martes, 20 de abril de 2010

XXII

David termina de un solo trago el vino que queda en su pocillo. En silencio rellena el jarro que vuelve a vaciar de un trago. Ambos hombres le miran, esperando la reacción que pueda tener. Mucho ha cambiado David desde que dejaran las costas de Valencia, y lo que antes hubiera sido un estallido por su parte, ahora no sabían que iba a ser.

- Haz lo que te plazca Giusseppe. Martín y yo siempre hemos sido tus amigos. Te hemos respaldado en todo lo que has hecho, nos hemos jugado la vida por ti y a tu lado en muchas batallas y muchas ocasiones. Creo que nuestra amistad y lealtad te han quedado probadas y no es necesario pregonarlas ahora. Sabes muy bien lo que siento por ti. Pero... en este momento no piensas en nosotros. No estoy diciendo - dijo levantando una mano viendo que el italiano iba a saltar, la mano apoyada en la cazoleta presto a luchar - que no debas acabar con todos ellos. En ese aspecto te entiendo perfectamente, te apoyo y, como ha dicho Martín, entraría en el palazzo de los Colonna a sangre y fuego a tu lado. Pero no ahora, estoy contigo en que maldito lo que me importa a mi nuestro rey. Si no fuera por su.... no sería yo ahora lo que soy. Ni tendría que abandonar el país que me vio nacer para no regresar jamás. Probablemente mi padre aún estaría vivo. Probablemente Martín también tuviera a su familia, y regentaría su señorío con ellos y tú estarías sin duda, en el tuyo. Pero no ha sido así, esto es lo que nos ha tocado y hemos de cargar con ello puesto que la única salida es morir, y yo al menos todavía no tengo ganas de saludar al diablo. Sin embargo, tú has decidido que nada de esto importa ante tu venganza. Sea pues, haz lo que te plazca. Estoy cansado y no voy a discutir. Hay otras formas de hacerlo y con nuestra ayuda sólo demoraríamos dos días en liquidarle y seguir camino, pues nuestro destino es y está en París. Pero, has decidido. ¡Salgamos Martín! Si cambias y decides que merece la pena seguir a nuestro lado, durante dos horas estaremos fuera de la puerta del mercado esperando con los caballos. Si no, fue un placer luchar a tu lado - dijo mientras se levantaba y dirigía sus pasos hacia la salida.

Martín fue tras ella, dejando al napolitano mirando el pocillo de vino que tenía entre sus manos. En la puerta de la taberna David se volvió a su camarada:

- En este momento no soy la mejor compañía, dentro de una hora me reuniré contigo en la hacienda - dijo mirándole.
- ¿Qué vas a hacer? - preguntó preocupado el aragonés.
- No quieras saberlo, amigo - respondió dando media vuelta.

"¡Sangre de Cristo! - blasfema en buen castellano el de Azogue - las dos cabezas más testarudas de todos los Tercios tuvieron que tocarme a mi" Piensa mientras dirige sus pasos hacia el lugar dónde encontrará los caballos que busca.

Mientras David de Arbante ha dado un rodeo dirigiéndose al fuerte de San Nicolás donde habitan los Colonna cuando están en el sur de Francia. Conoce muy bien el lugar. Sus compañeros no lo saben, pero realizó alguna incursión en aquella zona para hacer algún que otro trabajo al de Olivares. Los recuerdos se agolpan en su memoria y entre ellos, una puerta oculta tras un seto que da paso al mismísimo corazón de las habitaciones principales del fuerte. Comprobó que, efectivamente el seto y la puerta seguían en el mismo sitio. Después siguió camino hacia la parte delantera, dónde unos guardias armados le impidieron el paso.

- ¡Largo di quí! ¡Non è possibilie entrare! - gritaron.
- Mi scusi, mi chiedevo se il vostro master uomini necessari - en ese momento agradeció las interminables parlas del italiano y el tiempo pasado en el Mediterraneo.
- Se accurato Fabriccio Colonna uomini, cercano nel loro paese. Non fidarti de un mercenario - rieron.
- Mi scusi - dijo dando media vuelta.

Así que Fabriccio Colonna se hallaba en Francia. No volvería a ver sus tierras italianas. Dirigió sus pasos al encuentro con Martín.

- Me estabas preocupando - dijo al verla señalándole uno de los caballos.
- Perdona, necesitaba estar sola - respondió.
- Sabes que no va a venir - volvió a decir.
- Espero que nos equivoquemos, si no decide venir con nosotros no volveremos a verlo - respondió.
- ¿Por qué estás tan segura? - preguntó extrañado. - ¿No resultará que tú eres tan supersticiosa como él?
- ¡No jodas, Martín! - resopló - Sabes muy bien que no creo en esas cosas, pero si hay algo que tengo claro es que moriremos juntos en París. Si ahora no viene, no volveremos a reunirnos, no tendremos tiempo.

