La estancia volvía a estar en penumbra, sobre la mesa de madera maciza volvía a descansar una bandeja, esta vez con cuatro copas flanqueando la botella de Jerez de Málaga Pedro Ximenez que el valido gustaba recordar era traída expresamente para su disfrute.
Un criado los había conducido a la estancia y Don Gaspar les había hecho señas de que se sirvieran una copa. Italiano y aragonés no se movieron, quizá impresionados por hallarse en presencia del valido. David se acercó a la bandeja y se sirvió una generosa cantidad de licor. Cuando el criado hubo salido, Don Gaspar hizo señas a los amigos para que le siguieran. Con la cabeza, además hizo señas a David para que cogiera la bandeja.
Se dirigió a una de las paredes de la habitación y tocó uno de los cuadros. Inmediatamente se abrió un pequeño hueco que conducía a un pasadizo, por el cual hizo entrar a los tres y que cerró tras entrar él.
En completo silencio, con el asombro pintado en la cara de los dos hombres encabezó la marcha a través del pasillo, marcha que cerraba David con una media sonrisa pintada en su rostro. No era la primera vez que recorría aquel pasillo, el valido no quería que nadie oyera lo que deseaba decirles. Demasiados oídos indiscretos recorrían las estancias del palacio, que no todos los criados son de fiar y discretos.
Llegaron a una estancia, en la que el valido se vuelve y, para mayor asombro todavía de los dos hombres, sonrió. Ambos paseaban su mirada entre el Conde - Duque y Arbante y pudieron comprobar como su gesto encontró reflejo en la cara de esta que desplegó una amplia sonrisa. Dejó la bandeja sobre la mesa baja y sirvió otra copa que alargó al valido.
- ¿Sabes lo que te voy a decir, verdad? - Preguntó.
- Lo sé, Gaspar - respondió ella.
- Hace muchos años desde la última vez que me llamaste así - dijo este alzando su copa en un brindis.
- Demasiados, pero eran otros tiempos - replicó ella haciendo lo propio. Martín de Azogue y Giusseppe Boromiro miraban la escena con sendas copas en la mano sin atreverse casi a respirar ¿Cómo demonios tenía esa mujer la capacidad de tutear como a un viejo camarada a uno de los hombres más poderosos del mundo?
- Otros tiempos y otros reyes, sin duda.
- Cuidado, señor valido, ya sabes que puedes hacer chicharrón por eso.
- ¡Mira quien lo dice! ¿Sabes? Siempre he pensado que es una lástima que no seas en verdad un hombre - una risa franca, abierta, resonó en la estancia provenía de la garganta de Arbante.
- Sí, y yo siempre he pensado, que tú deberías haber sido mi padre - replicó vaciando la copa y sirviéndose una nueva - pero el diablo juega bien sus cartas y parece que le sirvo mejor así.
- Te has dado cuenta que esto es una despedida, ¿verdad? - afirmó mientras se sentaba.
- Sí, esta es la última vez que nos veremos, la próxima será muy probablemente en el infierno - sonrió.
- Señor de Azogue, Maese Boromiro, no os extrañéis de nuestra parla, mucho tiempo hace que David de Arbante y yo luchamos hombro con hombro, respirando pólvora, sudor y salitre en una galera en el Mediterráneo, que no solo de Flandes se nutre la hoja de servicios de un soldado.
- Sí, mucho tiempo ha pasado de eso. Gracias por el aviso, pues intuyo que eso es lo que quieres decirnos, ¿no?
- Gracias a ti a tus amigos, tengo unas cuantas cartas escondidas para usar contra mis enemigos, si las necesito. Sí en efecto, lo último que puedo hacer por vosotros es avisaros. Maese Azogue, saben que vuestra familia ya está en Francia y que ireis a uniros a ellos, saben también que vuestros amigos no os dejaran solo, así que piensan cazaros a los tres en cuanto salgais de Madrid. Os estarán esperando, cerca del valle del Lozolla, en el Paso del Guadarrama. Pagan muy bien vuestra cabeza.
