viernes, 29 de noviembre de 2002

IV

Después de la última partida Don Francisco de Quevedo acudió las siguientes noches al figón de la Cava Alta en busca de noticias y no fue hasta la cuarta víspera que alcanzó a ver en una mesa del fondo a Giusseppe Boromiro. Se hallaba enfrascado en una intensa conversación con Maese Vicuña y Juan de Villena sobre las virtudes y defectos de la orfebrería persa frente a la flamenca. El poeta esperó a que Boromiro le viera, pero este no se inmutó y siguió con la charla.

- ¡Exasperante! - pensó Quevedo mientras resignado se acercaba a la mesa donde fue recibido con vítores por los contertulios.

- No podéis llegar en mejor momento Don Francisco - dijo Villena mientras le ofrecía un vaso de Valdeiglesias al poeta, que este se vació de un trago al coleto - pues sin duda respaldareis mi postura sobre los artesanos persas de antaño.- Juan de Villena era un mercader valenciano que ponía igual pasión en cualquier plática que en cerrar el trato más ventajoso para su casa.

- En gran estima os tengo Don Juan, pero en este asunto debo posicionarme con Maese Vicuña en la defensa de los flamencos, pues si grande fue la ciencia de los persas, los flamencos la superan con creces. ¿Y que piensa de esto Il Signore di Biancatorre? - le espetó Quevedo al italiano acompañando la pregunta con una mirada cómplice.

- Pues ni una ni otra, que aun a riesgo de ser tomado por un blasfemo he de decir que no hay mejores orfebres que los hijos de Moisés.

- ¡Cuidado Boromiro! - le susurró Maese Vicuña, - hoy día las paredes tienen ojos y los suelos oídos -

- Si, y no están los tiempos como para soltar semejantes ligerezas, más después de lo acaecido la noche de ayer - añadió Juan de Villena.

- Contadme pues, caballeros, que nuevas hay en los mentideros pues anduve atareado en mi casa y hasta ahora no piso la rúa - se interesó Quevedo dándose aire de indiferencia.

- Se dice que anoche entraron quince hombres armados en casa del Secretario Alquézar y le amenazaron de muerte - continuó Juan de Villena - mataron a cuatro criados y le robaron casi ochocientos ducados -

- ¡Bien merecido se lo tiene el muy canalla! - apostilló Maese Vicuña.

Don Francisco echó una mirada al italiano pero el rostro de este seguía impertérrito, hasta que dijo:

- Señores, habrán de disculparnos pero Don Francisco y yo tenemos ciertos sonetos que revisar - dijo, y lanzó una mirada a los dos compañeros que al punto comprendieron.

- Si, mejor será que me retire pues recibo mañana una remesa de paños de Flandes y hay que estar despabilado para el triaje - dijo Juan de Villena levantándose - ¡Venid Maese Vicuña! Por el camino seguiremos discutiendo sobre anillos, collares y gemas varias - continuó el valenciano llevándose por el brazo a un Vicuña medio achispado que cogió para el camino media de Valdemoro, por el frío.

Cuando estos se hubieron marchado Don Francisco se echó otro trago de vino al cuerpo y le espetó a Boromiro:

- ¡Pardiez que forma tenéis de solucionar los problemas! Si ya tenía media corte en mi contra ahora voy a tener que exiliarme en Oran -

- No digáis barbaridades Maese Quevedo, si no queréis encontraros con algo que no os esperáis - musitó el italiano mientras arqueaba las cejas.

- Bien sabe vuesa merced que no le temo a ningún encuentro - empezó a decir el poeta mientras se llevaba la mano al puño de la vizcaina cuando la mano de Dunia de Arbante se posó suave pero firme sobre su hombro.

- Guardad vuestras energías para otra ocasión Don Francisco, pues Boromiro no ha querido ofenderos - dijo mientras pasaba su mirada por el figón como en busca de alguien. El napolitano lo advirtió y le dijo:

- Ya debería estar aquí. No es normal que tarde tanto-

- ¿Por ventura habláis de mi compañero de juego? - preguntó Quevedo con voz queda.

- Del mismo. Esta mañana vino a verme un novicio franciscano con una nota de Martín de Azogue pidiéndome que me reuniera con él aquí a la hora nona - respondió la Arbante.

- Lo mismo me trajo aquí a mí, aunque con diferente heraldo - añadió Boromiro sonriéndose, pues la barragana que le había entregado la nota era todo menos novicia.

- ¡Voto a tal! ¿Y entonces hasta cuando estaremos esperando? A estas alturas medio Madrid estará detrás de nuestra pista - exclamó Quevedo mientras se servía otro generoso trago de Valdeiglesias.

- No temáis sino de lo que en verdad es inevitable - dijo una voz a espaldas del poeta. Allí, plantado y con las botas embarradas se hallaba Martín de Azogue, la capa mojada, perlada la frente de sudor y con sus castaños cabellos arremolinados por el chapeo del que acababa de despojarse. Sus ojos gris plomo fueron rápidamente del italiano a la mujer, y se posaron en el poeta. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

- ¡Martín! - dijo Boromiro - ¿Qué nuevas nos traes?

- Dejad primero que me eche algo en el cuerpo, pues llevo casi un día entero sin probar bocado. ¡Cabeza de Vaca! ¡Trae aquí un buen plato de jamón de ese que guardas en la bodega, y un cántaro de Valdemoro, que el polvo del camino me ha dejado sin gusto! -

Don Francisco de Quevedo cada vez estaba más impaciente, y se le notaba en los gestos. Sin embargo, dejó que el aragonés comiera un par de bocados para lanzarse a degüello.

- ¡Qué noticias traéis! Supongo que tampoco sabréis nada sobre el robo en casa de Alquézar -

- Os equivocáis Maese Lamparón - le contestó el aragonés con sorna, y prosiguió haciendo caso omiso de los aspavientos y juramentos que el poeta soltaba - quién cometió el robo conocía muy bien nuestros movimientos de anoche, y sabía que la casa estaría desguarnecida -

- Pero no lo estaba - interrumpió Boromiro - pues se habla de cuatro muertos.

- Es normal que estuvieran en la casa, pues cuando salimos nosotros volvieron los criados - dijo la Arbante - lo que no creo es que fueran quince los asaltantes -

- Creéis bien Arbante, puesto que tan sólo fueron dos los que entraron detrás de nosotros - continuó Azogue - Pues cuando me separé de vosotros me dejé caer por el patio de la casa, y allí vi a los primeros criados que entraban. Y también vi a unos viejos conocidos, gente de San Ginés, que se enfilaban por medio de un portillo en el interior de la casa. Esperé allí hasta que los vi salir, y al poco de seguirlos me llevaron justo donde me temía.

- ¿Dónde pues? - preguntó Quevedo con evidentes signos de excitación.

- Al Convento de La Victoria - repuso Martín de Azogue sin inmutarse.

- Mal asunto - dijo el italiano torciendo la cara.

- Cada vez comprendo menos - exclamó el poeta mesándose exasperado los cabellos - ¿Qué tienen que ver las monjas con esto?

- No sólo las monjas habitan en La Victoria mi querido amigo - respondió la Arbante con el rostro sombrío - También allí vive en olor de santidad Fray Emilio Bocanegra.

- ¡Fray Emilio Bocanegra! - susurró el poeta quitándose con un gesto nervioso los lentes - Eso quiere decir que...

- Si, quiere decir que tras este feo asunto está la zarpa de La Garduña - concluyó Martín de Azogue.

- En tal caso, ¡sólo queda que batirnos! - exclamó Don Francisco levantándose.

- Tranquilícese vuesa merced que tiempo habrá para mostrar la toledana - calmó la Arbante al poeta que ya se levantaba con aviesos ánimos.

- ¿Y desde anoche hasta ahora donde anduviste? - preguntó Boromiro que cada vez estaba más interesado en el asunto.

- Esperé al cobijo de los porches de la calle de la Montera hasta que salieron los jácaros. Encaminaron sus pasos hacia unas cuadras cercanas y volvieron grupas hacia Alcalá. No me costó trabajo hacerme con una montura, y seguirlos fue casi un juego - rió Martín, quien evidentemente disfrutaba haciendo rabiar al poeta, que nuevamente interrumpió la narración,

- ¡No puedo seguir un minuto más escuchando las necedades de este bruto! Os considero mis amigos así que espero que me hagáis costado en esta refriega -

- ¡Refriega! - se jactó Boromiro - Mi buen Don Francisco, no es a una escuadra de tudescos a quien tenemos delante, os lo garantizo -

- Bueno, dejad la charla vosotros dos - cortó la Arbante con un gesto adusto, lleno de preocupaciones. Primero Alquézar y ahora Bocanegra, el pasado se volvía a encontrar. - Seguid con la historia, Azogue- le instó al aragonés.

