- Asaltar un convento... Madonna di Napoli...
- Bocanegra se refugia aquí y es de aquí donde obtendremos algo para quitarnoslo de encima. Tanto me da convento de clausura como reducto de herejes.
Mientras asegura las cuerdas que le van a ayudar a asaltar la tapia que protege el convento de las Benitas, don Martín de Azogue murmulla para su coleto lindezas sobre los supersticiosos meridionales, y los napolitanos, que son los peores a falta de sevillano. A su lado, cubriendo su espalda y con dos pistolones en las manos, don Giusseppe Boromiro vigila los accesos de la plazuela de la Encarnación, que flanquea el convento que ambos se disponen a asaltar en plena noche..
- ¿Qué esperas encontrar?
- Algo, lo que sea – responde el aragonés mientras cruzan el jardincillo que les separa de la negra mole del convento -. Entre los papeles de Bocanegra tiene que haber algo que lo incrimine. Sabemos que estudió en Francia, y que ascendió como una centella a la vuelta. Nadie sube tan rápido si no está acompañado del Poderoso Caballero. Antes de ir no tenía dinero, luego... No se puede llegar tan alto sin tener un esqueleto en el armario. Y la cabeza de la Garduña tiene que tener todo un cementerio.
- No va a ser fácil de comprometer. Otros lo intentaron antes, fijo.
- También Alquézar parecía intocable. En esta España no hay santos, italiano, al menos entre los que comen caliente cada día. Ni siquiera el Austria.
- Tampoco en Italia, me temo. Basta con conocer Roma y los romanos. Claro que el peor fue español – sonríe torcido el italiano, mirando de reojo a su amigo – Valenciano, creo.
Alcanzada la portezuela que da al jardincillo, forzada esta con las ganzúas del italiano, ambos espadachines, cubiertos de negro hasta la pluma del chambergo y tiznados los aceros, penetran en la oscuridad del edificio. Como sombras se deslizan por el dédalo de pasillos que forma el interior del convento. Han memorizado el plano del edificio, suministrado gracias a las influencias de don Francisco y al oro de Azogue. Cuando arriban a la verja que separa la zona de clausura de las dependencias de administración surgen de nuevo las ganzúas del napolitano.
- De esta no nos libramos ni con quinientos años de purgatorio. Amén de las atenciones de los inquisidores, claro.
- ¿Qué vas a hacer Giusseppe?
- Intento abrir esta reja – responde molesto, pues tiene claro cuál es el objetivo de la pregunta -. Si es que tienes a bien dejarme tranquilo, claro.
- No te escabullas, sabes muy bien a lo que me refiero.
- No tengo la menor idea - repone guardando las ganzúas en el fajín de ante negro que rodea su vientre sobre el coleto de dura piel de búfalo – Si sigues parloteando así atraerás a alguien.
Cruzan la verja en silencio, un silencio tenso por la separación que ha abierto entre ambos la insistencia de Martín, celoso del bien de la que considera una hija. Dudan más allá de la verja, se encuentran ante un pasillo con dos puertas donde solo debería haber un arco de herradura según los planos de los que disponían.
- Sangre de Cristo... ¿Y ahora? Probaré con la derecha, creo que el arco encaraba esa dirección.
- ¿Piensas responderme?
- ¿Es que nunca te cansas?
- Sigues sin responderme.
- ¡No es asunto tuyo, maldito seas! – susurra en un grito apagado el italiano, maldiciendo cuando una ganzúa se parte en el interior de la cerradura.
- Hola, hola. ¿Qué modales son esos, señor mío?
- Los que merecen palabras tan necias como las vuestras, “señor mío”.
En cualquier lugar de la Monarquía los aceros se habrían desenfundado ante el tono que viste las palabras que se pronuncian. En un país donde por un quítame allá esas pajas se juega honra y hacienda en la punta de una espada el cambio de tratamiento entre los dos amigos no presagia nada bueno.
- Voto a Cristo...
- Vote vuesa merced a quien quiera.
Ahora sí, demasiada arrogancia para soportarla quien ha fiado en la espada toda su vida. Se engallan ambos, mirándose a los ojos a apenas dos palmos de distancia. Las manos que han volado a las empuñaduras de la espada extraen poco a poco las espadas, mientras se separan girando uno en torno al otro hasta estar separados por la medida de dos aceros. Desenfundan despacio, a regañadientes, sabiendo, esperando, que el otro ceda antes. Pero ninguno cede. Los aceros se cruzan, se colocan ambos en guardia. Se mueven en círculo, tanteando, preguntándose como diablos han llegado a esta situación.
Cuando está punto de enfundar la espada, que ya está bien de juegos a semejante hora y en tal sitio, el ruido de una cerradura a su espalda, la misma que desdeñó antes el napolitano, alerta a Azogue. Reacciona ante la nueva amenaza moviéndose con una rapidez que sobresalta a Boromiro. Este, sorprendido, amaga a un golpe que el aragonés, que no espera cosa semejante, no alcanza a desviar del todo.
