miércoles, 17 de diciembre de 2003

XV

- Asaltar un convento... Madonna di Napoli...

- Bocanegra se refugia aquí y es de aquí donde obtendremos algo para quitarnoslo de encima. Tanto me da convento de clausura como reducto de herejes.

Mientras asegura las cuerdas que le van a ayudar a asaltar la tapia que protege el convento de las Benitas, don Martín de Azogue murmulla para su coleto lindezas sobre los supersticiosos meridionales, y los napolitanos, que son los peores a falta de sevillano. A su lado, cubriendo su espalda y con dos pistolones en las manos, don Giusseppe Boromiro vigila los accesos de la plazuela de la Encarnación, que flanquea el convento que ambos se disponen a asaltar en plena noche..

- ¿Qué esperas encontrar?

- Algo, lo que sea – responde el aragonés mientras cruzan el jardincillo que les separa de la negra mole del convento -. Entre los papeles de Bocanegra tiene que haber algo que lo incrimine. Sabemos que estudió en Francia, y que ascendió como una centella a la vuelta. Nadie sube tan rápido si no está acompañado del Poderoso Caballero. Antes de ir no tenía dinero, luego... No se puede llegar tan alto sin tener un esqueleto en el armario. Y la cabeza de la Garduña tiene que tener todo un cementerio.

- No va a ser fácil de comprometer. Otros lo intentaron antes, fijo.

- También Alquézar parecía intocable. En esta España no hay santos, italiano, al menos entre los que comen caliente cada día. Ni siquiera el Austria.

- Tampoco en Italia, me temo. Basta con conocer Roma y los romanos. Claro que el peor fue español – sonríe torcido el italiano, mirando de reojo a su amigo – Valenciano, creo.

Alcanzada la portezuela que da al jardincillo, forzada esta con las ganzúas del italiano, ambos espadachines, cubiertos de negro hasta la pluma del chambergo y tiznados los aceros, penetran en la oscuridad del edificio. Como sombras se deslizan por el dédalo de pasillos que forma el interior del convento. Han memorizado el plano del edificio, suministrado gracias a las influencias de don Francisco y al oro de Azogue. Cuando arriban a la verja que separa la zona de clausura de las dependencias de administración surgen de nuevo las ganzúas del napolitano.

- De esta no nos libramos ni con quinientos años de purgatorio. Amén de las atenciones de los inquisidores, claro.

- ¿Qué vas a hacer Giusseppe?

- Intento abrir esta reja – responde molesto, pues tiene claro cuál es el objetivo de la pregunta -. Si es que tienes a bien dejarme tranquilo, claro.

- No te escabullas, sabes muy bien a lo que me refiero.

- No tengo la menor idea - repone guardando las ganzúas en el fajín de ante negro que rodea su vientre sobre el coleto de dura piel de búfalo – Si sigues parloteando así atraerás a alguien.

Cruzan la verja en silencio, un silencio tenso por la separación que ha abierto entre ambos la insistencia de Martín, celoso del bien de la que considera una hija. Dudan más allá de la verja, se encuentran ante un pasillo con dos puertas donde solo debería haber un arco de herradura según los planos de los que disponían.

- Sangre de Cristo... ¿Y ahora? Probaré con la derecha, creo que el arco encaraba esa dirección.

- ¿Piensas responderme?

- ¿Es que nunca te cansas?

- Sigues sin responderme.

- ¡No es asunto tuyo, maldito seas! – susurra en un grito apagado el italiano, maldiciendo cuando una ganzúa se parte en el interior de la cerradura.

- Hola, hola. ¿Qué modales son esos, señor mío?

- Los que merecen palabras tan necias como las vuestras, “señor mío”.

En cualquier lugar de la Monarquía los aceros se habrían desenfundado ante el tono que viste las palabras que se pronuncian. En un país donde por un quítame allá esas pajas se juega honra y hacienda en la punta de una espada el cambio de tratamiento entre los dos amigos no presagia nada bueno.

- Voto a Cristo...

- Vote vuesa merced a quien quiera.

Ahora sí, demasiada arrogancia para soportarla quien ha fiado en la espada toda su vida. Se engallan ambos, mirándose a los ojos a apenas dos palmos de distancia. Las manos que han volado a las empuñaduras de la espada extraen poco a poco las espadas, mientras se separan girando uno en torno al otro hasta estar separados por la medida de dos aceros. Desenfundan despacio, a regañadientes, sabiendo, esperando, que el otro ceda antes. Pero ninguno cede. Los aceros se cruzan, se colocan ambos en guardia. Se mueven en círculo, tanteando, preguntándose como diablos han llegado a esta situación.

Cuando está punto de enfundar la espada, que ya está bien de juegos a semejante hora y en tal sitio, el ruido de una cerradura a su espalda, la misma que desdeñó antes el napolitano, alerta a Azogue. Reacciona ante la nueva amenaza moviéndose con una rapidez que sobresalta a Boromiro. Este, sorprendido, amaga a un golpe que el aragonés, que no espera cosa semejante, no alcanza a desviar del todo.

- ¡Sangre de Cristo!

Apenas media pulgada de acero se le ha clavado en el antebrazo, lo suficiente para que décadas de experiencia acudan en su ayuda de forma automática, juntando pies y lanzando una estocada a fondo. El italiano, que ha empalidecido ante el resultado de su ataque, apenas alcanza a desviar con el filo de su daga la estocada recibida, recibiendo profundamente en su mano izquierda el acero de don Martín.

- Corpo di Christo!

Ambos se sumergen en la danza de las espadas, lanzando ataques y desviando estocadas que habrían enviado a un merecido infierno a un pelotón de flamencos. Absortos en la lucha, olvidan la amenaza que se cierne tras la puerta que queda a sus espaldas.

- En el nombre de Cristo, ¿qué está ocurriendo aquí? Teneos inmediatamente, ¡teneos a la Santísima Inquisición!

Los espadachines se congelan. Lentamente desvían su mirada a la izquierda, donde un asombrado Bocanegra, rodeado de una pequeña corte de secretarios y familiares armados de la Garduña, observa la escena. Amenazado por aceros y pistolas, recupera la cordura Azogue, su mente busca una salida ante semejante atolladero.

- Maldita sea tu sangre caliente, gallo napolitano. ¿Como en Steenberg?

Una sonrisa, torcida, lobuna, ilumina la oscura faz de Boromiro cuando comprende la intención del aragonés. Recuerda lo sucedido años atrás, cuando ambos servían en los tercios, poco después de conocerse. En Steenberg, pequeña población cercana a Breda, un infeliz pisaverde, un guzmán que blasonaba de hijo de Guzmanes, fue enviado con su pequeña corte de entretenidos a reunirse con el diablo. Quiso extorsionar, tras adivinar su verdadera condición, a Dunia de Arbante. Una mala idea.

- Maldita sea tu arrogancia, perro de tres patas. Como en Steenberg.

Gritando como posesos, blasfemando en buen napolitano uno, jurando en la vieja parla aragonesa el otro, los dos espadachines reanudan su duelo. Estocadas, más espectaculares que efectivas, capaces de devolver a la fe a Lutero y toda su ralea se suceden en un baile mortal. Baile sin consecuencias y que poco a poco va acercando a los dos contendientes hasta el atónito grupo que los observa. A menos de diez pies ambos intercambian una mirada de inteligencia.

- ¡Santiago!

Santiago. El grito de guerra de los tercios viejos. El grito de guerra que ha helado la sangre en las venas del que a él se ha enfrentado desde Viena y Lepanto a México resuena en el corazón de un convento en la capital de la Monarquía Hispánica. Al grito le suceden dos detonaciones, las de los pistolones que porta Azogue. Tras la metralla los aceros de los dos amigos se entierran en los cuerpos de los familiares de la Inquisición. Con la suerte de los condenados Bocanegra ha sobrevivido a la andanada, colocando entre él y el acero del aragonés a un hombrecillo que lo acompañaba. Refrena su estocada Azogue al ver al sujeto desarmado, aunque parte de la metralla de los pistolones le ha rozado la sien, desmayándolo y estorbando el paso del aragonés, que intenta zafarse de él para perseguir al dominico. Pero al desmayarse ha musitado apenas unas palabras, palabras que recoge el fino oído del italiano. Nom de Dieux.

- ¡Espera Martín! ¡Un gabacho! Quizá este...

Duda el aragonés. Mucho será jugárselo todo a una carta tan baja. Pero ya la voz de alarma se da por el convento, y fijo que Bocanegra tiene más guardias. Puede que el francés sea la palanca que les falta para derribar a Bocanegra. Sabe del pasado en Francia del dominico. Sabe que debe existir una conexión. Y sabe que de saberse esto el cuello del inquisidor está listo, ahí es nada aliarse con Francia, que es aliarse con Richelieu y pretender además servir al Conde-Duque de Olivares, los dos titanes que están jugando Europa a los dados. Sonríe apenas Azogue. Fray Luis está listo. Si Dios quiere.

- Cógelo y salgamos de aquí.

Trastabillando bajo el peso del hombrecillo huyen ambos del convento. Recuperando sus caballos de una cuadra cercana parten ambos al encuentro de David de Arbante. Cuando están a punto de entrar en la bodega donde les espera la mano de Azogue se posa sobre el hombro de Boromiro.

- Ya basta, Giuseppe. ¿Qué vas a hacer con Dunia?

- Nada, por mucho que me duela.

- ¿Nada? – se ensombrece la faz del aragonés-. Por los clavos de Cristo, Boromiro, deberías crecer de una vez. Pareces un niño que...

- Sabes muy bien que nunca fui un niño – repone Boromiro, deshaciéndose de la mano que descansa en su hombro -. Los Biancatorre acaban conmigo, y no dejaré una viuda detrás de mí.

- ¿Es eso otra vez? ¡Eres supersticioso como una vieja gitana!

- Déjalo, Martín, déjalo. Vamos, nos esperan.

miércoles, 3 de diciembre de 2003

XIV

- ¿Cómo siempre, dónde siempre? - preguntó Arbante mirando al de Azogue. Eran soldado y, tanto Boromiro como ella, aceptaban de buen grado la autoridad de Martín.
- Sí, ¿habrá tiempo suficiente? - respondió.
- Dalo por hecho. Don Francisco, nos vamos.

Dejaron a los dos hombres en San Ginés. Iban de asalto aquella noche y a ellos correspondía prepararlo todo.

- Mal te veo - le dijo el poeta mientras caminaban hacia la posada donde vivía Arbante.
- Hace mucho que estamos mal - respondió sin mirarle.
- Nos conocemos hace mucho, ¿qué pasó con aquella niña alegre y curiosa que conocí?

Mira al poeta y a su mente regresan recuerdos, quizá de tiempos mejores. Lentamente responde:

- La mataron, Don Francisco, la mataron sin dejarla crecer - y un deje de amargura sonó en su voz.
- Sé que el de Uceda no es recomendable, pero ¿por qué no?
- ¡No jodáis, Don Francisco! - exclamó mirándole furiosa - No fui yo la que decidió no casarse con el de Uceda. Como siempre lo que hice fue obedecer a mi padre. Era él el que no quería unir su apellido al de Uceda. Él se inventó todo esto - le expetó mientras entraban en la posada.

El posadero le lanzó una mirad de reprobación, demasiado movimiento en su taberna, eso no le gustaba.

- ¿A qué venimos aquí? - preguntó el poeta mientras subían al cuarto.
- Ya habéis oído a Martín. Se prepara un asalto, debemos recoger ciertas cosas que guardo y después iremos a ver a su viejo amigo aragonés.
- ¿Por qué padre? Podría serlo, por la edad, pero no creo que andase de visita por tierras castellanas - inquirió sujetándose los lentes.

Mientras hablaban habían entrado en el cuarto de Arbante y ésta se había despojado de capa y chapeo.

- Don Francisco - dijo sin contestar, plantándose delante de él, fría y peligrosa como era -larga y curtida es nuestra amistad, permitidme pues que os haga una pregunta - una inclinación de cabeza del poeta la hizo seguir - Siendo conocida vuestra aversión a las mujeres, ¿por qué me honráis con vuestra amistad? Mas sabiendo lo que todos nos jugamos.
- ¿Qué quieres decir? - preguntó éste al que la pregunta había pillado desprevenido.
- Vamos, si nuestro amigo Bocanegra llegase a pillarme, haría un bonito chicharrón conmigo en un Auto de Fe en la Plaza Mayor. Conmigo y con aquellos que me hubieran ayudado u ocultado. Y, ¡pardiez que a todos nos tiene ganas!
- Si he de serte sincero, no lo sé - reflexionó - quizá me impresionase aquella muchachita de 16 años que en lugar de preguntar por sedas y brocados, preguntó por libros y políticas - dijo - Y quizá me impresionó más unos años después cuando lucho hombro con hombro a mi lado para igualar una pelea.
- ¿Entendéis por que le llamé padre? - Inquirió.
- Sí, ahora comprendo.
- Bien, pues vámonos, debemos llegar a nuestra reunión con el trabajo hecho - añadió requiriendo capa y chapeo.