- Bien, el caso es que a unas cuantas leguas de Madrid nuestros amigos entraron en una majada, donde según pude ver aguardaban diversos personajes - continuó Azogue - entre los que se encontraba cierto duque de infausto recuerdo para vos, Arbante-

- ¡Y que hizo vuesa merced! - exclamó Quevedo entre hipidos - ¡A fe que adornáis más la historia que ese bardaje de Góngora! - dijo mientras un nuevo trago de vino avanzaba hacia las tripas del poeta. Se le notaba más nervioso por momentos, y más intoxicado a medida que el relato avanzaba.

- Simplemente esperé a que la tertulia acabara y seguí a los facinerosos de vuelta a la Villa - respondió Azogue.

- No creo que os dijeran de buen grado ni un padrenuestro - replicó Boromiro.

- Por cierto que no, ya conocéis sus maneras. Tuve que insistir mucho y hacer grandes mercedes para que al fin se decidieran a hablar - rió Martín, y sus compañeros supusieron cual había sido la suerte de esos miserables.

- Lo cierto es que La Garduña no es enemigo baladí - replicó la Arbante - y su poder llega hasta lugares donde es mejor no hurgar -

- De todas maneras ya estamos metidos hasta el cuello en el asunto - replicó Martín de Azogue - uno de los criados de Alquézar les confesó muerto de miedo la visita de cierto caballero a su amo horas antes -

- ¡Voto a tal! ¿ Habremos de esperar sentados a que se nos echen encima todos los baladrones de Madrid? - interrumpió el poeta, dejando caer su mano sobre el pomo de la toledana - ¡Vayamos donde el Duque de Guadalmedina! Él sabrá que hacer -

- ¿Acaso el blanco licor turba vuestro juicio? - le espetó Giusseppe Boromiro dando un puñetazo sobre el roble y esparciendo el poco vino que aun quedaba en el pocillo de Azogue- No es este el momento de decidir que hacer. Guardaos de acudir a ningún cuello noble y no pise vuesa merced la calle durante unos días, hasta que nosotros tengamos algo en donde agarrarnos -

- A fin de cuentas sois vos quien tiene más que perder - remató la Arbante.

Martín de Azogue ayudó al poeta a ponerse el capote mientras lo encaminaba hacia la puerta del figón. Don Francisco de Quevedo, muy fastidiado, daba voces incitando a batirse a los pocos clientes que andaban aun por el recinto. Dunia de Arbante, mirando fijamente a los azules ojos del italiano, le inquirió:

- ¿Cuál es el siguiente paso, Boromiro?

lunes, 18 de noviembre de 2002

III

- ¿Podemos hacer algo por vos? – pregunta.

- ¿Lo haríais? – respondió el escritor al que un rayo de esperanza iluminó la mirada – creí que vos...

- No hurguéis, don Francisco, - replico Arbante – que somos amigos y hay confianza, pero...

- Bien, pues si vuesas mercedes quisieran hacerme el favor de recordar a ese maldito Alquezar que él, precisamente tiene mucho por lo que callar y recordarle cierto libro verde que, convenientemente guardado, puede aparecer en un determinado momento como las cosas no sigan corriendo en esos buenos tiempos para la causa de la Torre de Juan Abad...

- Creí que se lo habíais entregado cuando aquel Auto de Fe tan, ¿cómo decirlo? ¿inoportuno?, en la Plaza Mayor – replicó Azogue.

- ¿Acaso me creéis tan idiota? ¡Pardiez que esta noche estáis por poner a prueba nuestra amistad! – contestó el poeta volviendo a llevar su mano a la cadera.

- ¡Paz, señores! – exclamó Boromiro – nadie está intentando ofenderos, señor mío, pero bien es cierto que yo también pensé que le disteis el libro – dijo en tono conciliador.

- Cierto, yo también – apuntilló Dunia - ¡y dejad ya de echar mano a la blanca, ¡voto a tal!, que estáis entre amigos y amigos que os quieren ayudar! Que si de pendencias se trata, rompemos la baraja y sálvese el que pueda – continuó con evidente desagrado dirigiendo su mano diestra a la espalda.

- Perdón, perdón mis buenos amigos, pero el desasosiego nubla mis facultades en estos días – respondió el poeta.

- ¿Sólo el desasosiego? – preguntó Azogue zumbón – añadidle unas cuantas jarras de, como vuesa merced diría, el divino néctar de Baco, o como diríamos nosotros, vino de Valdemoro y acertareis.

- Ya está bien, Martín, dejad a nuestro poeta tranquilo. Y vos no os preocupéis, dejad en nuestras manos vuestra causa. No en vano, si hemos luchado por cosas que no nos importaban, ¿cómo no hemos de hacerlo por un amigo? – comentó Arbante.

- Eso, eso. Dejad ya de hablar y juguemos – dijo Boromiro – que estamos en racha y deseo vaciaros la bolsa, caballeros.

- Gracias, amigos. Bien, ¿cuándo será el evento? – preguntó el poeta.

- No queráis detalles – respondió Arbante – cuanto menos sepáis, más seguro estaréis. Dejadnos a nosotros. En cuanto a la partida, creo que debemos darla por finalizada esta noche, amigos. La reanudaremos cuando cierta persona pueda pagar unos Valdemoros a la salud de cierta Torre – añadió levantándose y embozándose en su capa.


Los tres amigos salieron del figón dejando pensativo al poeta. Todos sabían que, cuando Arbante decidía ponerse a manejar el acero era temible y era mejor no estorbar. Por eso dejaron la partida, tenían cosas que preparar para ayudar a don Francisco y era seguro que ella tenía un plan. Y si ella tenía un plan, Alquezar podía temblar, pues ni la Santa Inquisición podría salvarlo.

- ¿Qué ha querido decir don Francisco? – preguntó mosqueado Azogue.

- Don Francisco y yo nos conocemos hace mucho, amigos. El conoce mi historia. A eso se refería – replicó fría Arbante.

- ¿Y en esa historia tiene algo que ver Alquezar? – apuntó Boromiro – porque si es así, intuyo algo más que el deseo de ayudar a un amigo.

- Efectivamente, algo tiene que ver. Pero la venganza es un plato frío, amigos y yo lo he dejado enfriar mucho – respondió fría y cruel.


Sus dos compañeros conocían bien tanto el tono como el brillo en los ojos de aquella brava mujer. Fuera cual fuera el plan que hubiera elaborado, Alquezar lo iba a pasar muy mal, eso era seguro.

El plan de Arbante no era muy complicado, entrar en casa del secretario real y del resto se encargaba ella.

Tres noches después de la
conversación en el figón, cuando la luna salió detrás de unas nubes, y en el reloj de la torre del convento de las Carboneras se escucharon las doce, se pudo ver a los tres amigos recorriendo embozados el camino hacia la casa de Alquezar.

Azogue y Boromiro, convenientemente preparados con los coletos, las blancas y las vizcaínas, se colaron en la casa. Arbante, envuelta en su capa y con el chapeo calado hasta los ojos, entró detrás. Por una de esas casualidades, que los dos hombres estaban seguros de que no era tal y si alguien les hubiera preguntado hubieran jurado que se debía a ella, la casa estaba sin servicio aquel día.

Mientras los dos hombres revisaban la casa, ella esperaba chapeo y capa en mano. Llevaba una limpia camisa blanca, y en verdad estaba bella, aunque alguien que no la conociera, al verla hubiera podido decir que acababa de llegar del mismo infierno.

- Hemos mirado por todas partes, - dijo Azogue – no hay nadie en la casa.

- ¿Estáis loca acaso? – preguntó Boromiro - ¿Cómo se os ocurre?

- Mis razones tengo, maese Boromiro, mis razones tengo – respondió con voz fría y cruel en un susurro Arbante – Oigáis lo que oigáis no os preocupéis, ni subáis las escaleras. Desde aquí el resto es cosa mía. Cuidad de que nadie nos moleste, al caballero y a mí mientras mantenemos una pequeña charla.

- Así se hará – respondieron ambos. Sabían que cuando ella hablaba así mejor era no llevarle la contraría o, amistad o no amistad, acabarían con dos palmos de acero en alguna parte de su cuerpo.


