Saldaña, teniente de alguaciles en el Madrid del cuarto Felipe, acompaña a los tres amigos hasta una posta.
- Que os lleve el diablo, Arbante. Porque si el diablo no os lleva, os llevaré yo. Muy flamenco estáis, y el número de vuestros amigos se reduce - dice, mirando a los dos amigos que revisan las sillas de sus caballos -. Y, o mucho me equivoco, o más se va a reducir.
No contesta Arbante, su cabeza está hecha un torbellino. Los sucesos de las últimas semanas la trastornan, como a sus compañeros. Demasiado tiempo con la parca cerca. Y ahora, la flor de azalea. El conde-duque requiere de su presencia. Y nadie, ni el rey, se reúne con el válido y se va de rositas. Montan en silencio, y toman el camino de Vicálvaro para la carrera a Loeches.
- La puta que lo parió... Cinco leguas... Tengo el culo como una piedra.
- Te haces viejo, Martín. ¿Qué son cinco leguas comparadas con el camino español? Y con postas pagadas con el oro del válido. Que más hubieses querido en Flandes que tener...
- Callaos. Los dos.
Arbante hace callar a los dos amigos, refrenando su montura. Ante ellos se alzan las puertas del palacio del válido en Loeches. Unos criados los esperan, toman sus monturas y los conducen al interior del edificio. Con un gesto de la mano Gaspar de Guzman y Pimentel, verdadero señor de dos mundos, acalla toda presentación.
- Tan sutil como es habitual en vos, Martín.
- ¿Excelencia?
- El hecho de dejar una cabeza francesa en la puerta de la embajada. Sutil. Como un golpe bajo.
- Sí, excelencia - repone el aragonés, sorprendido por la velocidad de los informantes del válido.
- Bien, vayamos al grano, pues tenéis prisa.
Los tres amigos intercambian una mirada de inteligencia. Así que tenemos prisa.
- Después de los últimos... acontecimientos en la Villa me temo que el ambiente en Madrid no va a ser del agrado de vuesas mercedes. Estoy seguro de que estarán deseando cambiar de aires. Dejar Castilla, salir del país. Casualmente hay algo en lo que podrían ayudarme, algo que es de gran interés para mí. Incidentalmente para vuesas mercedes. Y para la monarquía, por supuesto.
Suspira cansado el italiano, se ve de nuevo recorriendo Europa camino de Flandes o el diablo sabe donde. Arbante eleva la vista al cielo, nada hay gratis cuando se ve al válido. Sonríe torcido Martín. Si el válido lo quiere fuera del país, solo hay un país donde es más que un peón en el inmenso juego de ajedrez que juega el ministro de Felipe IV.
- Quizá no hayáis perdido vuestra sutileza después de todo, don Martín - sonríe el válido -. Me agrada, me teníais preocupado.
- ¿A Francia, excelencia?
- A Francia.
Se encaran ambos hombres. Un hidalgo segundón, curtido en mil batallas, que ha visto pasar tres reyes y una multitud de ministros frente a un grande de España, hijo de un virrey, rey de facto de la monarquía católica y de las Indias.
- A Francia... Excelencia, los caminos del norte y de Aragón estarán vigilados, sabéis bien - calla Martín al ver la sonrisa burlona del válido. Suspira tan cansado como el italiano. Sin duda el válido ha podido adelantar más movimientos en esa partida de ajedrez que él. Pero él conoce Francia -... Sí, claro que sabéis bien. ¿Por dónde, excelencia?
- Por Valencia. Galeras del Rey - sonríe el ministro. Y añade socarrón -. Quién os iba a decir a estas alturas, amigos míos. Leventes del Rey Católico, a sus años.
Da dos palmadas el válido y un enjambre de servidores trae un refrigerio que solo devoran el válido, amigo de la buena mesa, y el italiano, siempre fácil de acomodar. Los otros dos amigos permanecen callados, esperando las instrucciones del conde-duque. Deberán partir de Valencia a Génova, pero la galera en la que viajen se desviará lo suficiente como para poder dejarlos con un esquife cerca de Perpiñán, donde el gobernador de la plaza es familiar de don Gaspar. De ahí subirán hasta Val-de-Grâce, donde la reina francesa, Ana de Austria, hermana de Felipe IV de España, se ha exiliado a sí misma, huyendo de la corte y sus intrigas. Deben transmitir un mensaje a la reina. Mensaje escrito que solo puede entregarse en mano y que debe ser destruido si cabe la posibilidad de que caiga en otras manos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario