- ¿Cuál es el paso siguiente, Boromiro?
- Sabe Dios...
El italiano se mesa la incipiente barba, cerrada como noche oscura. La Santa Inquisición, ahí es nada. Apenas lleva una semana en la Villa y Corte y ya tiene como enemigos a un secretario del Rey y ahora a la maldita Garduña. Que no es poco enemigo, pardiez. Cárceles secretas, un ejército de informadores – no menos de veinte millares en la Castilla de la época – y la potestad de sumar los recursos civiles a su causa. Mejor carga de corazas herejes al descubierto, piensa.
- Sabe Dios... lo primero, dejar la Corte, al menos por un tiempo. Madrid está lleno de familiares del Santo Oficio. ¡Martín! Vos tenéis tierras en Aragón. Allí podríamos ocultarnos un tiempo.
- Cierto... sino fuese porque recientemente mi familia se ha impuesto al Justicia Mayor en una cuestión de tierras. No puedo acogerme a los fueros de Aragón contra la Inquisición, sería ofrecerle la venganza al Justicia en bandeja de plata.
- Tampoco serviría de nada, la Garduña ejerce su mal trabajo tanto en Castilla como en Aragón y Navarra – aduce Arbante -. No hay ningún rincón de la monarquía libre de esa peste.
- ¿Italia? ¿Flandes? De Portugal mejor ni hablar, allí la Inquisición está tirando a fondo, con la excusa de la presencia de judaizantes. ¿Las Indias?
Arbante y Azogue intercambian una mirada. El italiano puede ir y venir a su antojo, no tiene familia, perdida en un ataque pirata turco a la costa napolitana, ni posesiones, ocupadas tras la muerte de sus padres por un príncipe de la iglesia romana, un Colonna. Su reclamación del señorío de Biancatorre es más un sueño perdido que una realidad... aunque este mundo es muy pequeño, y la venganza un delicioso plato frío.
- Boromiro, vos sois libre de ir a donde os plazca, pero nosotros tenemos responsabilidades en nuestras tierras. No podemos irnos dejando una amenaza como esa sobre nuestras familias.
- Podéis iros, la defensa de nuestras tierras es asunto nuestro.
Al oír las últimas palabras la faz del napolitano empalidece, la zurda se apoya sobre la cazoleta de su espada. Permanece unos momentos en silencio. Se deja caer sobre un banco, sopesa el jarro de Valdemorillo y lo vacía de un trago. Sonríe.
- Aaahhh... y yo que creía que cuando Espínola me dio licencia por tres meses podría gastar el botín de Flandes tranquilamente en la Corte. Buen vino y mujeres morenas, eso es todo lo que le puede pedir a la vida un hombre harto de la cerveza aguada de Flandes y aún más harto de sus frías e hipócritas gentes. Y en una semana Alquezar y la Garduña... – alza sus ojos hasta encontrar los de sus amigos -. ¿Qué será ahora? ¿Olivares? ¿El Rey? ¿El Papa? Por los clavos de Cristo que esto es cada vez más interesante... Muy bien, adelante, a por Bocanegra, tanto me da Juan que Pedro.
Los dos amigos se sientan junto al italiano, sonrientes. La mano enguantada de Azogue reclama a Cabeza de Vaca, cena para tres, el asunto va para largo. La cena se prolonga, la discusión es viva. ¿Qué hacer? Alquezar era un secretario del reino, un político, y por tanto era fácil comprometerlo con algún turbio asunto, pues en la España del cuarto Felipe no se medraba sino era con chalaneos e influencias, bien engrasadas con doblones de a ocho. Pero Bocanegra es otro asunto. Austero, espartano, fanático en sus convicciones, no será fácil encontrar un punto débil en su armadura.
A pesar de la alegría que le supone contar con los dos amigos a su lado Dunia de Arbante no las tiene todas consigo.
Hacia largos años que había dejado atrás los problemas que, en una época lecausaran el Duque de Uceda (al que había hecho referencia el de Azogue) y el secretario Alquezar. Sin embargo, siempre había sabido que Fray Emilio Bocanegra no se había quedado muy convencido con su misteriosa desaparición. Sabía que el franciscano nunca creyó que estuviera muerta y cuando se presentó bajo su apariencia de hombre, no había quedado muy convencido.
David de Arbante, tal era el nombre que como hombre había debido adoptar, y con tal nombre había partido a Flandes, donde había conocido a sus dos camaradas y amigos. A los cuales tras una "pequeña" refriega en la que salvaron el pellejo, no sin unas cuantas cuchilladas que hubieron de ser curadas, contó su historia y el porqué de su necesidad de ocultarse tras una apariencia masculina. Ninguno de los dos tuvo nunca nada que objetar a esto, pues su manejo del acero era mortal, y se comportaba con una crueldad, una fiereza y un arrojo que no habían visto en la mayoría de los que por hombres se tenían.
Los tres habían puesto a prueba la amistad y lealtad de los otros dos en varias ocasiones. Y, a pesar de las veces que, por su especial trabajo, trabajo que solían compartir, habían entrado en la cárcel, nunca faltaron a su amistad.
Ahora, tanto ella como sus amigos estaban metidos en un buen lío, lío que, en parte, sentía que era culpa suya. Era seguro, que el rumor que corría en el mentidero sobre el señor de Quevedo fuera, en parte propiciados por el mismísimo Bocanegra, por que se la tenía jurada, porque sabía de su amistad y por que esperaba encontrar carnaza para un nuevo auto de fe.
- Pensativa te veo, Arbante – dijo Azogue - ¿tal vez recordando otras épocas?
- Efectivamente, Martín. En un gran problema estamos metidos, y creo que enparte es por culpa mía, amigos – respondió ella con pesar.
- Vamos, vamos, "señora" nadie ha hecho nada que no haya querido hacer – replicó Boromiro – aunque creo que no solo tenéis la sensación de ser responsable del problema, si no que también tenéis una idea de la solución, ¿me equivoco?
- No, en verdad puede que tengamos una solución – respondió.
- ¿Cuál es? – preguntó asombrado Azogue.
- No va muy desencaminado, nuestro amigo italiano. Hay alguien, muy cercano a nuestro rey que puede ayudarnos.
- ¿Por ventura no estarás hablando de ....? - preguntaron al unísono los dos hombres con la sorpresa pintada en el rostro.
- Sí, de él estoy hablando. Debe un favor a David de Arbante y detesta como el que más a Bocanegra. Si hay alguien que pueda decirnos algo sobre el fraile, es él.