Una negra figura se asomó a la puerta. Ocupaba toda la entrada proyectando una negra sombra. David echó la mano diestra hacia la daga mientras miraba a Martín que hacia lo propio a su espada.

- ¿A que otras formas te referías? - el inconfundible vozarrón del napolitano llegó hasta ellos.
- ¿Sabes acaso a que Colonna quieres matar? - preguntó David a su vez. - Monta, nos vamos.

Giusseppe Boromiro miró a los dos amigos y se dirigió al caballo que David le señalaba. Montó a la vez que sus amigos. Martín galopaba delante, el camino pasaba por un pequeño bosquecillo. Pararon en él.

- Explicate - demandó Boromiro.
- Me alegro de que hayas entrado en razón - dijo Martín.
- Dijiste que había otras formas - la voz de Boromiro se elevaba por momentos.
- Sí y en las dos nos necesitas a nosotros. Tú no sabes quien es el Colonna, yo sí. En la parte trasera del fuerte hay un seto, al final de él hay un camino que lleva a un pequeño bosque. En él nos esperará Martín con los caballos para irnos.
- Y las dos formas son... - preguntó Martín.
- El seto de la parte trasera oculta una puerta que lleva al mismísimo corazón del fuerte, a los aposentos principales, los que sin duda ocupará el Colonna. Yo conozco el camino, y te llevaré...
- ¿Conoce el camino? - preguntaron ambos.
- Sí, lo he recorrido alguna vez, por trabajo - respondió.
- ¿Y la otra? - preguntó Giusseppe.
- Fabriccio Colonna tiene fama de mujeriego. Fama que podríamos aprovechar - respondió.
- Pero, ¿en que barragana confiaríamos aquí para ....? - Martín calló al mirar a los ojos a David. Su cara volteó después hacia Giusseppe - ¡No es posible llevarla a cabo! - gritaron al unísono.
- Tu decides, Giusseppe. Para ambas me necesitas - replicó mirándole.

jueves, 28 de enero de 2010

XXI


Siguiendo las indicaciones del capitán pirata los tres amigos se dirigen a una humilde fonda cercana a la lonja, en el puerto. Una vez instalados, tras despachar rápidamente una cena breve y fría, David de Arbante repasa el plan para los próximos días.

- Ahora, rumbo al norte siguiendo el Ródano. De aquí a Arles, de ahí al Avignon de los Papas...

- Te vas a hartar de curas, Giuseppe - interrumpe con sorna Martín -.

- ... y de Avignon a Lyon. Desde ahí Dios dirá, ya veremos como nos va en el camino. Se supone que nadie sabe que estamos aquí, no deberíamos tener problemas como mínimo hasta llegar a Lyon.

El napolitano guarda silencio y lanza una mirada funesta al aragonés. Como buen meridional es supersticioso como una vieja dueña, y desde que ha pisado Marsella le persigue un mal presentimiento. Huele en el aire vientos de cambio, y duda que sean para bien. Toma su jarra y se hunde en ella.

- No bebas de esa forma - continúa Dunia -, te necesitaremos fresco mañana.

- ¿Para qué? ¿Para comprar caballos? Martin tiene suficiente francés como para poder hacerlo - sigue bebiendo. Se pasa el brazo por la incipiente barba limpiándose el vino derramado -. De hecho mejor que el mío, a mi se me nota algo de acento. Maldita lengua, maldito país... Va a pasar algo, creedme. Y sabe Dios si será algo bueno.

- Entonces preocúpate mañana. Si ocurre algo, como dices...

- ¿Me he equivocado alguna vez?

- Si ocurre algo, te digo, mejor que estés en condiciones de enfrentarlo. Y, sí, te has equivocado alguna vez. Varias veces, de hecho.

- No es cierto, recue...

- Basta, Giuseppe, no soporto esas cuentas de vieja. Disculpadme, pero yo prefiero estar fresco mañana. Hasta mañana, caballeros.

David se retira a su habitación, dejando a los dos amigos en la mesa.

- ¿Qué mosca le ha picado?

- No le gustan tus supersticiones, Giusseppe.

- No son supersticiones. Bien sabes...

- Precisamente, redios. Porque demasiado bien sé. ¿Cómo crees que le sienta a Dunia que le hables de tu muerte? ¿Cómo crees que me sienta a mí?

- Fueron tres ancianas, en tres épocas distintas en tres países distintos. No conoceré a mis hijos, no veré canas en mi cabello y moriré en la plenitud de mis fuerzas. Ya tengo treinta años, Martín. O estoy muy próximo a tenerlos. No puede quedarme mucho tiempo...

- Por Dios, Giusseppe...

- Déjame solo, Martín.

Cabeceando, el de Azogue deja a su compañero con la única compañía de la ya casi vencida damajuana. Se retira a su habitación trazando, como suele, un plan para enfrentar el nuevo día. Deja tras de si la voz del italiano pidiendo más vino.


* * *

Los tres amigos se reúnen para un desayuno rápido antes de abandonar la posada. De tiempos pasados, violentos, Martín recuerda dónde encontrar a quien podrá conseguirles algunos caballos sin hacer demasiadas preguntas, si cruzan por la puerta del mercado a menos de media hora de la ciudad encontrarán una hacienda cuyo dueño no es amigo de reyes ni cardenales. Al pasar por la plaza Nueva, Giusseppe se detiene y se da la vuelta de golpe, haciendo girar a sus compañeros. Ha visto tres carruajes al otro lado de la plaza, custodiados por un numeroso grupo de lansquenetes. En los gallardetes de los lanceros, en las portezuelas de los carruajes, el escudo rojo con la torre coronada que marcaron el fin de su infancia. El escudo de armas de la poderosa familia Colonna.

- ¡Que diablos...!

- Voto a Cristo, Giusseppe, ¿que...?

- Silencio los dos - les chista el italiano -, no llaméis la atención. Al otro lado de la plaza hay al menos un Colonna. Os dije que algo iba a pasar...

- Aquí no va a pasar nada salvo que vamos a rodear la plaza Nueva. No te reconocerán, Giusseppe...

- No se trata de que me puedan reconocer ahora. Se trata de que no me puedan reconocer en el futuro - responde, lobuna la sonrisa -. Pronto habrá un Colonna menos en el mundo. Y una viuda más en Roma...

- Por Dios, harás que nos prendan a todos - interrumpe el aragonés, siempre práctico -. Llamamos la atención aquí discutiendo. Entremos en esa taberna.

Entran en la fonda, rogando que ninguno de los soldados Colonna se haya fijado en ellos. Piden vino y algo de queso, se sacuden un polvo imaginario, simulando haber llegado a la ciudad.

- Estás loco, italiano - comienza Martín -. Olvida a los Colonna. Nunca volverás a Biancatorre, lo has dicho mil veces. Nada sacará de tus tierras a los Colonna, por muchos nobles que mates... Dios del cielo... ¿cuántos has matado?

El italiano se recuesta sobre su silla, sonríe satisfecho, con la sonrisa del cazador que sabe cercana a su presa.

- Cinco de primera linea. Este será el sexto. Tranquilo, nada saben, nada sospechan.

- ¿Cinco? ¿Y crees que no sospechan nada? ¿Has visto cuántos soldados hay en la plaza? Has perdido el juicio, definitivamente.

- "Il martello di Colonna", así me llaman, como si fuera un hombre del saco inventado para asustar a los cachorros Colonna. Creen que soy un asesino pagado por los Orsini. La última vez que oí hablar del tal "martello" fue a unos guardias Colonna, cerca de Valtelina. No tienen la más mínima idea. Podría ser un demonio conjurado por los Orsini para librarse de los Colonna. O el último de los hassassin del Viejo de la Montaña, contratado a precio de oro para enviar al infierno a esa maldita familia. Nadie sospecha mi existencia, Martin, recuerda que me dieron por muerto en su día. Y esa maldita familia ha robado tanto que ni recuerdan que Biancatorre tuvo otro amo que no fueran ellos. Estoy muerto, Martín. Muerto.

- Recuerda que estamos en misión real...

- ¿Real? Fue tu tercer Felipe el que desoyó la llamada de mi madre. Fue en su nombre en el que mi padre defendía su costa. No le debo nada a tus reyes.

Martín resopla. Sabe de la obstinación del italiano y que ante la única obsesión que tiene en la vida no va a poder torcer su voluntad.

- Este es el rey que nos ha tocado, Giusseppe, y no hay otro. Aprecio el valor de la venganza, pero la tuya no tiene sentido, no tiene objetivo alguno. Necesitarías de un pequeño ejército para recuperar Biancatorre... o del favor real. Para recuperar Biancatorre entraría contigo en el mismísimo palazzo Colonna a sangre y fuego. Pero no mato por matar.

- No necesito de vuestra ayuda. Sin ofensa. Burlaré los guardias, me haré cargo del futuro muerto y os alcanzaré antes de que lleguéis a Lyon. Acabaré antes que...

- Acabarás en el castillo de If, italiano. Y seremos nosotros los que tengamos que entrar a buscarte - le interrumpe el aragonés -. Dos semanas. Tienes dos semanas para alcanzarnos en Lyon. Búscanos en la fonda del Buen Consejo o en la taberna del Alsaciano, recuérdalo. Ni un día más, Giusseppe, ya estoy alargando demasiado el tiempo.

- Dos semanas. Solo déjame los tres mejores caballos. Y en dos semanas nos volveremos a encontrar en Lyon. En la fonda del Buen Consejo o en la taberna del Alsaciano, lo tengo.

- ¿Y tú? - se gira Martin al silencioso David - Muy callado estás, viendor tanta necedad. ¿No piensas decir nada?