Subió las escaleras hacia la habitación de Alquezar. Con mucho tiento entró y se acercó a la cama donde este dormía. Encendió la vela que llevaba con ella y tapó la boca del secretario. Al notar que le faltaba el aire, abrió los ojos y su rostro perdió la sangre y se le desencajó la mirada, como si hubiera visto un fantasma. Y en verdad lo había visto, o quizá se pudiera decir que había visto al mismo diablo. Porque hacia muchos años que creía que ella estaba muerta.

- ¿Sorprendido? – Alquezar agitó la cabeza – como ves no estoy muerta, pero tú puedes estarlo de aquí a poco. No, no te voy a matar yo, aunque me gustaría, pero hay cierto libro verde – Alquezar se sacudió – veo que lo recuerdas, sí ese libro en el que estás pensando, lo que tienes ahí guardado – dijo dirigiendo la mirada hacia donde miraba Alquezar – no es si no una mala copia. El original está a buen recaudo y si no dejas de molestar a mis amigos, ese libro saldrá a la luz, y no sé que me daría mayor gusto, si matarte ahora o verte hundido.
Creo que lo segundo me placería más. Pero no me provoques con lo primero, que también lo haría – dijo casi en un susurro. Alquezar vio los fríos ojos de la mujer clavados en él y comprendió que aquello era muy real y que hablaba muy en serio. – Bien te dejo para que reflexiones, pero piensa que, al igual que he entrado hoy, puedo entrar cualquier otro día. ¡Ah! Y no te molestes en intentar utilizar la daga que escondes bajo la almohada, no llegarías a acercarte a mí. – apagó la vela y salió de la habitación bajando las escaleras.

- ¿Qué ha pasado ahí arriba? – preguntó Azogue.

- Asunto resuelto, vayámonos de aquí. – respondió Arbante.

miércoles, 30 de octubre de 2002

II

- ¡Que me place el encontraros tan bueno, señor de Quevedo!

- Tanto como a mí, signore di Biancatorre. Y en magnífica compañía... mis respetos, señor de Arbante -contesta el aludido, saludando galante al levantarse.

Dunia de Arbante masculla una poco femenina maldición para su embozo. Quevedo sabe de su doble identidad, de su necesidad de ocultarse tras la apariencia de un hombre, pero aún así se obstina en dedicarle una cortesía más propia de las delicadas flores de la corte de los Austrias que la debida entre hombres de bien... y además llamándole "señor". Obstinación que le ha costado a más de un entrometido y gracioso matasiete el encontrarse con un palmo de buen acero de Toledo en el pecho o donde pluguiera a Dios, que a fin de cuentas una estocada es una estocada y el diablo la acepta como salvoconducto al infierno se porte donde se porte.

- ¿Noche de desencuadernada, señor de Quevedo? - pregunta Martín de Azogue, despojándose de capa y sombrero.

- Para eso estamos. ¡Cabeza de Vaca! ¿Dónde esta ese Valdemorillo? Y ya puestos acercad el libro real, que estos compañeros traen hambre de lecturas.

Desencuadernada, libro real, mil malos nombres que los españoles de la época dedicaban a la baraja de cartas, verdadera religión en la que nobles y villanos se dejaban dineros y honra entre peses a tal y votos a Cristo en el Madrid del cuarto Felipe.

El buen Cabeza de Vaca se acerca a la mesa con una jarra llena del caldo de las viñas de Valdemoro y cuatro pocillos de barro. Murmurando en voz baja, más por salvar las apariencias que por otra cosa, una advertencia sobre la última pragmática que Olivares había hecho firmar al Rey prohibiendo el juego, deja una baraja sucia de mil manos sobre la mesa. Y una bandeja con algo de queso y fiambres, que malo es beber sin tener algo en el estómago. La partida empieza, los naipes y las maldiciones vuelan, el dinero va cambiando de manos y la conversación se anima.

- ¿Hay algo nuevo con respecto a la Torre de Juan Abad? - pregunta el italiano en un castellano lento pero fluido, entreverado de varios acentos tan meridionales como su Nápoles natal.

- ¿Qué ha de haber? Las cosas de palacio van despacio, y más cuando no se puede recurrir al poderoso caballero...

- ¿Olivares? - interrumpe Azogue.

- ¿Padrinos? - le sigue Arbante.

- ¿Acero? - continua Boromiro.

