jueves, 24 de septiembre de 2009

XX

Gregal. Bon vent i barca nova, suelen decir los marinos del Reyno a los que, como ellos, se aventuran en la mar sin un atisbo de esperanza en el regreso. Y soplaba gregal, que los impulsaba ráudos a su destino. Día y medio hacía que partieran desde València, ciudad madre y madrastra que tanto le diera y más le arrebatara. Otros tiempos, tiempos mejores, sin duda.

- Vaya Don Martín, se diría que habéis pasado toda la vida sobre maderos. – la voz raspada y dura de Enrique Guzmán, capitán de “La Intrépida” vuela sobre el estrépito de órdenes, crujidos y chasquidos que su nave emite. Los trapos henchidos con el viento hacen que la galera sea prácticamente invencible y eso le da al vasco para esbozar una media sonrisa, sin alardes.

- Más de la que me hubiera gustado Maese Enrique – sonríe alegre el aragonés mientras pasa su vista sobre la borda de la magnífica nao. Algunas horas antes el semblante del de Azogue, como el de sus dos amigos, no era tan halagüeño, mientras plantados en cubierta y ajenos a todos los movimientos de la galera que milla a milla dejaba atrás la costa valenciana pensaban en el devenir y en si lograrían ver la luz de un nuevo sol. – En según qué naves con más fortuna que en otras, como podréis suponer.

Don Enrique Guzmán asiente grave mientras se mesa los bigotes - el tiempo que pasé bajo las órdenes de vuestro abuelo fueron los mejores, Don Martín. No hay nada como acometer en un esquife al cetáceo, nunca hay dos ocasiones iguales, y quien sale con bien de ello puede decir que es un hombre de verdad. – la expresión del viejo capitán parece ensoñar otros mares orlados de blanca espuma y brocados de altas olas.

El de Azogue sonríe mientras piensa en las vueltas que da la vida. Y las que puede dar, tal y como se preparan los acontecimientos…

Al poco de navegar por el Mediterráneo Boromiro se acercó por la sinuosa balaustrada del castillo de popa hasta donde Martín y Arbante se encontraban, oteando el horizonte, inquietos. Algo en la nao no les acababa de gustar y se mantenían tensos, en guardia.

- Vosotros también lo notáis, ¿verdad? – el acento inconfundible a la vez que irreconocible del italiano los sacó de su particular trance. Los otros asienten mudos mientras las miradas no cesan de volar de la cubierta a las bodegas.

- Demasiado fácil lo pinta el de Olivares – Martín rezonga mientras clava sus ojos grises en la mayor, henchida de buen viento.

- ¿Piensas en una celada en destino, Martín? – Dunia sabe que el instinto del aragonés es más certero que cualquier oráculo de la antigüedad.

- Esto es una cascarón que puede estar lleno de gusanos, y quién sabe si en realidad existe un primo en el Rosselló o por ventura el valido aprovecha el peligro de la mar para deshacerse de tres moscones molestos. – Boromiro sonríe torvo, divertido quizá mientras acaricia la cazoleta de su acero.

La conversación de los amigos se interrumpe brusca cuando Don Enrique Guzmán se acerca, indiferente, y sin detenerse con ellos masculla algo cerca del de Azogue:

- Apezak hobeto!.

Don Martín de Azogue y Galarraga sonríe de medio lado, el ceño fruncido mientras mirando a sus camaradas espeta:

- Zer moduz!

Horas más tarde, en el puente de la nao dos hombres conversan tras un vaso de buen vino blanco de Getaria. Historias de balleneros, de marejadas, tempestades y colosos, de cuando los hombres luchaban a brazo partido con la mar por su enorme tesoro. Cuentos y leyendas sobre fieros indios con mechones tiesos que capaces eran de echarse terraplén abajo antes de dejarse doblegar. Guzmán era tan sólo un grumete en el San Telmo cuando embarcara por primera vez bajo las órdenes de Juan Andrés Galarraga, el abuelo de Martín. Las historias se entrelazan mientras el sol sigue camino del ocaso. Al cabo, Martín sale del puente y se encamina hacia sus compañeros, que aguardan noticias.

- Razón tenéis Guisseppe, al pensar en gusanos. Pero tranquilo, no hay tantos como para preocuparnos. El capitán Guzmán me contó que tres días antes de nuestra llegada recibieron a bordo una docena y media de galeotes procedentes de las cárceles de la Inquisición. Aunque el cupo de remeros estaba completo, las órdenes fueron tajantes; los galeotes tienen que embarcar. La noche antes de hacernos a la mar alguien pagó muy bien al segundo para que hiciera la vista gorda a que ciertos galeotes llevaran las argollas algo más flojas que los demás. Lo que no contaban era con la lealtad de los hombres para con su capitán, y eso es algo que nos beneficia.

- ¿Podemos confiar en el vascón? – Dunia parece inquieta mientras escucha la historia y no ceja de lanzar torvas miradas hacia el puente, donde los marinos siguen el rumbo gracias a las primeras estrellas.

- Confías en mí, y eso debe bastarte – Martín no sonríe al decir esto - Los balleneros son un gremio muy cerrado, y saben reconocerse según ciertos secretos. Sin duda, el saludo de los Galarraga a mi me basta, y debería bastarte.

Arbante y Boromiro asienten sin mirarse. Pocas veces se dio que el de Azogue tomara decisiones en vano. Mientras, el aragonés prosigue - Esta noche, si a vuestras mercedes les place, sanearemos el cascarón aplicando brea y pez a los agujeros, y a los gusanos les echaremos azufre, para asfixiarlos. El contramaestre Arruabarrena tiene órdenes de contener a los demás galeotes. Y como ya os expliqué, si no nos damos maña en hacerlo puede que consigamos ver el sol mañana.

La limpieza fue más fácil de lo esperado, los hombres de Arruabarrena tenían separados del resto a los truhanes, que si bien sospechaban de la celada no pensaron en que los tres amigos les cayeran por sorpresa y así no lograron mostrar el acero. Reducidos en cubierta, poco tardaron en largar quienes eran los que pagaban su hazaña. La oscura fuerza eclesiástica seguía moviendo sus garras a la par que el de Olivares y ello les demostró que la misión era algo más que hacer de vulgar cartero. El plan finalizaba en cuanto hollaran las playas del Rosellón, ya que serían presos por la guardia del Cardenal, que permanecía alerta desde hacía varios días.

Entre el tumulto de voces y juramentos la imperiosa voz del capitán Guzmán se volvió a alzar, acallando el ruido hasta tornarlo en murmullo.

- Y ahora, ¿qué hacemos? Mal que me pese Don Martín, no puedo levantarme contra mi Señor el Rey. Debo llegar a Génova en el plazo estipulado.

- Deberíamos tomar caminos diferentes, y a fe que si estuviéramos en tierra volveríamos grupas deseando volver a encontrarnos en cualquier posada. Pero en medio de la mar, pocas salidas nos quedan. – se cruzan graves las miradas de ambos, mientras el de Arbante asiente lentamente.

- Si me permitis – la voz de Boromiro se eleva en medio de la conversación – quizá tengamos algo de suerte. De cierto me precio de conocer bastante bien las aguas de nuestro mar, ya que si bien no llegué a enfrentarme con los fabulosos cetáceos allá en la Terranova, bien he podido saborear otros triunfos a bordo de raudos bajeles. Y sé que cerca de estas costas, como vos conoceréis se encuentra la Columbreta, ¿Por ventura habéis estado en dicho enclave maese Guzmán?

- ¡Arrayua muchacho! – el vasco muda la color y sus facciones se endurecen. Quizá en una taberna a orillas del mar estaría cerca de darle un par de capirotazos tan sólo por insinuar aquello, pero allí todos estaban arrimando el hombro, aunque de extrañas maneras- Tan sólo se puede conocer la Columbreta de una forma, y nada honesta si me permitís decirlo. Y antes de que os ofusquéis e intentéis mostrarme cuán bien domináis el acero- el italiano calmó su primer nervio- os diré que si, sé donde se encuentran, y sin tener que desviarnos en demasía podemos alcanzarla antes de que amanezca. Pero no puedo arriesgar mi barco y mis hombres en un combate que ciertamente podría perder.

- No os puedo pedir que confiéis en mi capitán, pero sé que Don Martín si lo hará. – sonríe torvo el italiano mientras vuelve a reposar su mano enguantada en la cadera, no muy lejos del frío acero.

- Pide lo que necesites Giussepe. Yo respondo tanto de ti como de Arbante ante la tripulación. – el vasco acepta la garantía dada por Azogue. - Al amanecer entraremos en la Columbreta.

Ahora tan sólo necesito un espejo no muy grande. Y suerte, para que no amanezca nublado. – ríe el italiano mientras la noche cae sobre la galera.

La maniobra fue más sencilla de lo que pensaban. Tal y como Giuseppe esperaba, dentro de la caldera del antiguo volcán medio sumergido dos bajeles fondeaban esperando el momento de lanzarse sobre la costa valenciana. La isla, parte de un pequeño archipiélago volcánico no disponía de agua ni de víveres, por lo que nunca llegó a interesar a nadie más que a los berberiscos. El corso tenía esa base desde hacía mucho tiempo y Giuseppe lo sabía, aunque no dijera como. También recordaba el viejo lenguaje de destellos, que le valió el poder embarcar en uno de los barcos berberiscos.

Tras varias horas de espera con la Intrépida artillada y dispuesta, el italiano volvió a la galera. Sonreía, pícaro mientras les explicó a los otros el trato al que había llegado con los corsarios. Un bajel los acercaría hasta Francia y a cambio, una nadería, docena y media de esclavos de buena clase para los mercados africanos. Aun podía ver el brillo en los ojos del capitán kabilio cuando estrecharan la mano…

Cuando la galera se perdió en el horizonte, los tres compañeros respiraron levemente. El bajel berberisco llevaba otro rumbo, no muy diferente al cabo. Si Olivares quería que fueran a Francia, irían, no faltaba más.

Tras varios días de buena mar el bajel izó bandera y, dejando atrás la Isla de If, comenzó a embocaba el Vieux Port de la antigua Focea. Marsella les esperaba.

martes, 1 de septiembre de 2009

XIX

Valencia, en el grao ... al fondo una galera espera a los tres amigos. El viaje ha sido peligroso, como era de esperar, y ahora, la mar. La noche anterior la habían pasado en una vetusta alquería cercana a la playa, haciendo guardia por turno no se fían los amigos. Años de experiencia recomiendan no hacerlo. No han dormido, los tres saben que, aún no siendo su turno, los otros dos estuvieron con un ojo abierto y otro cerrado, disimulando, perdidos en sus propios pensamientos, en sus propios fantasmas, aventurando, tal vez, lo que podría suceder a partir del siguiente día.

Cuando comenzó a clarear el día, los tres se hallaban levantados y dispuestos a partir. Dirigen sus pasos, tras comer un bocado de lo que portaban, hacia el embarcadero dónde se hallaba fondeada la vela que los llevará a la galera que a unas millas aguarda. Van cargados los tres amigos, con los petates en los que guardan las pocas pertenencias que han deseado conservar y llevar con ellos. Saben que nunca volverán a pisar la tierra que los vio nacer, ninguno. Arbante y Azogue tienen vedada la vuelta a España, y Boromiro… Boromiro no volverá a su Nápoles natal. Francia, París, alguna calleja de alguna ciudad del país vecino, será sin duda, la que les verá entregar la vida. Sólo les queda un consuelo, están juntos. Juntos comenzaron esta aventura, y juntos sin duda la acabarán.

Todos han estado embarcados alguna vez, en alguna de las múltiples naves que han hecho el trayecto entre las costas holandesas y España retornando de alguna campaña en Flandes, y todos han navegado y luchado en alguno de los bajeles que surcan el mediterráneo. A la mente de Arbante vienen imágenes de combates entre dos galeras No es fácil sobrevivir a menos si una de ellas es turca y mandada por un renegado.

El panorama que ven mientras alcanzan la nave es desolador. Les aguarda una galera de unos 30 remos en cada borda, un palo trinquete y un mayor con las velas latinas recogidas a la espera de su llegada.

Saldrán antes de que termine de despuntar el sol, pues, a pesar de tenerlo planeado con antelación, los "leves" contratiempos sufridos durante el traslado por tierra, les han convencido que cuanto antes partan mejor. Claro que, de fijo, en pleno mar, tendrán batalla. Comprueban, que la galera está artillada con 6 piezas de 6 libras en la banda de proa y artillaba otras 6 piezas distribuidas en el resto.

Los 250 galeotes que se encuentran en sus bancadas tienen el aspecto deplorable que Arbante les recuerda, y completan la dotación otros 150 hombres, entre marinos y gente de guerra. No saben muy bien en que parte irían encuadrados ellos al subir a bordo, aunque es claro que su presencia será por tiempo muy limitado en la misma, en caso de lucha, serán parte de los que mandaran al diablo a turcos y berberiscos.
Desde el muelle abordan a un marinero:

- Marinero, ¿dónde está el Capitán? - pregunta Arbante, el marinero los pasa revista con la mirada antes de dignarse a contestar:
En el castillo de popa, pero anda de muy malas pulgas hoy, así que si vuesas mercedes no desean salir mal parados, no lo molesten mucho.
Gracias.

Suben los tres amigos por la pasarela a la nave y continúan hacia el castillo de popa. Allí les espera Enrique Guzmán, Capitán de la galera de su Majestad "la Intrépida", hombre curtido en el mar, un viejo marino, callado y seco.

- ¿Sois los enviados? - pregunta con marcado acento vascongado.

- Lo somos - responde Azogue.

- Acomodaos, si podeis - dijo señalando el bauprés de proa. Después comenzó a dar las ordenes para levar anclas.

lunes, 18 de mayo de 2009

XVIII

Saldaña, teniente de alguaciles en el Madrid del cuarto Felipe, acompaña a los tres amigos hasta una posta.

- Que os lleve el diablo, Arbante. Porque si el diablo no os lleva, os llevaré yo. Muy flamenco estáis, y el número de vuestros amigos se reduce - dice, mirando a los dos amigos que revisan las sillas de sus caballos -. Y, o mucho me equivoco, o más se va a reducir.

No contesta Arbante, su cabeza está hecha un torbellino. Los sucesos de las últimas semanas la trastornan, como a sus compañeros. Demasiado tiempo con la parca cerca. Y ahora, la flor de azalea. El conde-duque requiere de su presencia. Y nadie, ni el rey, se reúne con el válido y se va de rositas. Montan en silencio, y toman el camino de Vicálvaro para la carrera a Loeches.

- La puta que lo parió... Cinco leguas... Tengo el culo como una piedra.

- Te haces viejo, Martín. ¿Qué son cinco leguas comparadas con el camino español? Y con postas pagadas con el oro del válido. Que más hubieses querido en Flandes que tener...

- Callaos. Los dos.

Arbante hace callar a los dos amigos, refrenando su montura. Ante ellos se alzan las puertas del palacio del válido en Loeches. Unos criados los esperan, toman sus monturas y los conducen al interior del edificio. Con un gesto de la mano Gaspar de Guzman y Pimentel, verdadero señor de dos mundos, acalla toda presentación.

- Tan sutil como es habitual en vos, Martín.

- ¿Excelencia?

- El hecho de dejar una cabeza francesa en la puerta de la embajada. Sutil. Como un golpe bajo.

- Sí, excelencia - repone el aragonés, sorprendido por la velocidad de los informantes del válido.

- Bien, vayamos al grano, pues tenéis prisa.

Los tres amigos intercambian una mirada de inteligencia. Así que tenemos prisa.

- Después de los últimos... acontecimientos en la Villa me temo que el ambiente en Madrid no va a ser del agrado de vuesas mercedes. Estoy seguro de que estarán deseando cambiar de aires. Dejar Castilla, salir del país. Casualmente hay algo en lo que podrían ayudarme, algo que es de gran interés para mí. Incidentalmente para vuesas mercedes. Y para la monarquía, por supuesto.

Suspira cansado el italiano, se ve de nuevo recorriendo Europa camino de Flandes o el diablo sabe donde. Arbante eleva la vista al cielo, nada hay gratis cuando se ve al válido. Sonríe torcido Martín. Si el válido lo quiere fuera del país, solo hay un país donde es más que un peón en el inmenso juego de ajedrez que juega el ministro de Felipe IV.

- Quizá no hayáis perdido vuestra sutileza después de todo, don Martín - sonríe el válido -. Me agrada, me teníais preocupado.

- ¿A Francia, excelencia?

- A Francia.

Se encaran ambos hombres. Un hidalgo segundón, curtido en mil batallas, que ha visto pasar tres reyes y una multitud de ministros frente a un grande de España, hijo de un virrey, rey de facto de la monarquía católica y de las Indias.

- A Francia... Excelencia, los caminos del norte y de Aragón estarán vigilados, sabéis bien - calla Martín al ver la sonrisa burlona del válido. Suspira tan cansado como el italiano. Sin duda el válido ha podido adelantar más movimientos en esa partida de ajedrez que él. Pero él conoce Francia -... Sí, claro que sabéis bien. ¿Por dónde, excelencia?

- Por Valencia. Galeras del Rey - sonríe el ministro. Y añade socarrón -. Quién os iba a decir a estas alturas, amigos míos. Leventes del Rey Católico, a sus años.

Da dos palmadas el válido y un enjambre de servidores trae un refrigerio que solo devoran el válido, amigo de la buena mesa, y el italiano, siempre fácil de acomodar. Los otros dos amigos permanecen callados, esperando las instrucciones del conde-duque. Deberán partir de Valencia a Génova, pero la galera en la que viajen se desviará lo suficiente como para poder dejarlos con un esquife cerca de Perpiñán, donde el gobernador de la plaza es familiar de don Gaspar. De ahí subirán hasta Val-de-Grâce, donde la reina francesa, Ana de Austria, hermana de Felipe IV de España, se ha exiliado a sí misma, huyendo de la corte y sus intrigas. Deben transmitir un mensaje a la reina. Mensaje escrito que solo puede entregarse en mano y que debe ser destruido si cabe la posibilidad de que caiga en otras manos.