martes, 1 de septiembre de 2009

XIX

Valencia, en el grao ... al fondo una galera espera a los tres amigos. El viaje ha sido peligroso, como era de esperar, y ahora, la mar. La noche anterior la habían pasado en una vetusta alquería cercana a la playa, haciendo guardia por turno no se fían los amigos. Años de experiencia recomiendan no hacerlo. No han dormido, los tres saben que, aún no siendo su turno, los otros dos estuvieron con un ojo abierto y otro cerrado, disimulando, perdidos en sus propios pensamientos, en sus propios fantasmas, aventurando, tal vez, lo que podría suceder a partir del siguiente día.

Cuando comenzó a clarear el día, los tres se hallaban levantados y dispuestos a partir. Dirigen sus pasos, tras comer un bocado de lo que portaban, hacia el embarcadero dónde se hallaba fondeada la vela que los llevará a la galera que a unas millas aguarda. Van cargados los tres amigos, con los petates en los que guardan las pocas pertenencias que han deseado conservar y llevar con ellos. Saben que nunca volverán a pisar la tierra que los vio nacer, ninguno. Arbante y Azogue tienen vedada la vuelta a España, y Boromiro… Boromiro no volverá a su Nápoles natal. Francia, París, alguna calleja de alguna ciudad del país vecino, será sin duda, la que les verá entregar la vida. Sólo les queda un consuelo, están juntos. Juntos comenzaron esta aventura, y juntos sin duda la acabarán.

Todos han estado embarcados alguna vez, en alguna de las múltiples naves que han hecho el trayecto entre las costas holandesas y España retornando de alguna campaña en Flandes, y todos han navegado y luchado en alguno de los bajeles que surcan el mediterráneo. A la mente de Arbante vienen imágenes de combates entre dos galeras No es fácil sobrevivir a menos si una de ellas es turca y mandada por un renegado.

El panorama que ven mientras alcanzan la nave es desolador. Les aguarda una galera de unos 30 remos en cada borda, un palo trinquete y un mayor con las velas latinas recogidas a la espera de su llegada.

Saldrán antes de que termine de despuntar el sol, pues, a pesar de tenerlo planeado con antelación, los "leves" contratiempos sufridos durante el traslado por tierra, les han convencido que cuanto antes partan mejor. Claro que, de fijo, en pleno mar, tendrán batalla. Comprueban, que la galera está artillada con 6 piezas de 6 libras en la banda de proa y artillaba otras 6 piezas distribuidas en el resto.

Los 250 galeotes que se encuentran en sus bancadas tienen el aspecto deplorable que Arbante les recuerda, y completan la dotación otros 150 hombres, entre marinos y gente de guerra. No saben muy bien en que parte irían encuadrados ellos al subir a bordo, aunque es claro que su presencia será por tiempo muy limitado en la misma, en caso de lucha, serán parte de los que mandaran al diablo a turcos y berberiscos.
Desde el muelle abordan a un marinero:

- Marinero, ¿dónde está el Capitán? - pregunta Arbante, el marinero los pasa revista con la mirada antes de dignarse a contestar:
En el castillo de popa, pero anda de muy malas pulgas hoy, así que si vuesas mercedes no desean salir mal parados, no lo molesten mucho.
Gracias.

Suben los tres amigos por la pasarela a la nave y continúan hacia el castillo de popa. Allí les espera Enrique Guzmán, Capitán de la galera de su Majestad "la Intrépida", hombre curtido en el mar, un viejo marino, callado y seco.

- ¿Sois los enviados? - pregunta con marcado acento vascongado.

- Lo somos - responde Azogue.

- Acomodaos, si podeis - dijo señalando el bauprés de proa. Después comenzó a dar las ordenes para levar anclas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario