viernes, 29 de noviembre de 2002

IV

Después de la última partida Don Francisco de Quevedo acudió las siguientes noches al figón de la Cava Alta en busca de noticias y no fue hasta la cuarta víspera que alcanzó a ver en una mesa del fondo a Giusseppe Boromiro. Se hallaba enfrascado en una intensa conversación con Maese Vicuña y Juan de Villena sobre las virtudes y defectos de la orfebrería persa frente a la flamenca. El poeta esperó a que Boromiro le viera, pero este no se inmutó y siguió con la charla.

- ¡Exasperante! - pensó Quevedo mientras resignado se acercaba a la mesa donde fue recibido con vítores por los contertulios.

- No podéis llegar en mejor momento Don Francisco - dijo Villena mientras le ofrecía un vaso de Valdeiglesias al poeta, que este se vació de un trago al coleto - pues sin duda respaldareis mi postura sobre los artesanos persas de antaño.- Juan de Villena era un mercader valenciano que ponía igual pasión en cualquier plática que en cerrar el trato más ventajoso para su casa.

- En gran estima os tengo Don Juan, pero en este asunto debo posicionarme con Maese Vicuña en la defensa de los flamencos, pues si grande fue la ciencia de los persas, los flamencos la superan con creces. ¿Y que piensa de esto Il Signore di Biancatorre? - le espetó Quevedo al italiano acompañando la pregunta con una mirada cómplice.

- Pues ni una ni otra, que aun a riesgo de ser tomado por un blasfemo he de decir que no hay mejores orfebres que los hijos de Moisés.

- ¡Cuidado Boromiro! - le susurró Maese Vicuña, - hoy día las paredes tienen ojos y los suelos oídos -

- Si, y no están los tiempos como para soltar semejantes ligerezas, más después de lo acaecido la noche de ayer - añadió Juan de Villena.

- Contadme pues, caballeros, que nuevas hay en los mentideros pues anduve atareado en mi casa y hasta ahora no piso la rúa - se interesó Quevedo dándose aire de indiferencia.

- Se dice que anoche entraron quince hombres armados en casa del Secretario Alquézar y le amenazaron de muerte - continuó Juan de Villena - mataron a cuatro criados y le robaron casi ochocientos ducados -

- ¡Bien merecido se lo tiene el muy canalla! - apostilló Maese Vicuña.

Don Francisco echó una mirada al italiano pero el rostro de este seguía impertérrito, hasta que dijo:

- Señores, habrán de disculparnos pero Don Francisco y yo tenemos ciertos sonetos que revisar - dijo, y lanzó una mirada a los dos compañeros que al punto comprendieron.

- Si, mejor será que me retire pues recibo mañana una remesa de paños de Flandes y hay que estar despabilado para el triaje - dijo Juan de Villena levantándose - ¡Venid Maese Vicuña! Por el camino seguiremos discutiendo sobre anillos, collares y gemas varias - continuó el valenciano llevándose por el brazo a un Vicuña medio achispado que cogió para el camino media de Valdemoro, por el frío.

Cuando estos se hubieron marchado Don Francisco se echó otro trago de vino al cuerpo y le espetó a Boromiro:

- ¡Pardiez que forma tenéis de solucionar los problemas! Si ya tenía media corte en mi contra ahora voy a tener que exiliarme en Oran -

- No digáis barbaridades Maese Quevedo, si no queréis encontraros con algo que no os esperáis - musitó el italiano mientras arqueaba las cejas.

- Bien sabe vuesa merced que no le temo a ningún encuentro - empezó a decir el poeta mientras se llevaba la mano al puño de la vizcaina cuando la mano de Dunia de Arbante se posó suave pero firme sobre su hombro.

- Guardad vuestras energías para otra ocasión Don Francisco, pues Boromiro no ha querido ofenderos - dijo mientras pasaba su mirada por el figón como en busca de alguien. El napolitano lo advirtió y le dijo:

- Ya debería estar aquí. No es normal que tarde tanto-

- ¿Por ventura habláis de mi compañero de juego? - preguntó Quevedo con voz queda.

- Del mismo. Esta mañana vino a verme un novicio franciscano con una nota de Martín de Azogue pidiéndome que me reuniera con él aquí a la hora nona - respondió la Arbante.

- Lo mismo me trajo aquí a mí, aunque con diferente heraldo - añadió Boromiro sonriéndose, pues la barragana que le había entregado la nota era todo menos novicia.

- ¡Voto a tal! ¿Y entonces hasta cuando estaremos esperando? A estas alturas medio Madrid estará detrás de nuestra pista - exclamó Quevedo mientras se servía otro generoso trago de Valdeiglesias.