- ¿Por qué será que no me sorprende? Bien, entonces creo que ha llegado el momento de marcharnos, gracias amigo por el aviso - dijo torciendo el gesto mientras dejaba la copa en la bandeja.
- Dunia, te diría que te cuidases, pero sé que lo harás. Como también sé que no hay vuelta atrás. Ha sido un orgullo conocer a tan brava mujer y contar con su amistad - dijo extendiendo su mano hacia ella.
- Ha sido un honor servir a tus ordenes y que pienses tal compensa muchas cosas, créeme - respondió recogiéndola - ¿Harás el favor de despedirnos de nuestro amigo poeta?
- Sabes que no me es muy apreciado, tu amigo poeta. Pero lo haré.
- Gracias de nuevo.
- Conoces la salida, ¿verdad?
- Sí, no hace falta que nos acompañes - dijo sonriendo.
- No vuelvas a tu casa, ninguno de vosotros volváis por donde solíais. Iros directamente - el tono era preocupado, o al menos así lo quisieron ver los dos hombres que no habían intervenido para nada en la conversación.
- No lo haremos. Ahora nos iremos, ya has corrido demasiados riesgos por nosotros. Que el diablo te guarde, amigo.
- Lo mismo te digo.
Arbante hizo señas a Boromiro y Azogue para que la siguieran, la entrevista había terminado y era hora de irse. Sabía exactamente donde iba y que tecla debía tocar para salir de aquella estancia por el lado opuesto al que habían entrado. Los guió con total seguridad a través de otro corredor. Era claro que conocía aquella casa muy bien, por que no era la primera vez que iba.
Dirigieron sus pasos hacia la cercana iglesia de San Ginés. Necesitaban acogerse a sagrado para decidir que harían y aunque iglesia, San Ginés no pertenecía a la orden de los dominicos y gustaba de rebatir el poder de Bocanegra. Nadie los estorbó ni los molestó, pues ya era noche cerrada cuando arribaron a la escalinata de entrada al templo.
- ¿Queréis dejar de mirarme así? No conocéis toda mi vida, como yo no conozco toda la vuestra. El Conde - duque es un amigo - dijo con gesto de malas pulgas.
- ¿Te das cuentas que gastas bromas con el que quizá sea el hombre más poderoso del mundo? - Preguntó Azogue.
- No, me doy cuenta de que gasto bromas con un viejo compañero de armas - dijo.
- Pues ya puedes empezar a contar como lo has logrado, por que yo todavía no salgo de mi asombro - rezongó Boromiro.
- ¡Está bien! ¡Sois más curiosos que un par de viejas cotillas! Cuando me convertí en David, comencé a luchar a las órdenes de Gaspar en una galera en el Mediterráneo. Una noche nos atacó un corsario Turco. No lo esperábamos y nos dieron lo que no está en los escritos, nos defendimos como pudimos. En cuanto los primeros corsarios pisaron la cubierta, se despojó de toda distinción y en mangas de camisa estuvo a mi lado luchando hombro con hombro. Su vida dependía de mí y mi vida dependía de él. Cuando acabado el combate vimos nuestra sangre mezclada en la cubierta de aquel maldito barco comprendimos que aquello suponía dejar atrás correcciones. Desde entonces somos buenos amigos, claro que nunca he gustado de tutear a su señoría salvo cuando estábamos solos. Ante el resto el era el capitán y yo un simple soldado. Después le ayude en varias cosas y bueno… vamos a lo importante. Debemos salir de Madrid, pero nos esperan, así que…..
- Bueno, con calma ¿Qué habéis decidido hacer vosotros dos?
- Yo no tengo nada que me retenga aquí, como bien me dijisteis en una ocasión así que Francia bien podría ser un bonito destino - dijo Boromiro encogiéndose de hombros.
- Después de la conversación con mi hermano - dijo Dunia - yo tampoco tengo nada que me retenga aquí. Creo que un cambio de aires no me vendrá mal.