Ríen los cuatro amigos una vieja broma a cuenta del soneto que el de Quevedo dedicó al poderoso caballero don Dinero. Ríen los cuatro, aunque la risa del escritor es forzada, más de respeto hacía sus compañeros que de buenos recuerdos. Los naipes siguen moviéndose en la mesa. Las bolsas de Azogue y Quevedo, compañeros en la partida, pierden peso de forma constante, creciendo de forma pareja las de la mujer y el napolitano. Viendo al escritor más fuera del juego que dentro, el aragonés, Azogue, se dirige a este.

- Algo os traéis entre manos, don Francisco. Parecéis distraído.

- ¡Por los clavos de Cristo! Estad a lo que debéis estar, pardiez.

- No es gritando que haremos los puntos, amigo mío - responde Martín de Azogue -. Y me estáis costando una pequeña fortuna. No ando tan boyante como vos y...

- ¿Y de donde saca vuesa merced que yo ando boyante?

La diestra cerrada en un puño en la cadera mientras la mano izquierda se llega hasta el pomo de la espada, el pecho erguido, la mandíbula adelantada, los ojos centelleantes. Todo el cuerpo de Francisco de Quevedo adopta una pose de desafío, el de Azogue ha tocado un tema delicado sin saberlo.

- Vamos, vamos, señores, paz.

- ¿A qué estos gestos? Estamos entre caballeros - asegura Dunia de Arbante -... en cierta forma.

Martín de Azogue levanta ambas manos, apaciguando al airado escritor. Otra persona que hubiese entonado con ese tonillo chusco el "vuesa merced" difícilmente habría dicho algo más que reclamar una última confesión a gritos, pero una larga amistad ata a los dos hombres, y Azogue cree ver algo más tras las palabras de Quevedo.

- Válgame el cielo, disculpadme, amigo mío. ¡Por todos los ...! Son éstos días duros para mí, amigos míos. Sabían vuesas mercedes que en el pleito por la Torre de Juan Abad corrían hace meses buenos tiempos para mi causa, bien engrasada con algo de sonante para las medianías de palacio y algunos sonetos de balde para
las gentes principales.

- Llevo meses fuera de la corte - contesta Arbante -. Acabo de llegar de Asturias y aún no he tenido tiempo de enterarme de nada. ¿Qué ha ocurrido?.

- Yo llevo casi un año en Zaragoza, ayudando a mi padre en un mal asunto con el justicia mayor. Tampoco sé nada.

- Mi casa en los últimos meses ha sido el Camino Español entre Flandes y Milán, como correo al servicio de Espínola - aduce Giusseppe Boromiro -. Nada sabemos de vuestras cuitas, señor mío. ¿Qué decís?.

- Digo que esa basura de Alquézar, el secretario de Olivares, anda por buscarme las cosquillas desde un asunto que tuvimos con relación a una desdichada familia valenciana que... bueno, no viene al caso. Ese malnacido sabe que no me convienen escándalos en estos momentos, y ha hecho circular el rumor de que mi sangre es tan impura como la de ese bujarrón de Góngora. Bujarrón, ahembrado y marrano, que sé de buena tinta que sus padres celebraban el sábado y le tenían tanta aversión al cerdo que...

En aquella España turbulenta, donde un abuelo vascongado o asturiano bien documentado podía comprarse con doblones de a ocho y donde era mejor parecer cristiano viejo que serlo; en aquella España hipócrita y cainita, capaz de expulsar a sus propios hijos o hacerlos matar en Europa por asuntos de religión que de bien poco le iban a servir; en aquella España fascinante y doliente, en suma, cualquier rumor sobre sangre judía o mora en las venas de un hombre podía dar al traste con la carrera más prometedora o la vida más honrada.

Un juramento en buen italiano acompañado de un puñetazo sobre la mesa ha interrumpido al señor de Quevedo. La faz, ya de por sí oscura, del napolitano ha adquirido un tono carmesí que presagia problemas. Hablarle de pureza de sangre es buscarlo y encontrarlo. Sangre árabe en sus negros cabellos rizados y su piel oscura, normanda en sus ojos azules, catalana de un antepasado almogávar y leonesa de un abuelo capitán en los tercios de Don Gonzalo Fernández de Córdoba, mezcladas con el eterno sustrato de la mujer napolitana
que tantos ejércitos extranjeros había visto y había de ver hablan de unas venas donde se puede encontrar tal mezcla de sangres que haría perder la paciencia y la fe cristiana a un interrogador de la Santa Inquisición.