- No temáis sino de lo que en verdad es inevitable - dijo una voz a espaldas del poeta. Allí, plantado y con las botas embarradas se hallaba Martín de Azogue, la capa mojada, perlada la frente de sudor y con sus castaños cabellos arremolinados por el chapeo del que acababa de despojarse. Sus ojos gris plomo fueron rápidamente del italiano a la mujer, y se posaron en el poeta. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

- ¡Martín! - dijo Boromiro - ¿Qué nuevas nos traes?

- Dejad primero que me eche algo en el cuerpo, pues llevo casi un día entero sin probar bocado. ¡Cabeza de Vaca! ¡Trae aquí un buen plato de jamón de ese que guardas en la bodega, y un cántaro de Valdemoro, que el polvo del camino me ha dejado sin gusto! -

Don Francisco de Quevedo cada vez estaba más impaciente, y se le notaba en los gestos. Sin embargo, dejó que el aragonés comiera un par de bocados para lanzarse a degüello.

- ¡Qué noticias traéis! Supongo que tampoco sabréis nada sobre el robo en casa de Alquézar -

- Os equivocáis Maese Lamparón - le contestó el aragonés con sorna, y prosiguió haciendo caso omiso de los aspavientos y juramentos que el poeta soltaba - quién cometió el robo conocía muy bien nuestros movimientos de anoche, y sabía que la casa estaría desguarnecida -

- Pero no lo estaba - interrumpió Boromiro - pues se habla de cuatro muertos.

- Es normal que estuvieran en la casa, pues cuando salimos nosotros volvieron los criados - dijo la Arbante - lo que no creo es que fueran quince los asaltantes -

- Creéis bien Arbante, puesto que tan sólo fueron dos los que entraron detrás de nosotros - continuó Azogue - Pues cuando me separé de vosotros me dejé caer por el patio de la casa, y allí vi a los primeros criados que entraban. Y también vi a unos viejos conocidos, gente de San Ginés, que se enfilaban por medio de un portillo en el interior de la casa. Esperé allí hasta que los vi salir, y al poco de seguirlos me llevaron justo donde me temía.

- ¿Dónde pues? - preguntó Quevedo con evidentes signos de excitación.

- Al Convento de La Victoria - repuso Martín de Azogue sin inmutarse.

- Mal asunto - dijo el italiano torciendo la cara.

- Cada vez comprendo menos - exclamó el poeta mesándose exasperado los cabellos - ¿Qué tienen que ver las monjas con esto?

- No sólo las monjas habitan en La Victoria mi querido amigo - respondió la Arbante con el rostro sombrío - También allí vive en olor de santidad Fray Emilio Bocanegra.

- ¡Fray Emilio Bocanegra! - susurró el poeta quitándose con un gesto nervioso los lentes - Eso quiere decir que...

- Si, quiere decir que tras este feo asunto está la zarpa de La Garduña - concluyó Martín de Azogue.

- En tal caso, ¡sólo queda que batirnos! - exclamó Don Francisco levantándose.

- Tranquilícese vuesa merced que tiempo habrá para mostrar la toledana - calmó la Arbante al poeta que ya se levantaba con aviesos ánimos.

- ¿Y desde anoche hasta ahora donde anduviste? - preguntó Boromiro que cada vez estaba más interesado en el asunto.

- Esperé al cobijo de los porches de la calle de la Montera hasta que salieron los jácaros. Encaminaron sus pasos hacia unas cuadras cercanas y volvieron grupas hacia Alcalá. No me costó trabajo hacerme con una montura, y seguirlos fue casi un juego - rió Martín, quien evidentemente disfrutaba haciendo rabiar al poeta, que nuevamente interrumpió la narración,

- ¡No puedo seguir un minuto más escuchando las necedades de este bruto! Os considero mis amigos así que espero que me hagáis costado en esta refriega -

- ¡Refriega! - se jactó Boromiro - Mi buen Don Francisco, no es a una escuadra de tudescos a quien tenemos delante, os lo garantizo -

- Bueno, dejad la charla vosotros dos - cortó la Arbante con un gesto adusto, lleno de preocupaciones. Primero Alquézar y ahora Bocanegra, el pasado se volvía a encontrar. - Seguid con la historia, Azogue- le instó al aragonés.

- Bien, el caso es que a unas cuantas leguas de Madrid nuestros amigos entraron en una majada, donde según pude ver aguardaban diversos personajes - continuó Azogue - entre los que se encontraba cierto duque de infausto recuerdo para vos, Arbante-

- ¡Y que hizo vuesa merced! - exclamó Quevedo entre hipidos - ¡A fe que adornáis más la historia que ese bardaje de Góngora! - dijo mientras un nuevo trago de vino avanzaba hacia las tripas del poeta. Se le notaba más nervioso por momentos, y más intoxicado a medida que el relato avanzaba.

