticiones. Bien sabes...
- Precisamente, redios. Porque demasiado bien sé. ¿Cómo crees que le sienta a Dunia que le hables de tu muerte? ¿Cómo crees que me sienta a mí?
- Fueron tres ancianas, en tres épocas distintas en tres países distintos. No conoceré a mis hijos, no veré canas en mi cabello y moriré en la plenitud de mis fuerzas. Ya tengo treinta años, Martín. O estoy muy próximo a tenerlos. No puede quedarme mucho tiempo...
- Por Dios, Giusseppe...
- Déjame solo, Martín.
Cabeceando, el de Azogue deja a su compañero con la única compañía de la ya casi vencida damajuana. Se retira a su habitación trazando, como suele, un plan para enfrentar el nuevo día. Deja tras de si la voz del italiano pidiendo más vino.
* * *
- ¡Que diablos...!
- Voto a Cristo, Giusseppe, ¿que...?
- Silencio los dos - les chista el italiano -, no llaméis la atención. Al otro lado de la plaza hay al menos un Colonna. Os dije que algo iba a pasar...
- Aquí no va a pasar nada salvo que vamos a rodear la plaza Nueva. No te reconocerán, Giusseppe...
- No se trata de que me puedan reconocer ahora. Se trata de que no me puedan reconocer en el futuro - responde, lobuna la sonrisa -. Pronto habrá un Colonna menos en el mundo. Y una viuda más en Roma...
- Por Dios, harás que nos prendan a todos - interrumpe el aragonés, siempre práctico -. Llamamos la atención aquí discutiendo. Entremos en esa taberna.
Entran en la fonda, rogando que ninguno de los soldados Colonna se haya fijado en ellos. Piden vino y algo de queso, se sacuden un polvo imaginario, simulando haber llegado a la ciudad.
- Estás loco, italiano - comienza Martín -. Olvida a los Colonna. Nunca volverás a Biancatorre, lo has dicho mil veces. Nada sacará de tus tierras a los Colonna, por muchos nobles que mates... Dios del cielo... ¿cuántos has matado?
El italiano se recuesta sobre su silla, sonríe satisfecho, con la sonrisa del cazador que sabe cercana a su presa.
- Cinco de primera linea. Este será el sexto. Tranquilo, nada saben, nada sospechan.
- ¿Cinco? ¿Y crees que no sospechan nada? ¿Has visto cuántos soldados hay en la plaza? Has perdido el juicio, definitivamente.
- "Il martello di Colonna", así me llaman, como si fuera un hombre del saco inventado para asustar a los cachorros Colonna. Creen que soy un asesino pagado por los Orsini. La última vez que oí hablar del tal "martello" fue a unos guardias Colonna, cerca de Valtelina. No tienen la más mínima idea. Podría ser un demonio conjurado por los Orsini para librarse de los Colonna. O el último de los hassassin del Viejo de la Montaña, contratado a precio de oro para enviar al infierno a esa maldita familia. Nadie sospecha mi existencia, Martin, recuerda que me dieron por muerto en su día. Y esa maldita familia ha robado tanto que ni recuerdan que Biancatorre tuvo otro amo que no fueran ellos. Estoy muerto, Martín. Muerto.
- Recuerda que estamos en misión real...
- ¿Real? Fue tu tercer Felipe el que desoyó la llamada de mi madre. Fue en su nombre en el que mi padre defendía su costa. No le debo nada a tus reyes.
Martín resopla. Sabe de la obstinación del italiano y que ante la única obsesión que tiene en la vida no va a poder torcer su voluntad.
- Este es el rey que nos ha tocado, Giusseppe, y no hay otro. Aprecio el valor de la venganza, pero la tuya no tiene sentido, no tiene objetivo alguno. Necesitarías de un pequeño ejército para recuperar Biancatorre... o del favor real. Para recuperar Biancatorre entraría contigo en el mismísimo palazzo Colonna a sangre y fuego. Pero no mato por matar.
- No necesito de vuestra ayuda. Sin ofensa. Burlaré los guardias, me haré cargo del futuro muerto y os alcanzaré antes de que lleguéis a Lyon. Acabaré antes que...
- Acabarás en el castillo de If, italiano. Y seremos nosotros los que tengamos que entrar a buscarte - le interrumpe el aragonés -. Dos semanas. Tienes dos semanas para alcanzarnos en Lyon. Búscanos en la fonda del Buen Consejo o en la taberna del Alsaciano, recuérdalo. Ni un día más, Giusseppe, ya estoy alargando demasiado el tiempo.
- Dos semanas. Solo déjame los tres mejores caballos. Y en dos semanas nos volveremos a encontrar en Lyon. En la fonda del Buen Consejo o en la taberna del Alsaciano, lo tengo.
- ¿Y tú? - se gira Martin al silencioso David - Muy callado estás, viendor tanta necedad. ¿No piensas decir nada?
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