- ¿Me estáis diciendo algo, señor mío?

- Está de Dios que no hemos de entendernos esta noche -contesta el escritor -. Nada tengo contra vuestra sangre, amigo mío, que el servicio en los Tercios Viejos bien hidalga la ha hecho. Es solo que ese maldito Alquézar...

Los tres amigos se miran entre ellos. Han combatido y matado juntos. Por un Rey y una fe lejanos. Por honor y por pura rabia. Por dinero y por venganza. No les hacen falta palabras, basta intercambiar unas miradas, dos rostros asienten, y la voz de Dunia de Arbante resume sus pensamientos.

- ¿Podemos hacer algo por vos?

lunes, 7 de octubre de 2002

I

Caían ya las primeras sombras y el sol se ocultaba tras la cúpula de San Francisco el Grande, cuando un caballero embozado en una raída capa gris salió del callejón del Codo y acortó a través de la Plaza de la Villa para ganar la Calle Mayor. Llegaba tarde a la cita concertada el día anterior, aunque sabía que los otros le esperarían. Siempre esperaban.

Las cosas andaban mal para los poltrones, y los corchetes de Saldaña no permitían ni un abuso nocturno de más. Es por eso que cada noche la timba se celebraba en un figón distinto. Hoy tocaba en la Cava Alta.

Martín de Azogue, que así se llamaba el caballero, llegó a la Plaza Mayor cuando las campanas de las Agustinas tocaban la hora nona, y bajando por Cuchilleros se encontró con otra figura que encaminaba sus pasos hacia el mismo destino.

- ¡Salud camarada! - exclamó Martín en cuanto llegó a su altura - Veo que las eternas obligaciones de vuestra profesión no os restan tiempo para estar con los vuestros -

- ¡Dejaos de palabrería inútil y guardad saliva para la partida! - replicó el recién abordado. - He de recuperar como sea el anillo del Comendador que tan limpiamente me ganó anoche Maese Vicuña -

- A buen santo os encomendáis, mi buen Boromiro - contesto Martín de Azogue - Habéis de saber que entre él y esa Arbante, me he dejado media soldada.

Giusseppe Boromiro, natural de Nápoles y soldado del Viejo Tercio como tantos otros en aquellos días de decadencia sonrió. Cada uno se ganaba las lentejas como podía y el único vicio que tenían, además del blanco de Valdeiglesias y el tino de Valdemoro eran esas partidas cada noche.

- ¿Por ventura hablabais de mí, caballeros? - la voz salió de entre las penumbras, poco antes de tomar la Cava. - Sabed, amigo Martín que el único que pierde la soldada sois vos mismo, por ser tan
cerrado e inútil en el juego -

Pocas personas podían hablarle así a Martín de Azogue sin recibir a cambio una cuarta de acero de recuerdo entre las costillas. Pocas si, pero entre ellas una, la más magnífica de las guerreras, descendiente misma de las Amazonas que Homero tan bien describiera. Dunia de Arbante, la misma que le salvara el pellejo en Maastrique cuando tantos y tantos cayeron bajo el terrible fuego enemigo sonreía bajo la capucha de su negro ropón.

- ¡Vaya! ¡Sólo nos faltaba que las damas, además de luchar, jugaran! No estaría de más que en vez de hablar tanto, mostrarais más respeto por vuestros mayores y camaradas. - replicó Giusseppe Boromiro.

- Amigos, pronto veremos si la destreza que nos ha predicado la Arbante se confirma hoy, o por el contrario lo de ayer fue producto de la Fortuna. - dijo Martín de Azogue - ¡Ya se oye discutir a nuestro excelso poeta!

- Si, y esta vez creo que no es a causa de Góngora - se río Dunia de Arbante, tras bajar los escalones del figón y empujar a un lado la pesada cortina.

- ¡Vaya! ¡Diana ha bajado del Olimpo y nos premia con su presencia! ¡Ah! ¡Y viene con los caballos de su hermano Ares! Phobos y Deimos, o diga mejor italiano y aragonés. ¡Cabeza de Vaca! ¡Aquí una jarra de vino! ¡No veis que tan excelsos visitantes se mueren de sed! ¡Voto a tal! - exclamo Don Francisco de Quevedo haciendo chasquear la lengua mientras paladeaba el divino licor de Baco.