- Simplemente esperé a que la tertulia acabara y seguí a los facinerosos de vuelta a la Villa - respondió Azogue.

- No creo que os dijeran de buen grado ni un padrenuestro - replicó Boromiro.

- Por cierto que no, ya conocéis sus maneras. Tuve que insistir mucho y hacer grandes mercedes para que al fin se decidieran a hablar - rió Martín, y sus compañeros supusieron cual había sido la suerte de esos miserables.

- Lo cierto es que La Garduña no es enemigo baladí - replicó la Arbante - y su poder llega hasta lugares donde es mejor no hurgar -

- De todas maneras ya estamos metidos hasta el cuello en el asunto - replicó Martín de Azogue - uno de los criados de Alquézar les confesó muerto de miedo la visita de cierto caballero a su amo horas antes -

- ¡Voto a tal! ¿ Habremos de esperar sentados a que se nos echen encima todos los baladrones de Madrid? - interrumpió el poeta, dejando caer su mano sobre el pomo de la toledana - ¡Vayamos donde el Duque de Guadalmedina! Él sabrá que hacer -

- ¿Acaso el blanco licor turba vuestro juicio? - le espetó Giusseppe Boromiro dando un puñetazo sobre el roble y esparciendo el poco vino que aun quedaba en el pocillo de Azogue- No es este el momento de decidir que hacer. Guardaos de acudir a ningún cuello noble y no pise vuesa merced la calle durante unos días, hasta que nosotros tengamos algo en donde agarrarnos -

- A fin de cuentas sois vos quien tiene más que perder - remató la Arbante.

Martín de Azogue ayudó al poeta a ponerse el capote mientras lo encaminaba hacia la puerta del figón. Don Francisco de Quevedo, muy fastidiado, daba voces incitando a batirse a los pocos clientes que andaban aun por el recinto. Dunia de Arbante, mirando fijamente a los azules ojos del italiano, le inquirió:

- ¿Cuál es el siguiente paso, Boromiro?

lunes, 18 de noviembre de 2002

III

- ¿Podemos hacer algo por vos? – pregunta.

- ¿Lo haríais? – respondió el escritor al que un rayo de esperanza iluminó la mirada – creí que vos...

- No hurguéis, don Francisco, - replico Arbante – que somos amigos y hay confianza, pero...

- Bien, pues si vuesas mercedes quisieran hacerme el favor de recordar a ese maldito Alquezar que él, precisamente tiene mucho por lo que callar y recordarle cierto libro verde que, convenientemente guardado, puede aparecer en un determinado momento como las cosas no sigan corriendo en esos buenos tiempos para la causa de la Torre de Juan Abad...

- Creí que se lo habíais entregado cuando aquel Auto de Fe tan, ¿cómo decirlo? ¿inoportuno?, en la Plaza Mayor – replicó Azogue.

- ¿Acaso me creéis tan idiota? ¡Pardiez que esta noche estáis por poner a prueba nuestra amistad! – contestó el poeta volviendo a llevar su mano a la cadera.

- ¡Paz, señores! – exclamó Boromiro – nadie está intentando ofenderos, señor mío, pero bien es cierto que yo también pensé que le disteis el libro – dijo en tono conciliador.

- Cierto, yo también – apuntilló Dunia - ¡y dejad ya de echar mano a la blanca, ¡voto a tal!, que estáis entre amigos y amigos que os quieren ayudar! Que si de pendencias se trata, rompemos la baraja y sálvese el que pueda – continuó con evidente desagrado dirigiendo su mano diestra a la espalda.

- Perdón, perdón mis buenos amigos, pero el desasosiego nubla mis facultades en estos días – respondió el poeta.

- ¿Sólo el desasosiego? – preguntó Azogue zumbón – añadidle unas cuantas jarras de, como vuesa merced diría, el divino néctar de Baco, o como diríamos nosotros, vino de Valdemoro y acertareis.

- Ya está bien, Martín, dejad a nuestro poeta tranquilo. Y vos no os preocupéis, dejad en nuestras manos vuestra causa. No en vano, si hemos luchado por cosas que no nos importaban, ¿cómo no hemos de hacerlo por un amigo? – comentó Arbante.

- Eso, eso. Dejad ya de hablar y juguemos – dijo Boromiro – que estamos en racha y deseo vaciaros la bolsa, caballeros.

- Gracias, amigos. Bien, ¿cuándo será el evento? – preguntó el poeta.

- No queráis detalles – respondió Arbante – cuanto menos sepáis, más seguro estaréis. Dejadnos a nosotros. En cuanto a la partida, creo que debemos darla por finalizada esta noche, amigos. La reanudaremos cuando cierta persona pueda pagar unos Valdemoros a la salud de cierta Torre – añadió levantándose y embozándose en su capa.