- ¡Sangre de Cristo!
Apenas media pulgada de acero se le ha clavado en el antebrazo, lo suficiente para que décadas de experiencia acudan en su ayuda de forma automática, juntando pies y lanzando una estocada a fondo. El italiano, que ha empalidecido ante el resultado de su ataque, apenas alcanza a desviar con el filo de su daga la estocada recibida, recibiendo profundamente en su mano izquierda el acero de don Martín.
- Corpo di Christo!
Ambos se sumergen en la danza de las espadas, lanzando ataques y desviando estocadas que habrían enviado a un merecido infierno a un pelotón de flamencos. Absortos en la lucha, olvidan la amenaza que se cierne tras la puerta que queda a sus espaldas.
- En el nombre de Cristo, ¿qué está ocurriendo aquí? Teneos inmediatamente, ¡teneos a la Santísima Inquisición!
Los espadachines se congelan. Lentamente desvían su mirada a la izquierda, donde un asombrado Bocanegra, rodeado de una pequeña corte de secretarios y familiares armados de la Garduña, observa la escena. Amenazado por aceros y pistolas, recupera la cordura Azogue, su mente busca una salida ante semejante atolladero.
- Maldita sea tu sangre caliente, gallo napolitano. ¿Como en Steenberg?
Una sonrisa, torcida, lobuna, ilumina la oscura faz de Boromiro cuando comprende la intención del aragonés. Recuerda lo sucedido años atrás, cuando ambos servían en los tercios, poco después de conocerse. En Steenberg, pequeña población cercana a Breda, un infeliz pisaverde, un guzmán que blasonaba de hijo de Guzmanes, fue enviado con su pequeña corte de entretenidos a reunirse con el diablo. Quiso extorsionar, tras adivinar su verdadera condición, a Dunia de Arbante. Una mala idea.
- Maldita sea tu arrogancia, perro de tres patas. Como en Steenberg.
Gritando como posesos, blasfemando en buen napolitano uno, jurando en la vieja parla aragonesa el otro, los dos espadachines reanudan su duelo. Estocadas, más espectaculares que efectivas, capaces de devolver a la fe a Lutero y toda su ralea se suceden en un baile mortal. Baile sin consecuencias y que poco a poco va acercando a los dos contendientes hasta el atónito grupo que los observa. A menos de diez pies ambos intercambian una mirada de inteligencia.
- ¡Santiago!
Santiago. El grito de guerra de los tercios viejos. El grito de guerra que ha helado la sangre en las venas del que a él se ha enfrentado desde Viena y Lepanto a México resuena en el corazón de un convento en la capital de la Monarquía Hispánica. Al grito le suceden dos detonaciones, las de los pistolones que porta Azogue. Tras la metralla los aceros de los dos amigos se entierran en los cuerpos de los familiares de la Inquisición. Con la suerte de los condenados Bocanegra ha sobrevivido a la andanada, colocando entre él y el acero del aragonés a un hombrecillo que lo acompañaba. Refrena su estocada Azogue al ver al sujeto desarmado, aunque parte de la metralla de los pistolones le ha rozado la sien, desmayándolo y estorbando el paso del aragonés, que intenta zafarse de él para perseguir al dominico. Pero al desmayarse ha musitado apenas unas palabras, palabras que recoge el fino oído del italiano. Nom de Dieux.
- ¡Espera Martín! ¡Un gabacho! Quizá este...
Duda el aragonés. Mucho será jugárselo todo a una carta tan baja. Pero ya la voz de alarma se da por el convento, y fijo que Bocanegra tiene más guardias. Puede que el francés sea la palanca que les falta para derribar a Bocanegra. Sabe del pasado en Francia del dominico. Sabe que debe existir una conexión. Y sabe que de saberse esto el cuello del inquisidor está listo, ahí es nada aliarse con Francia, que es aliarse con Richelieu y pretender además servir al Conde-Duque de Olivares, los dos titanes que están jugando Europa a los dados. Sonríe apenas Azogue. Fray Luis está listo. Si Dios quiere.
- Cógelo y salgamos de aquí.
Trastabillando bajo el peso del hombrecillo huyen ambos del convento. Recuperando sus caballos de una cuadra cercana parten ambos al encuentro de David de Arbante. Cuando están a punto de entrar en la bodega donde les espera la mano de Azogue se posa sobre el hombro de Boromiro.
- Ya basta, Giuseppe. ¿Qué vas a hacer con Dunia?
- Nada, por mucho que me duela.
- ¿Nada? – se ensombrece la faz del aragonés-. Por los clavos de Cristo, Boromiro, deberías crecer de una vez. Pareces un niño que...
- Sabes muy bien que nunca fui un niño – repone Boromiro, deshaciéndose de la mano que descansa en su hombro -. Los Biancatorre acaban conmigo, y no dejaré una viuda detrás de mí.
- ¿Es eso otra vez? ¡Eres supersticioso como una vieja gitana!
- Déjalo, Martín, déjalo. Vamos, nos esperan.