Salieron del cuarto llevando ambos unas alforjas. El posadero volvió a mirar inquisitorial, pero cortó su mirada con un gesto.

Encaminaron sus pasos a la calle de la Era, a la posada del de Paniza, dónde debían aparecer Boromiro y el de Azogue. Hablaron con el aragonés para avisarle de la posible necesidad de sangre baturra por parte de Martín y se sentaron en una mesa a esperar. Para acompañar, pidieron unos Valdemoros y en silencio comenzaron a beber.

El poeta conocía muy bien los silencios de la mujer. La miró estudiándola. Era demasiado joven para los años que representaba y demasiado mayor para la edad que tenía. Conservaba parte de la belleza que él le recordaba de sus 16 años.

"Con 18 abriles" - se dijo "rodeada de las sedas, brocados y adornos propios de su condición y rango, hubiera partido no pocos corazones. Figurada o literalmente hablando, por ella o por todos aquellos lindos y pisaverdes que hubiera tenido alrededor de haber sido otra su vida."

Ella no le miraba, estaba absorta en su pocillo de vino. Recordó él la primera vez que la viera en casa de su padre de quien se preciaba ser amigo, aquella muchacha risueña que cuando le vio, preguntó con total desparpajo noticias de la Corte. Cuando fue a responderlas sobre los últimos chismes y cotilleos, le cortó malhumorada, respondiendo que esas no eran las noticias que a ella le interesaban.

Recordó después como, había luchado junto a él espada en mano cuando ya era David.

Había mentido, sí que sabía porqué gustaba de su amistad, reconocía que era la única, pero su inteligencia y después su espada habíanle impresionado. Los ojos de la mujer se clavaron en él.

- Ya que has apellidado a la amistad - dijo - gracias por la ayuda.
- ¿En verdad, Don Francisco, creéis que es sólo vuestra amistad lo que nos mueve a este enredo? - preguntó. Dejó el poeta su pocillo, asombrado ante la pregunta y devolvió la mirada a la mujer pensando que, a lo mejor no deseaba conocer la respuesta.
- ¿Qué si no?
- No os incomodéis, amigo. Pero vos solo habéis sido la excusa.
- ¿Cómo?
- Miradnos, somos gente de armas, no sabemos vivir en paz. No hemos aprendido otra cosa desde pequeños. Fijaos, si no en lo que hemos andado haciendo desde que nos licenciamos. Boromiro, de correo por el camino español con Spinola. Martín, ayudando a su padre con el justicia mayor, si no hubiera necesidad de acero, no le hubiera pedido ayuda y yo, ayudando a mi hermano en querellas de tierras. Idem. Nos habéis dado excusa para poder volver a unirnos y luchar juntos. Llevábamos sólo un mes por aquí y mirad la que hemos armado - respondió volviendo a beber y haciendo una muda seña al poeta, unos individuos no muy deseables habían entrado en la posada.
- Vaya, pensé…
- No penséis, lo hacemos por vos. Pero también por nosotros.
- ¿Por qué lo haces tú? Como dijiste antes si te cogen harán chicharrón.
- Cierto, pero ya que no me dejaron escoger como vivir, escogeré como morir. Y no es la hoguera precisamente lo que tengo pensado. Ni para mi ni para mis amigos - respondió sin levantar la vista del vino.
- Y ya que estamos hablando de amigos - dijo el poeta dándose cuenta de que los que estaban al lado estaban demasiado pendientes - ¿Qué hay entre tú y Nápoles?
- Don Francisco, un hidalgo no cuenta esas cosas - dijo con una mueca irónica.

Justo cuando pronunciaba estas palabras, Azogue y Boromiro aparecieron en la taberna dirigiéndose a ellos.