Los tres amigos salieron del figón dejando pensativo al poeta. Todos sabían que, cuando Arbante decidía ponerse a manejar el acero era temible y era mejor no estorbar. Por eso dejaron la partida, tenían cosas que preparar para ayudar a don Francisco y era seguro que ella tenía un plan. Y si ella tenía un plan, Alquezar podía temblar, pues ni la Santa Inquisición podría salvarlo.

- ¿Qué ha querido decir don Francisco? – preguntó mosqueado Azogue.

- Don Francisco y yo nos conocemos hace mucho, amigos. El conoce mi historia. A eso se refería – replicó fría Arbante.

- ¿Y en esa historia tiene algo que ver Alquezar? – apuntó Boromiro – porque si es así, intuyo algo más que el deseo de ayudar a un amigo.

- Efectivamente, algo tiene que ver. Pero la venganza es un plato frío, amigos y yo lo he dejado enfriar mucho – respondió fría y cruel.


Sus dos compañeros conocían bien tanto el tono como el brillo en los ojos de aquella brava mujer. Fuera cual fuera el plan que hubiera elaborado, Alquezar lo iba a pasar muy mal, eso era seguro.

El plan de Arbante no era muy complicado, entrar en casa del secretario real y del resto se encargaba ella.

Tres noches después de la
conversación en el figón, cuando la luna salió detrás de unas nubes, y en el reloj de la torre del convento de las Carboneras se escucharon las doce, se pudo ver a los tres amigos recorriendo embozados el camino hacia la casa de Alquezar.

Azogue y Boromiro, convenientemente preparados con los coletos, las blancas y las vizcaínas, se colaron en la casa. Arbante, envuelta en su capa y con el chapeo calado hasta los ojos, entró detrás. Por una de esas casualidades, que los dos hombres estaban seguros de que no era tal y si alguien les hubiera preguntado hubieran jurado que se debía a ella, la casa estaba sin servicio aquel día.

Mientras los dos hombres revisaban la casa, ella esperaba chapeo y capa en mano. Llevaba una limpia camisa blanca, y en verdad estaba bella, aunque alguien que no la conociera, al verla hubiera podido decir que acababa de llegar del mismo infierno.

- Hemos mirado por todas partes, - dijo Azogue – no hay nadie en la casa.

- ¿Estáis loca acaso? – preguntó Boromiro - ¿Cómo se os ocurre?

- Mis razones tengo, maese Boromiro, mis razones tengo – respondió con voz fría y cruel en un susurro Arbante – Oigáis lo que oigáis no os preocupéis, ni subáis las escaleras. Desde aquí el resto es cosa mía. Cuidad de que nadie nos moleste, al caballero y a mí mientras mantenemos una pequeña charla.

- Así se hará – respondieron ambos. Sabían que cuando ella hablaba así mejor era no llevarle la contraría o, amistad o no amistad, acabarían con dos palmos de acero en alguna parte de su cuerpo.


Subió las escaleras hacia la habitación de Alquezar. Con mucho tiento entró y se acercó a la cama donde este dormía. Encendió la vela que llevaba con ella y tapó la boca del secretario. Al notar que le faltaba el aire, abrió los ojos y su rostro perdió la sangre y se le desencajó la mirada, como si hubiera visto un fantasma. Y en verdad lo había visto, o quizá se pudiera decir que había visto al mismo diablo. Porque hacia muchos años que creía que ella estaba muerta.

- ¿Sorprendido? – Alquezar agitó la cabeza – como ves no estoy muerta, pero tú puedes estarlo de aquí a poco. No, no te voy a matar yo, aunque me gustaría, pero hay cierto libro verde – Alquezar se sacudió – veo que lo recuerdas, sí ese libro en el que estás pensando, lo que tienes ahí guardado – dijo dirigiendo la mirada hacia donde miraba Alquezar – no es si no una mala copia. El original está a buen recaudo y si no dejas de molestar a mis amigos, ese libro saldrá a la luz, y no sé que me daría mayor gusto, si matarte ahora o verte hundido.
Creo que lo segundo me placería más. Pero no me provoques con lo primero, que también lo haría – dijo casi en un susurro. Alquezar vio los fríos ojos de la mujer clavados en él y comprendió que aquello era muy real y que hablaba muy en serio. – Bien te dejo para que reflexiones, pero piensa que, al igual que he entrado hoy, puedo entrar cualquier otro día. ¡Ah! Y no te molestes en intentar utilizar la daga que escondes bajo la almohada, no llegarías a acercarte a mí. – apagó la vela y salió de la habitación bajando las escaleras.

- ¿Qué ha pasado ahí arriba? – preguntó Azogue.

- Asunto resuelto, vayámonos de aquí. – respondió Arbante.